Microensayos sobre la belleza que cabe en el plato
fotografía Ana Lorenzana
EL GUSTO POR LA EXISTENCIA DEL COLOR Y DE LAS COSAS (EN RUBRA Y EN CUALQUIER OTRA PARTE) Rubra restaurante
Bienvenidas a la playa, a la fiesta de los árboles bien plantados más danzantes, a la fiesta de las frutas en cucharas. Anfitriona: Daniela Soto-Innes. Oh, she’s like a rainbow. En el menú de degustación, éste es el primer gesto: una serie de frutas en distintas preparaciones, cada una en su propia cuchara, cada cuchara distinta. Un “antes” en el sentido más literal y más íntimo: en casa de mis abuelos, antes era fruta; en casa de los suyos, dice Daniela, “empezábamos con frutas y dulces y terminábamos con quesitos”. En el fondo soy repostera, dice también, y aquí se siente: hay alegría de postre, pero al inicio; hay juego, explosión colorida, gusto por la mera existencia de las cosas. Rubra restaurante
Las cucharas no son caprichosas. “Es que amo las cucharas. Son la máxima herramienta de cualquier cocinera”, dice. (Asumo: de cualquier cocinero también.) “Hasta a veces me preguntan: ¿por qué tienes tantas cucharas?” La próxima vez que vaya a su restaurante me voy a robar una. Ya avisé.
Este plato es un redoble de tambor de colores: cada beat es una fruta, y cada fruta es un color que estalla en una inteligencia hecha de rayitos luminosos, como si el paladar fuera una mente que piensa con destellos. Es ‘She’s a Rainbow’ abriendo un disco que también contendrá ‘Paint It Black’: todo color, toda frescura, pero sabiendo que el menú tendrá también sus sombras, sus notas graves. Como en la vida —y en la mente—, conviven los dos impulsos: el de llenar todo de luz y el de oscurecer ese mismo todo.
Cucharas de frutas tropicales por Daniela Soto-Innes
RUBRA
Pero aquí, al principio, manda la luz. Hay mordidas de playa y de mercado, hay acidez que salta como un niño en fiesta infantil (piensen: sanwichitos y hule espuma), hay dulzura que se derrama sin el letrero que dice: qué hacer en caso de incendio o temblor. Cada cuchara es un “antes” que no espera nada después: un instante completo, un bocado que basta. Y, sin embargo, es sólo el inicio. El tambor sigue.Ediciones anteriores
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