Enrique Metinides

"Me volví fotógrafo sin querer, yo quería ser piloto"

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fotografía Gonzalo Morales para Zona 5
texto Graciela Kasep

El trabajo de Enrique Metinides (Ciudad de México, 1934) se identifica con las crónicas sensacionalistas de la prensa mexicana. La captación de imágenes de desastres o tragedias está relacionada inevitablemente con su nombre. Sus fotos han trascendido el medio periodístico y han formado parte de muestras dentro del ámbito del arte, donde lo que se exalta es la belleza formal que acompaña la crudeza de cada encuadre. Cabe reconocer la cualidad fílmica de su trabajo, misma que no es una coincidencia; y más que hablar de la etapa ya consolidada de su profesión, tras la entrevista que generosamente nos concedió, abordaremos algunas de las historias que dieron forma primigenia al cuerpo de su obra fotográfica: su infancia.

Enrique Metinides fotógrafo

Siempre viví en primer cuadro…
nací en la Colonia Guerrero


 

Sus padres, provenientes de Atenas, Grecia, llegaron a México de viaje de luna de miel; estancia que se tornó indefinida debido a circunstancias de orden diplomático durante la Primera Guerra. Ya en el seno de una familia establecida y económicamente activa a través de varios negocios, dos eventos despertaron y marcaron, desde la infancia, su interés por la nota roja: la experiencia y cercanía a la tienda de cámaras y revelado que pertenecía a su padre, y la fascinación por las películas de gángsters, donde nacieron sus primeras inquietudes policiacas. Asiduo visitante de los cines que se encontraban en San Juan de Letrán, Enrique Metinides pasaba horas buscando filmes policiacos: “Estas películas son las que yo veía de chamaco…”, donde una situación de peligro generaba un estado de suspenso que lo obligaba a permanecer mirando y tratando de resolver el misterio de estas narrativas.

Enrique Metinides fotógrafo

Su padre le regaló una cámara y una bolsa llena de rollos, material con el cual iniciaría una primera colección de imágenes, sus primeros ejercicios como reportero. Empezó capturando monumentos: la Alameda Central, Paseo de la Reforma, edificios –muchos de los cuales no existen después del terremoto de 1985– la estación de ferrocarriles, el tráfico, escenas comunes de las calles de aquellas décadas.

 

Más adelante, motivado en gran parte por el lenguaje cinematográfico, comenzó a frecuentar las delegaciones a donde eran remitidos los autos chocados, para fotografiarlos. Debido a su perseverancia, obtuvo, a la precoz edad de 10 años, el permiso del Ministerio Público para acompañar a los policías y fotografiar escenas trágicas, de accidentes, de riñas callejeras o de crímenes, de los detenidos, etcétera. Cuando era todavía estudiante de la escuela primaria, ya contaba con una cuantiosa colección de brutales fotografías de la vida diaria.

Enrique Metinides fotógrafo

Un avión de la línea aérea Mexicana procedente de Chicago, se estrella y cae en el Lago Texcoco.

32 muertos y 80 heridos. México DF, septiembre 1969.

 

Su maestría para encontrarse en el lugar y momento correctos apareció desde entonces, ya que al retratar un accidente automovilístico, coincidió con la llegada de Antonio Velázquez el Indio, un reportero del Periódico La Prensa quien, al ver el inusual interés de un niño por escenas sanguinarias, le ofreció su primer trabajo como fotógrafo de nota roja. Sus primeras experiencias las pasó registrando escenas dentro la Penitenciaría de Lecumberri, fotografiando a los criminales recién ingresados: “Y a quién creen que conocí… al Sapo. Era un preso que había matado a 168 personas y en la cárcel a cinco… él era el jefe de jefes en la cárcel, y era tan malilla, que cuando lo iban a mandar a las Islas Marías, mataba a alguien en la cárcel para que le abrieran de nuevo expediente y no saliera de ahí”. Posteriormente ingresó al Hospital Juárez, donde se hacían las autopsias de los muertos que llevaban de la Cruz Roja. Así logró retratar en la penitenciaría a los asesinos y en la morgue a los cadáveres, reconstruyendo cual rompecabezas las historias criminales.

Jesus Bazaldua Barber, ingeniero en telecomunicaciones, se electrocuta fatalmente por más de 6000 voltios cuando intenta cambiar una línea Telefónica. Toluca, México, 29 de enero 1971.

Tras varios días de su desaparición el equipo de Hombres Rana de la Cruz Roja encuentra el cuerpo de un ahogado en el lago de Tequesquitengo, Estado de Morelos 1967.

Empezó también así el acercamiento con el cuerpo de bomberos, quienes en hombros lo llevaban a los lugares de los desastres y desde una vista privilegiada conseguía las mejores escenas que se publicaban en las primeras planas del tabloide. A la par se inició como corresponsal de prensa ante la Cruz Roja que estaba ubicada en las calles de Monterrey y Durango en la colonia Roma. Consiguió el permiso para estar en rondas de 30 días en las ambulancias: “andaba yo en casa del demonio… diario me subía a las ambulancias… mis papás nunca sabían dónde andaba yo… pensaban que estaba jugando con los niños por ahí, y yo andaba lejos, tomando fotos… unas locuras que hacía yo, pero mis fotos se publicaban en la prensa…”, comentó con orgullosa nostalgia.

 

Así empezó el tránsito de las imágenes de la ficción a las imágenes de la realidad: ya no eran películas de gángsters, eran crímenes verdaderos, con víctimas verdaderas. Para matizar la crudeza del reportaje de sucesos y acercarse nuevamente al mundo de la ficción, fue invitado a participar, a través del periódico El Zócalo, del nacimiento de la Revista Alarma original –hoy un objeto de culto–, donde se empezaron a publicar los reportajes que hacía trabajando para la Cruz Roja. A partir de su labor en esta revista, a los 14 años, lo invitaron a colaborar también como reportero del mundo del espectáculo de aquella época.

Enrique Metinides fotógrafo

Enrique Metinides fotógrafo

Accidente en la autopista, México FF, 1973.

 

Hago el Popocatépetl de tanto muerto
 que he visto…
 Desde sus inicios como reportero gráfico, desarrolló cierta inmunidad ante la tragedia, excepto cuando se trataba de víctimas infantiles. Derribó la barrera del miedo a exponerse al peligro a muy temprana edad. Sus fotografías se han convertido en el resultado de actos heroicos. Por un lado, el simple hecho de estar presente con la lente en el momento adecuado; por otro, esas imágenes estuvieron relacionadas con situaciones límite en las que pudo incluso salvar vidas. Finalmente, él mismo salía ileso de dichas situaciones extremas a las que se enfrentaba.

 

La persistencia por reproducir, hasta en el más mínimo detalle, facetas crudas y grotescas de la realidad, ha dado como resultado un cúmulo de imágenes impresas y resguardadas en la mente de Metinides. Aunque este fabuloso e incontable archivo destaca tiempos pretéritos de la historia de nuestra sociedad, existe un toque de atemporalidad en su trabajo que surge de la peculiar forma de configurar la toma, de su tendencia por la estetización. El cuerpo fotográfico de Enrique Metinides ha provocado por mucho tiempo ya desconcierto e incluso rechazo debido a la fuerza de cada imagen. Sin embargo, más allá del terreno periodístico, el trabajo de Metinides se inserta actualmente en toda una tendencia de la fotografía contemporánea que indaga las emociones humanas a partir de escenas fuertes, en este caso de  tragedia. La construcción estilística y estética de las historias y dramas es un sello de su labor. Además de la insistencia en lo formal, existe igualmente una exaltación por la narrativa de cada imagen, que sin duda ha sido herencia del lenguaje cinematográfico. Para Metinides, tanto en el cine como en la vida real no hay ficción; lo que él vio en el cine de corte policiaco posteriormente lo vivió en carne propia.

Enrique Metinides fotógrafo

Una mujer llora al lado del cuerpo de su novio quien fue apuñalado en el Parque de Chapultepec. México DF, 1995.

 

Lo que comenzó como una cadena de obsesiones de la infancia, se consolidó en una vida agitada, en el límite de esta leyenda del fotoperiodismo mexicano. El extraño goce por escenas atroces hace pensar que a Enrique Metinides poco le falta por ver en la vida. Sin embargo, aun después de 54 años de constante labor (al 2009) como periodista de sucesos, aún hay algo que nos quiere mostrar: el voyeurismo en los espectadores, que ha sido un elemento fundamental para su obra. Externar su apreciación y exaltación de la presencia de la gente alrededor de la tragedia. Esos personajes que observan, le dan vida y belleza a la tragedia: “La gente mirando es una típica escena del pueblo mexicano ante una imagen de accidente; los mirones dan vida a las fotografías. Tengo pendiente mostrar esa serie…”

 

www.enriquemetinides.com

 

Un artículo publicado en nuestra edición No. 7 nov – dic 2009.


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