Antes del objeto, aquí hay entorno
fotografía David Franco
para 13/Trece
maquillaje y pelo Alberto Pérez
asistente de fotografía César Rodríguez
Empecemos visualizando la clásica escena de un documental de NatGeo o de BBC: un guepardo mamá (intercambiable por el depredador de tu preferencia) hace hasta lo imposible por conseguir un brunch decente para sus cachorros. La música se detiene. Sólo interrumpen el silencio del acecho los brevísimos pulsos de la voz de Morgan Freeman o de David Attenborough —o incluso la de Luis Gerardo Méndez, si te tocaron doblajes al español de LatAm—, narrando los que probablemente sean los últimos respiros de una gacela despistada. Monterr Lab
Pero pocos momentos en la historia de este género han sido tan brutalmente aterradores como el de las hormigas que se destruyen a sí mismas, como lo vimos en el documental Fantastic Fungi (2019, dirigido por Louie Schwartzberg). Aparece una hormiga cargando a otra. La arrastra por una rama y la deja caer al vacío. No es violencia, es un acto de contención. Un sistema inmunológico colectivo. La hormiga infectada dejó de ser ella misma. Camina sin rumbo claro, guiada por algo que no se ve, algo que no es suyo. La colonia lo sabe, la detecta y la expulsa. Porque, si no lo hace, esa cosa que la habita, se propagará. Y eso es exactamente lo que quiere el Cordyceps. Monterr Lab
Este hongo no les grita, no las arrastra, sólo se introduce silenciosamente en su sistema y reescribe su guion interno. Como esos audios que salen en YouTube para reescribir creencias limitantes. Pero en modo hormigas que se convierten en zombis. Y, desde ahí, el Cordyceps florece como una idea que por fin encontró su plataforma: una torre biológica para sembrar millones de esporas. Más versiones de sí mismo. No hay metáfora más directa sobre el poder de alterar una conciencia —ni más bella, ni más brutal.
Este artículo no es sobre los hongos ni las hormigas. Pero sí sobre la belleza que se desprende de cuando una forma de vida toca a otra y la transforma. Cuando una red subterránea se convierte en lenguaje. Cuando los materiales dejan de ser pasivos y se vuelven cómplices. Cuando el diseño ya no se ensambla: crece.
Esto es Monterr. Pero aún no llegamos ahí.
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