Una película que honra sus influencias y las proyecta a grandes audiencias
fotografías cortesía del festival de cine de Cannes
España tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos. Hay que arañar la tierra para que salgan.
Extracto de la película La bola negra de Los Javis

Una sala abarrotada esperó ávida a que se apagaran las luces. La oscuridad trajo consigo suspiros, risas y discretos sorbos de narices durante distintas partes de la proyección. Al final, una ovación extasiada y una euforia colectiva de asistentes y compañeros de butaca que se miraban entre sí con complicidad. Acababan de ver algo importante.
De esta manera se vivió la primera función de La bola negra en México, durante el marco del Festival de Cine de Morelia.

La película entrelaza las historias de tres hombres a través de la historia de España: un soldado franquista enamorado de uno republicano; un hijo de familia queriendo enlistarse en el ejercito y siendo rechazado debido a su homosexualidad; y en la época moderna, un historiador devoto a la herencia de García Lorca, quien termina siendo el hilo conductor entre las tres temporalidades.
Tras ganar el premio a Mejor Dirección en el Festival de Cannes en marzo de este año, este segundo largometraje de Los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi, se reveló al mundo y lo dividió en opiniones.
Aunque sus detractores reconocieron los méritos estéticos del filme y los aciertos respecto al casting de Guitarricadelafuente, cuestionaron si la belleza formal de la película se encontraba al servicio de un discurso potente, o si era la belleza su principal (o única) cualidad, llegando a interrogar incluso si se trataba de cine lo que experimentaron dentro de la sala.

Exigir al cine queer que se apegue a las estructuras del cine tradicional, es no comprender el lugar desde el que se desenvuelve; como si el extremo esteticismo que acompaña la película anulase la posibilidad de un argumento o premisa compleja, que no le falta en lo absoluto a La bola negra.

Y es que si estudiamos la anatomía del cine queer, notamos que suele ser barroca y recurrir a la estética exagerada y teatralizada, así como a la narración no lineal para desenvolverse y reclamar su identidad, como lo hemos visto en Querelle de Rainer Werner Fassbinder o Sebastiane de Derek Jarman, pilares del cine gay y claros referentes para Los Javis. Resulta interesante ver de qué manera éstos referentes moldearon la forma de la cinta, y cómo los directores condensaron sus referencias a una identidad propia.
La bola negra merece la aclamación que recibe. Más allá de su maestría para entretejer tres narrativas distintas y darles coherencia discursiva y visual en una misma obra, condensa el ADN de una comunidad cuyo arte ha sido segregado y silenciado, y lo expone al mainstream. Demuestra que una historia gay puede ser épica y monumental. Como declaró Javier Calvo: los gays no somos un nicho.

Lejos de ser un ejercicio de estilo, La bola negra se sostiene a sí misma por su honestidad. Inicia de forma potente y no tarda en revelar su premisa y estructura. Es clara con lo que cuenta y se apoya en sus distintas temporalidades para cuajar las ideas que propone sobre la permanencia, las historias de amor inconclusas, la trascendencia a través del arte y la memoria colectiva. Ilustra todo esto a través de una puesta en escena elegantísima, que recuerda a una epopeya clásica o a una épica.
La bola negra resulta en una experiencia impactante que recuerda el poder que las películas tienen sobre nosotros y la importancia de sentirse representados en la pantalla.
Se espera que la cinta se estrene en salas de cine mexicanas a finales de año.
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