El destierro. El encierro. El destierro.

2505
texto y fotografía Tonatiuh López

You can work to save your love

You can bear it from the earth bellow

You can work but you can’t let go

You have to know:

Don’t look back 

All you’ll ever get is the dust from the steps before

I don’t have to see you every day

But I just want to know you’re there

 

Don’t Look Back, She and Him

 

Nunca me he sentido parte de nada, ni habitante de ningún lugar. Desde pequeño la movilidad ha sido un imperativo: había que salir de casa para buscar la vida. El lugar en el que nací, un lugar atravesado por la miseria y la violencia, no era considerado precisamente como un sitio idóneo para la permanencia. Había que seguir los pasos de los que huían. Perder el contacto con la propia realidad. Dejarla atrás. No volver. Hacer las veces de Orfeo, evitar a toda costa voltear si se quiere salir del infierno y salvar el amor. Aprendí entonces que el hogar se llevaba a cuestas, como los caracoles a sus conchas, y como consecuencia la casa (el espacio físico) pasó a un segundo plano y devino una atadura que procuraba más angustia que descanso. Así conduje mi vida hasta hace unos meses, cuando el mundo vio nacer un organismo sin vida con el talento para paralizar la nuestra. 

 

Cuando los noticieros lanzaron la alarma yo ya llevaba unos meses encerrado. Me hacía cargo de una depresión que negaba fuera clínica (condición hereditaria según el psiquiatra) y cuya raíz encontraba en mi imposibilidad económica para planear el siguiente movimiento. Pensé que no sería difícil adaptarme a las nuevas reglas sanitarias y sólo me preocupé porque ahora no tendría amigos que ver, personas con quienes hablar, carne que tocar y labios que besar en mis días con hambre, deseo y fuerza. Bastaron unas cuantas semanas antes de que considerara (razonablemente) que estaba perdiendo la razón (o perdiéndome en mi consciencia). Entonces empecé a imaginar (delirar es quizá un mejor término) que mi casa (el espacio físico) ponía en marcha una serie de mecanismos para arrojarme al mundo, a la calle, si quería mantener la sanidad y la vida. Podía percibir cambios en la intensidad de la luz eléctrica que lastimaban mis ojos. Me prohibí encenderla. Además, en la oscuridad las extrañas manchas que secretaban las paredes no eran perceptibles. También de noche las mantenía apagadas, para evitar la aparición de las sombras que me robaban el sueño. Así mis ojos descansaron. Fue entonces cuando ese olor químico y dulzón inundó mi habitación y me obligó a mover mi cama a la sala, un lugar más amplio y ventilado. El olor me siguió y me negué a respirar por la nariz.

 

Entonces un sabor metálico se apoderó de mi boca. Para ese momento ya no me atrevía a traer a nadie a casa, ni viejos ni nuevos amantes, y tuve que abrir las ventanas de par en par para poder respirar. Con esta acción pretendía extender mi casa (el espacio físico) hacia la calle, dejar entrar sus insoportables, estridentes y confusos ruidos y olores. La mugre y el polvo que antes me molestaban ahora me mantenían con esperanza de cordura. Pero llegó el día en que eso tampoco fue suficiente. Regresar a casa de mis padres, ahora ocupada por mi hermana, implicaba mirar atrás, y eso, como era de esperarse, era un riesgo que en mi estado no era seguro tomar. Con frecuencia venían a mi mente recuerdos de mis tiempos de indigencia por ciudades cuya vida no podía costear. Recordaba también los días nuestros entregados a la crisis del 94, aquellos en los que mamá vio disminuirse a nada los ahorros que había heredado del abuelo, los mismos días en los que tuvo que convencerme de que en ocasiones robar no era malo.

 

Recordé a papá y las tardes repetidas en las que me llevó a casa de su hermano para leer, mirar y escuchar un audiolibro que contaba la versión de Disney de Robin Hood. Aún recuerdo la ilustración de un oso interponiéndose en el camino mientras un astuto zorro asaltaba un carruaje, sin saber que dentro estaba escondido el amor. Todas esas empresas fueron puestas en marcha por mis padres con el fin de llevar a cabo un plan emergente: alguno de los tres (el que más encantador luciera ese día) distraería al responsable de cualquier tienda o panadería mientras los otros nos hacíamos de alimentos. Aquello me generaba una culpa tremenda y muchas preguntas: ¿no estaba el responsable de la tienda igual de jodido que nosotros? ¿Nuestra acción no le ganaría un castigo? ¿Cuál sería el nuestro y en qué momento nos tomaría por sorpresa? No hacía público ningún cuestionamiento para mantener la unidad del grupo delincuente al que amaba pertenecer, pero también porque sabía bien que no teníamos otra opción. Me consolaba el consejo dado por mamá: había que tomar las cosas con prudencia para no lastimar a los otros ni imponerles una situación como la nuestra. 

Toda esta maraña de absurdos pensamientos ocupaba mi mente mientras llegábamos al pico en la curva de contagios, dejando como una opción no viable salir a la calle, cambiar de panorama. No estaba seguro de querer ser un bugchaser (cazador de bichos [enfermedades]) que corre riesgos para no comprometer su placentero modo de vivir (o encontrarse con la muerte). Supongo que el lector se preguntará qué tiene esto que ver con una reflexión sobre el encierro, ¿qué importan los delirios egoístas de un individuo melancólico cuando se supone que tenemos que hablar de los modos en los que la humanidad descubre maneras de garantizar el bien común o por lo menos el de nuestra más cercana comunidad? ¿De verdad está pasando esto último?

 

Supongo que lo que quiero es lanzar una suerte de justificación que sirva no sólo como una ficción de la estructura que conserva mi pensamiento sino como acompañamiento para algunos otros “locos” que andan sueltos por ahí. A los que el encierro los condena a soportar una vida que apenas en otras circunstancias podían sobrellevar. No se trata de insanidad mental, ni social, ni económica, espero. El recorrido de mi mente en estos últimos días tiene que ver, creo, con que ella y mi cuerpo anticipan que el mundo que está por venir (el mundo que me pisa los talones y me agarra por los hombros para que no pueda correr, ése en el que mis deudas se han duplicado, en el que he perdido el sentido de mi trabajo y la voluntad de ceñirme a las “oportunidades” de ganancias), es un mundo que ya me había dejado fuera antes de que todo esto ocurriera. 

 

No hay que tener recursos para garantizar la movilidad, la salida del infierno y la salvación del amor, pensé. Y quizá sí haya que mirar atrás. Es evidente que mi mundo como lo llevaba poco antes de esta crisis era insostenible; pero, en retrospectiva, puedo no preocuparme porque estoy preparado para sostener la vida como se viene, porque de hecho ya le he vivido así. Por eso no hay que preocuparse, porque aunque no haya padres que cuenten cuentos, ni madres que perdonen pecados antes de cometerlos, en el encierro como en el destierro, existen seres que desde sus trincheras (sus casas y negocios [sus espacios físicos]) nos entregan amorosa y desinteresadamente provisiones para la guerra. Hay que agradecerles siempre. A cada paso. Agradecer que el amor es, afortunadamente, una ficción que se construye en comunidad pero desde la ausencia. 

Sin embargo, no todos corremos la misma suerte, no todos se mueven como un péndulo entre dos realidades irreconciliables (entre la precariedad y los privilegios, entre la realidad y la ficción, entre la acción y las palabras, entre la locura y la razón, entre los hogares [y las hogueras] y la siguiente casa [espacio físico] que ocupar). A algunos los fantasmas los aniquilan, y para otros voltear equivale a convertirse en una estatua de sal que se desmorona. El encierro insostenible y mi casa monstruo que quería arrojarme fuera, me obligaron a andar las calles y a descubrir a otros que salían también para lograr sostener sus vidas pero en un modo áspero, sin espacio para romanticismos y otros placebos. Descubrí en mis andanzas una ciudad que no estaba vacía sino llena de individuos que nunca queremos ver. Una ciudad que sin las madres que llevan a sus hijos a las escuelas, sin los “godínez” con sus loncheras, sin los perros paseando dueños, sin los adolescentes que ocupan la urbe como escenario amoroso, sin los ancianos tomando el sol, quedaba al descubierto como una prostituta sin recursos para sus afeites y maquillajes: un ecosistema poblado por una fauna a la que sería mejor (o eso nos han enseñado) tenerle miedo. Un ejército de rostros morenos, cuarteados, poseedores de mapas dibujados por arrugas, resequedad, suciedad, cicatrices o la tinta de un mal tatuador. Recordé un día en que muy borracho, y probablemente algo más, terminé el amanecer con mis amigos, Iván y Antonio, en un antro de mala muerte al final del Eje Central. Iván, que viene del mismo lugar miserable y violento que yo, no soportó “la vibra” del lugar y expresó sus ganas de partir. Antonio y yo, que no estábamos dispuestos a parar, preguntamos por qué. Iván dijo: “conozco esos rostros, son los rostros del mal…” Antonio y yo soltamos una carcajada pero accedimos a la retirada porque llevábamos a Iván en calidad de macho defensor de dos jotas altamente intoxicadas sin posibilidad de censurar la mirada, el tacto y la líbido.

 

Cuento esto porque la sensación que tenía al caminar las calles no vacías de la Ciudad de México, al transitar por su transporte público aún congestionado, era la de estar rodeado por miles de esos rostros, pero era claro que no todas esas personas eran asesinos a sueldo, o narcomenudistas, o proxenetas, o putas asesinas… No. Hay rostros que llevan no el mal sino la miseria como máscara “protectora” contra el virus que les paraliza y limita sus posibilidades de existencia (el mismo virus que les hace hervir la sangre con ganas rabiosas de sacarse del cuerpo el pasado, el fenotipo, el apellido o lo que sea que revele su origen y condena) y a veces los incautos, los que nos creemos distintos y superiores, nos confundimos. Pensé entonces en una imagen que había atrapado hacía un par de días en el parque: dos ratas furiosas se peleaban por los restos de un pan duro que había sido despreciado por las palomas al tiempo que una hilera de cucarachas andaba en una procesión hacia un templo desconocido. Imaginé que, como consecuencia de la humana retirada, las especies nativas de nuestra ciudad por fin podían salir a tomar la luz del sol y disfrutaban ahora, sin la estúpida mirada reprobatoria o temerosa de los transeúntes bípedos, de una ciudad que también les pertenece, que también trabajan. Para ellos y otros en las mismas circunstancias también escribo este texto. Para que disfruten descubrir que también son dueños de este mundo, para que lo tomen porque se lo merecen. Para que estén tranquilos. O inquietos pero a cargo de los otros virus que carcomen sus cuerpos. Porque el fin de mundo ya pasó en su latitud, y sin embargo, como diría el astrónomo, este globo en ruinas se mueve, y con él los individuos que lo habitamos como estanque, suite, feudo, cuarto de hotel de paso, o prisión. 

“El destierro. El encierro. El destierro”. (2020). Tinta sobre papel.

Para aquellos para los que sin duda el mundo por venir será un tanto más complicado que aquél que en inicio nos dejó fuera, para ellos escribo. Porque las casas (los espacios físicos) seguramente serán más difíciles de sostener, o siquiera construir; pero para nosotros (las ratas, las palomas, las cucarachas, las jotas, lxs locxs, lxs ladronxs circunstanciales y algunos otros seres a los que ningún encierro logrará invisibilizar y que solemos ser confundidos con los rostros del mal), el hogar siempre ha estado afuera. La vida la hemos hecho en la calle buscando a otros como nosotros, haciendo la ciudad nuestra. No teman. No hay infierno que supere nuestro incendiario origen. Estamos preparados. No hay cubrebocas que nos vaya a silenciar, ni careta que pueda ocultar nuestros ojos que da pánico soñar, ni químico sanitizante que nos elimine. Para nosotros, sobre todo, también escribo. No obstante, tomemos precauciones y cuidemos nuestra vida para lograr hacernos del mundo juntos. Respiremos. Somos la octava plaga.

 

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