Mesa: Diego Berruecos y Miwi

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Por: Fernanda Sela
Fotografía: Ana Lorenzana
Asistente de fotografía: Nicolas Leau

Le damos reglas a la mesa, pero la mesa no tiene reglas. Existen libros y manuales que intentan imponer una imagen de cómo debe verse, cómo deben ir acomodados los cubiertos y los platos de acuerdo con un orden establecido, o cómo debe el anfitrión cumplir con su misión de recibir a los invitados y acogerlos. Lo cierto es que cada mesa es distinta —no todas son redondas o rectangulares—, y por lo tanto, cada quien crea sus propias leyes y pequeñas rutinas.

La mesa es absolutamente personal. En ella dejamos ver nuestros caprichos y excentricidades. Cada quien diseña este espacio a su antojo, y mientras va forjando su idea de cómo quiere que sean las cosas, según lo que considera importante, el gusto y la personalidad salen a flote. Y todo está ahí condensado, acomodado de manera sutil entre platos y utensilios que a veces combinan a propósito y otras por accidente.

No importa si lo que se planea es una gran cena o algo más informal; todo lo que sucede alrededor también es importante. El preámbulo que precede al desayuno, la comida o la cena, es un pretexto para saborear todavía más, de la misma manera que el momento que viene después, cuando la mesa está más viva que nunca.

Éste es un retrato de diferentes personajes y sus distintas formas alrededor de su mesa, en la que el hecho de comer es sólo un pretexto para revelar sus diferentes facetas. Con este ejercicio comprobamos que entre la mesa y su dueño existe un fino paralelismo. Cada mesa supone un vistazo a la intimidad, y sentarse a compartirla es un acto de total confianza. Participar en este acontecimiento significa adentrarse en el universo del otro. Porque la mesa es la oportunidad para conocerlo. La mesa dice: “éste soy yo”.

Diego Berruecos y Miwi
Él es fotógrafo y ella es chef

La mesa de Miwi y Diego es pequeña, pero en ella caben todos, especialmente sus amigos, con quienes más disfrutan las cenas que de vez en cuando organizan en su departamento. “Pueden ser amigos de círculos distintos, pero normalmente cenamos con cuates”, me dicen. Miwi es chef y por eso es normal que les guste salir a probar diferentes lugares, pero en realidad son más de quedarse en casa.

Miwi es la que más cocina: las pastas hechas en casa y al momento son una de las especialidades en su repertorio. Mientras lo hace, es una costumbre abrir una botella de vino —por ahora les gustan los naturales— o destapar una cerveza. Ya en la mesa, aunque no se sienten los más detallistas, se aseguran de que esté todo lo que tiene que estar: un aceite de oliva específico para un plato en particular, un gadget para las especias, o hasta un par de digestivos. La vajilla antigua es más por valor sentimental y el colorido de los platos que por cursilería.

Para ellos, una cena puede ser todo un acontecimiento y la preparación empieza desde días antes, cuando, sin pensarlo mucho, imaginan qué van a cocinar. “Gozamos mucho la planeación y el momento de ir a hacer las compras”, dicen. La cena en sí será lo principal, pero el preámbulo y el momento de cocinar es igual o hasta más importante. Diego y Miwi tienen una manera propia de hacer las cosas: cuando sus invitados llegan, la comida no está lista y la mesa tampoco está servida, pero es normal. A ellos les gusta compartir desde antes y así dejar que la emoción aumente y se vaya contagiando.

Lo más importante cuando tienen invitados es que el momento sea lo más cómodo posible. Así, si todo fluye, aseguran una buena sobremesa, que en su caso es común que dure horas. Es normal que las pláticas se alarguen y que las conversaciones se desvíen de un tema a otro; es normal que se armen discusiones intensas y que haya confesiones. “A veces hasta terminamos bailando todos alrededor de la mesa”, me dicen.

Es natural, si su mesa tiene algo de acogedor y de familiar al mismo tiempo. Como la personalidad de ambos, es amigable. También su cocina es uno de esos espacios hogareños donde los objetos marcan momentos importantes de su vida juntos —como una ilustración de su perro Lázaro— y hacen evidente su profesión. En la repisa, apilados uno encima de otro, sobran los libros de cocina con imágenes exquisitas.


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