En el tiempo de la rosa no envejece el jardinero: Emilio Chapela

Más allá del meridiano cero y los límites de nuestras convenciones sociales

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texto Daniela Valdez
fotografías Alberto Rebelo

El enunciado nos pone pensativos desde el momento en el que lo escuchamos por primera vez. Y es que Emilio Chapela (DF, 1978) usa este tropo retórico barroco para darnos una probadita de esta alegoría del espacio que ocupamos en la longevidad y las diferentes medidas que contiene en sí mismo, más allá del meridiano cero y los límites de nuestras convenciones sociales.

Emilio Chapela

 Hasta el 14 de julio, el Laboratorio Arte Alameda nos recibe con esta exhibición curada por José Luis Barros en la que podemos observar desde el tiempo geológico, las medidas astronómicas determinadas por la ciencia y los lapsos terrestres que se contrastan con los procesos de la naturaleza que, aunque tratamos de adaptarlos a nuestros estándares, llevan su propio ritmo. Si nunca te habías cuestionado cómo se entrelazan estas escalas hoy es la oportunidad perfecta para explorar ésta y otras preguntas. Claramente la rosa, tan efímera como salvaje, tan bella como fugaz, no tendrá el tiempo suficiente de ver a su guardián perecer, así como dicho cuidador no podrá ver el proceso entero de una montaña, que de la misma forma jamás llegará a ver una estrella morir. ¿Dónde termina esta pregunta que se puede extender al infinito? Estas medidas que se tocan, que coinciden y juegan son el resultado del trabajo del artista y el curador. Los tiempos, las temporalidades, los ciclos, los ritmos humanos y no humanos son los protagonistas de distintas obras que Chapela creó durante cuatro años para el Laboratorio Arte Alameda.

Al entrar observamos uno de los intereses del artista: la gravedad. Un diálogo entre Newton y Einstein que bien podrían pasar por una pieza del Universum, pero que si vemos con detenimiento entenderemos los juegos de fuerzas, movimientos e interacciones del universo tan inconmensurable como el tiempo astrológico, extremadamente difícil de entender para un humano. La “Leche de Hera” es una representación de la Vía Láctea con estructuras que representan meteoritos, hoyos negros, órbitas de planetas mezcladas con dioses griegos, que nos recuerdan que a pesar de que la ciencia marca nuestro entendimiento del cosmos, también la mitología cobra importancia para la forma en que vemos el mundo hasta hoy. Nuestro insistente intento de negociar con el tiempo toma fuerza por medio de nuestros procesos narrativos, y se rompe en la poesía, en los sueños, en el arte, en la historia, en la mitología.

 

Una de las maravillas de esta exposición es que nos permite reflexionar, detenernos, comprender, hacernos preguntas y en especial reconciliarnos con la idea de dejar el reloj a un lado y simplemente contemplar otros ritmos que nos ofrece el universo, pero también la rosa, sembrada en las jardineras en la entrada del museo y el jardinero, que tal vez sea el espectador. Que tal vez somos nosotros mismos.

 Emilio Chapela

Otro punto destacable es el papel que juega la ecología, expectante, pero no por eso pasiva. Desde hace un par de años, Chapela intenta tener un entendimiento integral del mundo, alejándose de las concepciones antropocentristas, como si todo lo que ocurre en el planeta girara a nuestro alrededor, como si estuviera ahí solamente como un paisaje que cumple con nuestros caprichos, haciendo lo que queremos con él. “Tratamos de meter a la naturaleza en nuestro ciclo de tiempo, por ejemplo en los cultivos, modificando semillas genéticamente para conveniencia del mercado, lo cuál afecta nuestra alimentación, nos afecta a nosotros y también al resto del planeta. Por eso me interesa tener una postura ecológica interconectada, con la naturaleza y la cultura como dos entes que conviven entre sí”. Esta inquietud, tan real y tan urgente hoy, por entender cuál es nuestro lugar en el mundo y cómo vamos a convivir con él a partir de hoy, la observamos en algunas de sus piezas.

 

En la sala del lado derecho de la iglesia nos encontramos con esta pieza un tanto abstracta donde podemos ver un río que a mi parecer es un milagro: el único río en México no tocado por descargas industriales ni presas. Tal vez el único río limpio que nos queda, Chapela sumergió un gusano con cámaras sumergibles que navegó y exploró su movimiento, a veces sereno, otras implacable, agitado, calmado de nuevo. Sin duda el río está vivo, y Chapela nos lo muestra en vivo y a todo color. No me gustaría pensar que llegará el día en que una pantalla sea la única forma de admirarlo. El peligro está latente, la naturaleza es frágil ante nuestras decisiones, y si seguimos tratando de ajustarla a nuestros ritmos y no al revés, los ritmos, los tiempos de todos, cesarán. Para Chapela, la vida del río no sólo recae en las especies que lo habitan: la cuenca, los escurrimientos, su fragilidad, sus manifestaciones temporales, su dinamismo. El sonido, nos hace sentir como si estuviéramos sumergidos durante 16 minutos.  

 Al fondo del salón, el sonido de la frecuencia cardiaca del artista nos acerca a un paisaje hipnótico: la subida al Iztaccíhuatl. Tal como si nos encontráramos en la montaña, el ritmo del corazón va subiendo, y el paso se va alentando por la pérdida de oxígeno. Hay cierta pesadumbre que se va manifestando a cada paso claramente en una intervención arquitectónica de la iglesia con pantallas gigantes que nos hacen dudar si estamos viendo una montaña a 360 grados o alguna superficie en el espacio interpretada por una suerte de Dr. Atl cósmico.

 

Una obra llama mi atención en especial: “Aquí en el Polo no hay cómo saber la hora”. El título es literal: la hora en el polo es imprecisa, y la línea de referencia es una convención impuesta por nosotros mismos que a veces nos tomamos muy en serio. Una línea de focos, la rígida estructura de un barco, la herencia del colonialismo y nuestro acercamiento a la reconciliación. Más allá de su atractivo estético, un juego de luces y sombras nos muestra la rotación del planeta, una parábola del amanecer y el atardecer que nos permite medir el tiempo hasta la noche, para que todo vuelva a empezar. Nuestra necesidad por conocer el rumbo, por movernos, por aferrarnos a llegar a un lugar nos obligó a crear las horas, los días, las posiciones, pero lo que es incomprensible es nuestra propia percepción del paso del tiempo, que en este lugar sin duda se vuelve meditativa, contemplando dónde estamos parados, cómo podemos transitar y cómo todo es un ciclo que empieza una y otra vez y dentro del que tenemos una gran responsabilidad, queramos o no.

Desde el segundo piso, donde podemos encontrar una serie de pantallas con imágenes digitales que asemejan una galería con cuadros fijos, es posibe ver la vía láctea de arriba hacia abajo. Arriba nos sorprenden los fenómenos climáticos, el espacio y nuestro contacto con él, diferentes manifestaciones naturales en la tierra, el corazón. Esta exposición está viva, al igual que todas las preguntas y respuestas que nos otorga. Recorrerla es un proceso introspectivo que nos confronta a distintos niveles, que nos seduce sacando lugares comunes de contexto, presentándonos planos cotidianos como obras de arte. Juegos de escalas, eclipses fallidos, tormentas de nieve, nuestra necesidad por explicar, entender y controlar todo lo que nos rodea, nuestras grandes negociaciones con la vanidad, antenas gigantes, nuestro contacto con la gran pregunta que es el universo.

Hoy a las 7 pm, además de ver las más de 15 obras del artista de noche podremos ser testigos de una activación escénica coral Música con barroca y contemporánea interpretada por el grupo NO CORO, dirigido por Elisa Schmelkes y dirección escénica de Cuauhtémoc Lara Raso, con voces que se proyectarán por todo el espacio mientras escuchamos el corazón de Chapela, las venas de un río, los ciclos emocionales, el murmuro de los distintos jardineros que esperan, atentos, escuchar todo lo que una rosa tiene que decirnos sobre el tiempo.

Alberto Rebelo

Ficha concierto: Concierto 19 – 20 h Entrada libre con motivo de la Noche de Museos y el mes del Museo Accesible, la curadora y cantante Elisa Schmelkes dirige a su grupo NO CORO en un concierto coral que responde a la obra de Emilio Chapela. Elegido del repertorio coral del Barroco, las piezas seleccionadas ponen en diálogo las formas e imágenes de ese periodo con la sonoridad contemporánea, y dialogan con los temas específicos de la exposición: la percepción del tiempo, la ausencia de medición temporal en el polo norte, las estrellas, la respiración, entre otras. El coro nos lleva por un recorrido de los espacios del museo, transitando entre las piezas de una a otra durante la función. 

 

Dr. Mora 7 Centro Histórico Ciudad de México.

 


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