Maverick, Eduardo

La delgada línea entre la música y el escucha

1903
texto Zunshu
fotografía Fabiola Zamora
estilismo Danaé Salazar
asistente de fotografía Susan Ades
retoque digital Ahuehuete


toda la ropa Dior Men Primavera-Verano 2026

El génesis de las primeras sociedades estuvo marcado por la necesidad de erigir figuras que concentraran sentido y fe colectiva. En ellas se sintetizaban creencias y se marcaban mapas emocionales y morales dentro de comunidades que necesitaban explicarse el mundo y su lugar en él. La humanidad siempre ha necesitado ídolos.

Hoy, esa necesidad no habita únicamente en el terreno simbólico. Aquellas figuras de culto mutaron y se diversificaron, dando lugar a las estrellas modernas, nacidas de la masificación mediática y la globalización. La música mexicana ha construido, con el tiempo, un repertorio de figuras que cargan con mucho más que canciones; intérpretes tan dispares como similares entre sí, que a través de la música han portado el estandarte de la identidad nacional, del amor, del dolor, del éxito y de la permanencia cultural. Ed Maverick se inscribe en esa lista desde otro lugar. Originario de Delicias, Chihuahua, es una de las voces que ha definido la dirección de la música alternativa en español durante la última década.

 

Más que desde el pedestal, su figura se construye desde la cercanía, la contradicción y el límite. Es ahí donde se vuelve atípico: a pesar de su alcance, continúa creando desde la intimidad, manteniendo una relación de respeto hacia el origen y los procesos. Su vínculo con los medios, con el público y con su propio trabajo ha estado marcado por la distancia, el cuestionamiento constante y el deseo de existir sin artificio.

 

¿Qué pasa cuando la admiración se construye desde la conciencia, la mesura y la responsabilidad? Esta conversación con Eduardo parte de ahí, como una exploración de lo que significa ser mirado, admirado y proyectado en una época que sigue necesitando ídolos con urgencia.

 

Zunshu (Z): Nos honra que tu primer portada sea con 192. Tu visión creativa se alinea con lo que creemos y comunicamos. Durante mucho tiempo estuviste alejado de los medios y de las redes sociales, pero este año te noté mucho más activo. ¿Qué es diferente ahora?

 

Ed Maverick (EM): Ahora entendí que siempre hay cosas que sacrificar. Nunca he visto este tipo de temas desde un punto de vista de glamour o desde el deseo de ser visto como el cliché popular del artista. Lo que a mí me llama es estar inmerso en contextos como éste, que vienen de la mano con el arte y complementan la música.

 

Los formatos editoriales son complejos, es como una exposición, pero en texto y en papel. Tengo muchos filtros para elegir con quiénes hacer este tipo de cosas, necesito sentirme relacionado, que nuestra visión se alinee con el medio.

 

Z: Cuando se presentó la posibilidad de fotografiarte en Chihuahua, nos entusiasmó la idea porque sabemos que estás muy conectado con tu tierra. ¿Qué representa esto para ti?

 

EM: Por una cuestión de contexto, no podría venir a tomarme las fotos a CDMX. La relación que tengo con este lugar es muy diferente a la que tengo con Delicias, ahí me siento identificado. Antes no me gustaba venir (a CDMX) por cuestiones personales, no le hacía bien a mi estado de ánimo. Le agarré más cariño a la ciudad este último año, pero aun así no me sentiría cómodo siendo retratado aquí.

 

Hay ciertos lugares donde se me haría un poco más fácil. Hace poco fuimos a París al desfile de Dior, era la primera pasarela de esa escala a la que asistía, antes sólo había ido a desfiles independientes. Observé muchas cosas fuera de mi comprensión, fue interesante entender esas dinámicas. Me hicieron fotos allá y estuvo bien, entiendo lo que significa esa ciudad y entramos en ese juego. Pero en México, si existe la opción de hacerlo en Delicias, pues hagámoslo ahí.

Z; ¿Cómo ha sido para ti crecer creando en tu ciudad?

 

EM: En el momento en el que empecé a hacer música, Delicias era muy diferente. Tiene poco tiempo que empezó a haber más apertura acerca de lo que se puede ser o decir, gracias a que explotó la música regional y se consolidaron artistas como Natanael Cano y Peso Pluma.

 

Antes no era común escuchar una canción que tuviera mucho reverb en la voz o que dijera groserías, eso en su momento fue disruptivo. Estaba muy definido lo que los géneros podían o no podían ser, o era Grupo Marrano o música “convencional”, de esa que es linda y melosa todo el tiempo, no había un punto medio.

 

En un principio a la gente le parecía curioso o chistoso escuchar palabras coloquiales en canciones, que era lo que hacía mucho en mis primeros discos. Eso fue lo primero con lo que chocaba. No quiero pecar de hipster, pero recuerdo que, cuando estaba en la prepa, éramos muy pocos los que escuchábamos música independiente, poca gente topaba incluso las bandas más mainstream de indie, Little Jesus, por ejemplo. En todas las fiestas sonaba regional y, obviamente, me gustaba, pero luego era cansado, quería escuchar otras cosas. Ahora nosotros somos los que hacemos esas fiestas donde se escucha de todo.

 

Tiene mucho que ver con el nuevo approach del regional, en cómo se está produciendo el corrido tumbado, por ejemplo. El último disco de Fuerza Regida tiene banjos y mandolinas. Se está diversificando el género y eso hace que la gente que solamente estaba acostumbrada a esa música tenga más apertura a escuchar otras cosas.

 

Z: Tu trabajo nace desde la intimidad, conecta con la raíz y toca emociones viscerales. ¿Cómo se vive volver a esas letras que hablan de momentos pasados, especialmente cuando tocas en vivo?

 

EM: Para mí son como fotografías, y claro que puedo sentir cosas al revisitarlas, pero en los shows no me quiebra tanto recordar. Las palabras inevitablemente evocan sensaciones, y en el en vivo es importante transmitirlas a la audiencia, pero cuando canto estoy muy ocupado pensando en hacerlo lo mejor posible, en que se escuche bien, más que en poner atención a los recuerdos.

 

Recordar es muy bonito, así me doy cuenta de ciertos patrones. Me gusta el drama, aunque es imposible volver a sentir las cosas del mismo modo que cuando las escribí y no tengo problema con eso. Veo el pasado con mucha compasión, hacia mí, hacia la gente que me rodea o la que alguna vez estuvo.

 

Z: Cuando fui a tu concierto en el Teatro Metropolitan (octubre, 2025) me llamó la atención la dinámica de la audiencia: no solamente iban a escucharte, sino que parecían entender muy bien tus tiempos y necesidades, cuidando el clima emocional del show para ambas partes. Había una euforia contenida y humana. ¿De qué manera se construyó esta relación?

 

EM: La gente que me escucha es muy comprensiva. Entienden mis necesidades y no necesito expresarme de manera autoritaria para que eso suceda. He llegado a ser autoritario en el pasado, pero la mayoría del tiempo trato de ser prudente y equilibrado.

 

Creo que es una cuestión generacional. Me escucha mucha banda de mi misma edad o más chica, y ellos lo entienden muy bien. Los plebes más chicos vienen con otro chip: entienden que si alguien les pide algo para estar cómodo, hacerlo o dejar de hacerlo no representa un problema. También hay gente mayor que se ha ido sumando a esa lógica y descubre que es la manera más cómoda de convivir, no sólo en un concierto, sino en general. Es como estar platicando y entender cuándo hablar o callarte para que el otro siga. A veces no somos conscientes de que existen otras dinámicas, hasta que entendemos que hay formas más simples y empáticas de escucharnos. Siempre voy a estar agradecido con la gente que tiene esa comprensión hacia los otros.

 

“Quien use su poder con responsabilidad, sin ponerse en el centro como portador de la verdad, para mí es un ídolo.”

Z: Se trata de entablar un trato empático mutuo, y me parece muy fuerte pensar que esa dinámica es poco común en las relaciones artista-fan.

 

EM: Sí. Por ejemplo, en un concierto de Silvana Estrada no me imagino que mientras canta le griten todo el tiempo. Por el tipo de música puedes darte una idea de lo que ella necesita de la audiencia: es música que requiere compostura. Cuando eso no se toma en cuenta, se genera una disonancia.

 

Sé que hay artistas que nunca tuvieron que educar a nadie. No sé qué tenga yo para que siempre me griten pendejadas, pero ya no tengo problema con eso. Durante mucho tiempo viví peleado con la existencia, nada me acomodaba y tenía que estar constantemente hablando de lo que me causaba conflicto. Hoy siento que ese trabajo ya está hecho.

 

Z: ¿Cómo te sientes al observar que la gente valora tanto tu trabajo?

 

EM: Es un sueño, nunca hubiera imaginado producir una obra y que hubiera gente a la que le gustara y diera buenos comentarios. Me siento muy halagado todo el tiempo, a veces el halago es tal que llega a ser incómodo, pero trabajo en eso, en aprender a recibir tanto lo positivo como lo negativo.

 

Hay veces que lo rechazo todo, hay días en los que puedo digerirlo fácilmente, siempre he sido raro en ese sentido. Conozco gente que es más segura a la hora de escuchar opiniones, a la que no le desgasta recibir críticas. No es mi caso, pero también estoy consciente de que, independientemente de lo que digan, seguiré haciendo música. Gracias a Dios sirvo para esto, haciendo mis canciones o grabando y produciendo para otras personas.

 

Z: Esta edición se titula Ídolos. Nos interesa mirar este concepto desde un lugar humano, pensar la admiración como un impulso que nace al observar a quienes nos tocan la vida —un familiar, un amigo, un paisaje, una idea— y que moldean nuestras formas de existir. ¿Qué significa para ti la idea del ídolo?

 

EM: No me gusta ser tan prejuicioso, pero hablando específicamente acerca de la adoración a figuras públicas, creo que existe una falta de identidad general. Esa admiración idealizada es el resultado de intereses políticos y económicos de nuestro sistema. Entiendo la necesidad de que haya personas que admiren a otras. Es un resultado que surgió, no por instinto natural, sino por factores como el avance tecnológico, los algoritmos y lo que consumimos en general. Esa misma narrativa ha existido desde que se inició la televisión —creo que de ahí viene—, del consumismo y de un deseo aspiracional de ser algo más. No pienso que el ser humano traiga esto de siempre.

 

Para mí es muy importante apreciar a la familia, a los amigos, a la gente real, que son quienes nos marcan y, por más romántico que suene, definen el rumbo de nuestras vidas.

 

Todos tenemos algo que aportar a la vida de los demás, y me parece muy tierno. En la mañana en Delicias, salgo a la calle y hay un señor barriendo la calle. Nadie le pidió que lo hiciera, y no barre nada más su cacho. Hay gente que actúa sólo por hacer algo que le puede servir a los demás, ven el mundo con una sensibilidad que nosotros no tenemos. Obviamente esas generaciones también tienen otras cosas que nosotros rechazamos, pero de todos modos siempre hay algo que valorar de los otros.

 

Para mí, los ídolos masivos no deberían existir. Pero es divertida la dinámica de que existan, contradictoriamente eso me gusta de la humanidad, que encontramos muchas formas de darle emoción y valor a existir. Vivimos guerras, genocidios, crisis, y la gente a veces se apoya de los ídolos para desahogarse un poquito. Necesitamos del arte y del entretenimiento, incluso del que es absurdo y superficial. Sólo me parece importante cuidar a quién beneficiamos con el consumo de estas cosas.

 

Z: Me parece muy interesante el concepto de ídolo, es algo que lleva miles de años existiendo, si lo piensas. Por ejemplo, se me viene a la cabeza el ídolo por excelencia: Dios.

 

EM: Jesucristo era punk y comunista, está bien verga, la neta es que la Biblia es una gran historia. Me gusta como idea, no de forma religiosa.

 

Pienso mucho en el tema del ego y de cómo alguien puede llegar a sentirse una figura absoluta, como Kanye West creyéndose el Mesías renacido. Entiendo que todos podemos tener un ego y desde ahí creemos que poseemos la verdad, pero tenemos que conocer nuestros límites y tener sentido común. Quien sea que pueda usar su poder con responsabilidad, sin ponerse en el centro como portador de la verdad, para mí es un ídolo.

 

Z: Comparto ese pensamiento, para mí un ídolo es también quien inspira y construye los cimientos de caminos de vida para las generaciones por venir. ¿Quiénes han sido esas figuras en tu vida?

 

EM: En un sentido de trascendencia cultural, Luis Alberto Spinetta, Juan Gabriel —a pesar de que no sigo su disciplina del todo—, también Lou Reed. Ellos han sido figuras importantes para mí. Hay otras personas con las que, a nivel personal no me siento conectado, pero sí con su obra.

 

Por otro lado está la gente que hace arte a la par que yo. Con ellos existe una admiración mutua: Junior H, unperro andaluz, a los de Grito Exclamac!ón, Demencia Infantil, Edgar bajo el agua —ese wey hace música increíble, toca cabrón, compone muy bonito y le vale verga la teoría—. Hay mucha gente que admiro musicalmente y en parte es porque conozco sus ideales. México tiene mucha gente talentosa.

Z: ¿En qué momento te diste cuenta de que para muchas personas te habías convertido en una figura de admiración?

 

EM: Cuando entendí que mis acciones tenían un impacto en otros. No fue algo bonito ni romántico, fue a partir de un error muy grande, de las peores cosas que he hecho en mi vida.

 

Hace unos años di un show en Culiacán. Estaba tocando y me tomé una botella de Jack Daniel’s entera. El ingeniero de audio del show era un morro de mi edad, que estaba haciendo lo que podía. Durante el concierto hubo muchos problemas con el audio y llegó un punto en el queme desesperé. Estaba demasiado ebrio y desconectado, agarré mi guitarra y la rompí. Fue coraje y frustración de sentir que todo estaba mal. No fue una reacción responsable.

 

Ahí me cayó el veinte. Me di cuenta de que había morros que sí me escuchaban, que me estaban viendo y no esperaban esa reacción. Entendí que no puedes hacerte pendejo cuando hay gente que te da su atención, que hay responsabilidad detrás, que de ahí comes.

 

Ese aprendizaje no le sirve a nadie más que a mí, fue la primera vez que probé la crítica. Ese video se hizo muy popular en Facebook, era 2019 y todavía no agarraba la onda de lo que implicaba tener este alcance. Cuando tienes una posición privilegiada, no puedes seguir haciéndote pendejo. Al menos así lo comprendo ahora. Pensaba “¿cómo vas a ser profesional?, ¿cómo vas a ser responsable con algo que ni siquiera esperabas tener?, ¿cómo vas a dignificar este trabajo?” Desde ahí nació en mí la necesidad de ser más consciente. No siempre fue así, pero a partir de ese momento, sí.

 

Z: Empezaste muy joven. No se le puede exigir ese tipo de compostura a una persona que está expuesta a los medios desde chico.

 

EM: Claro, este tipo de temas es algo que no pasa en ciertos contextos específicos de artistas jóvenes, como con Justin Bieber en sus inicios. Hay gente que tiene equipos muy grandes y pueden tener entornos más controlados. En ese entonces era completamente independiente. No tenía mánager y obviamente tampoco un PR que me hiciera un comunicado, como luego pasa con un chingo de cabrones que no actúan con responsabilidad. No había una manera de resguardarme, y de cierto modo agradezco que haya sido así, es más valioso que haya encontrado esa necesidad de ser responsable, a que alguien más me la hubiera querido instaurar. No lo habría entendido, habría hecho caso porque “es lo que se tiene que hacer”. Ahora, por ejemplo, ni mi mánager ni nadie me tiene que decir nada. Cuando tengo una duda voy y pregunto, y sé que nadie con quien trabajo me va a decir una pendejada. Pero todo nace de mí, y eso me hace sentir contento de observar cómo ha pasado el tiempo y cómo me muestro ante la gente que me escucha.

 

Z: Esta admiración entre el escucha y el artista, puede cruzar una línea muy delgada hacia la obsesión o la despersonalización. Frente a eso, ¿cómo medias tu trabajo con tu vida personal?

 

EM: La neta es que no lo comprendo del todo, porque nunca he sido obsesivo con otras personas. Me puede mamar la música de alguien, pero no es como que quiera conocerlo; me gusta su obra y ya, no siento la necesidad de cruzar esa línea. Eso tiene que ver con entender muy bien la diferencia entre la obra y la persona. La gente escucha mi música, pueden llegar a creer que saben cómo soy, y no es así, no todo el tiempo estoy sufriendo ni reflexionando.

 

Soy consciente de por qué pasan estas cosas: hay gente que siente un deseo de vivir otras vidas, y no los culpo. Puedo poner mi límite para no ser Eduardo todo el tiempo, para no sentirme tan vulnerado, pero también hay días en los que estoy con toda mi seguridad y toda mi confianza al 100, y ahí puedo ser Ed Maverick sin problema. Puedo darles todo con tal de que estén contentos, puedo decirles que los amo y actuar ese papel, porque también es parte del trabajo. Pero hay otros días en los que no estoy ahí y prefiero algo distinto, generar una experiencia que de verdad se quede, como cuando Mac DeMarco subió a un fan a tocar la guitarra con él. Ese tipo de gestos se recuerdan más que una foto, son memorias que en el futuro los harán sonreír al recordar.

 

Entonces, también es saber cuándo interactuar, hay días en los que no me la paso tan chido y de repente abro Instagram y se me viene el mundo abajo. Empiezo a sobrepensar cosas: “¿cómo estos plebes me escriben diciendo que les cambié la vida?”. Eso pesa. Pero también entiendo de dónde viene. Es vivir la vida a través de otros ojos, a través del intérprete. Vivimos en un mundo donde todo el tiempo nos están restregando cómo viven otras personas, lo que tienen y lo que nosotros no. ¿Cómo no va a haber deseo de ser otro, de aspirar a eso, de admirar? Está de la verga, no es justo, pero es real. Creo que siendo consciente de eso es como puedo mediar entre mi trabajo y mi vida personal.

Z: ¿Qué lugar ocupan las expectativas de tu audiencia dentro de tu proceso creativo?

 

EM: Antes no las tomaba en cuenta, era creyente —ilusamente— de que mi obra era nada más para mí. Entonces sí, antes me valía verga. Y curiosamente antes a la gente le gustaba más mi música.

 

Hoy me gusta considerarlo. Al ser mi trabajo, obviamente tengo que tener el feedback en mente para saber cómo seguir vendiendo. Contemplar lo que espera la gente también es parte del proceso. Pero no sólo es eso, es estar al tanto de lo que hacen mis contemporáneos. Los artistas tenemos un inconsciente colectivo en el que llevamos una conversación indirecta. Escuchamos nuestro trabajo recíprocamente y nos alimentamos entre todos. Hay veces que me encanta tanto la música de alguien, que llega un punto en el que termino haciendo cosas que se parecen un poco. Y la gente ni siquiera lo nota y no importa. Luego también veo que hay quienes hacen cosas parecidas a lo mío y es simplemente por admiración. Al final se trata de inspirarse y disfrutar la obra de los otros.

 

Z: Para los álbumes sucesores de La nube en el jardín, estás tomando un camino sonoro distinto. ¿Qué detonó esa búsqueda y cómo ha sido diferente el proceso de producción frente a tus materiales anteriores?

 

EM: Fue un punto en el que todavía no contemplaba tanto la opinión de la gente que me escucha. Los dos discos que lanzaré este año los empecé a hacer antes de La nube. Siempre quise hacer rock, siempre quise explorar esa parte del indie, pero también siempre quise estar del otro lado. Y de alguna manera hay momentos en mi música donde esas cosas convergen, es el caso de estos dos álbumes. Los vemos como discos de transición, aunque no los quiero promover como tales. Surgieron de hacer ejercicios de composición frente a una computadora, algo que nunca había hecho.

 

Antes de ser guitarrista o compositor, soy baterista. Entonces, todas las canciones las hice desde la batería. Sobre eso metí el bajo, luego la guitarra, y de ahí empezaron los acordes. Después la canción me decía qué palabras decir. No era primero la letra, luego la melodía y luego la música. En este caso fue al revés. Eso es lo que es muy distinto en este proceso, seguramente después de estos venga algo todavía más cohesivo.

Z: Al ser un creativo que no sigue la norma de la industria, ¿desde dónde decides qué sí y qué no hacer con tu proyecto?

 

EM: No lo pienso de una manera tan objetiva, hago lo que siento en el momento. Puede que a mucha gente le interese algo, pero eso no marca la pauta de mis acciones. Y sí, está súper trillado decir que hay que seguir la intuición, pero en mi caso va más por un tema de dónde me siento más cómodo. Hace rato teníamos ofertas para tocar en Estados Unidos, muy buenas ofertas. Pero cómo voy a acceder sabiendo que mañana mi país puede ser el próximo invadido. Ése ha sido uno de los ejemplos más duros que he tenido hasta ahora.

 

Ya medio lo dudaba por las redadas de ICE, decía, bueno, al final son espacios seguros, no debería pasar eso. Hoy, más que nunca, me queda claro lo que no hay que hacer. Y no lo digo desde un discurso político ni desde querer verme como “el artista bueno”. Eso no me gusta, muchas veces esos discursos terminan siendo más en pro del proyecto que por principios genuinos.

 

Siempre voy a hacer lo que crea correcto, y no sólo en una cuestión política —que al final todo es político—, sino en una cuestión anímica. Aunque se me presente la mejor oportunidad del mundo, si no me siento chido para hacerlo, no lo voy a hacer. Así he manejado siempre mi proyecto. Todo lo que ya está es ganancia, y no pasa nada si freno de repente. Cuando tengo la energía suficiente acelero y voy por todo. Y luego me vuelvo a cansar de tocar, o de dar entrevistas, o de estar, y me devuelvo. No pasa nada. Gracias a Dios tengo ese privilegio; obviamente no todos lo pueden hacer, por eso lo aprovecho.

 

“Teníamos ofertas para tocar en Estados Unidos, muy buenas ofertas. Pero cómo voy a acceder sabiendo que mañana mi país puede ser el próximo invadido. Siempre voy a hacer lo que crea correcto, y no sólo en una cuestión política, sino en una cuestión personal.”

Z: Hoy, ¿desde dónde estás creando y viviendo, desde la calma, desde la búsqueda o desde la necesidad?

 

EM: La nube en el jardín, por más que habla de desamor, fue un momento muy bonito, de calma. Parte de estos dos discos próximos también nace desde ahí, desde un lugar de calma.

 

Pero hoy estoy empezando a crear más desde la necesidad. Hace poco colaboré en una canción con Valgur, y lo que terminé diciendo ahí se emparejó mucho con lo que sentía en ese momento. Ahí me di cuenta de que tenía que componer más por necesidad. No siempre estoy dolido, pero cuando hay dolor, la mejor manera de canalizarlo es creando. Las alegrías, gracias a Dios, las gozo, pero el dolor tiene más materia prima para la obra. Hay veces en las que estoy más calmado porque el mundo real no me exige tanto y todo viene suave, pero ahorita estoy más en la necesidad. Eventualmente va a regresar la calma. Ese péndulo es real y sé que va a volver.

 

Dejando la música de lado, en mi vida ahorita estoy equilibrado. Estoy a una semana de cumplir 25 y siento esa responsabilidad adulta, tengo que responder por otra gente y por otras cosas. No estoy completamente calmado, hay cosas que me duelen, son de las que escribo, y no todo es por desamor. Aunque esas canciones terminan siendo las canciones más visibles, todos se identifican con eso. Estoy viviendo en dos espacios: tengo días de calma muy lindos con los míos, y también hay días en los que no veo a nadie, donde paso todo el tiempo en la computadora o en el celular, trabajando en cosas burocráticas. A veces estoy componiendo porque lo disfruto, pero al final estoy trabajando también. Siempre que termino una canción, por más que me divierta haciéndolo, acaba en una conversación de trabajo. Entonces sigo trabajando.

 

Hoy, la transición entre un mundo y otro se vuelve microscópica. Antes tenía lapsos de un año sin hacer nada y otro de chambear sin parar. Ahora es por días, nunca me había tocado vivirlo así. Pero, ¿de qué me voy a quejar? Voy y vengo.

Zunshu es diseñador industrial —entre otras cosas— y forma parte del equipo de 192. Amante casual de la moda, el arte y otras bellezas cotidianas. “La nube en el jardín” es su álbum en español favorito; en 2025 lo escuchó durante 1,916 minutos, según Apple Music —sin contar los plays en vinilo.


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