Obsesión

La piel, el deseo y la libertad de existir sin filtros

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fotografía y texto Dorian Ulises López Macías
maquillaje Maripili Senderos
pelo Makina
modelos Leonardo Colín @ In The Park Management , Arath Correa y Esther Bautista @ Escuela Rural ,
Mr. Zero @ CROM Agency y Tatsumi
iluminación Alexis Rayas
locación Casa Margarita

Todos queremos ver cuerpos desnudos. Todos deseamos a otras personas. Todos queremos ser deseados. Amamos el sexo. Es parte de nuestra naturaleza. Sin embargo, el cuerpo sigue siendo un territorio prohibido. Lo mostramos con morbo y lo escondemos con pudor. Lo celebramos en secreto, pero lo censuramos en público. Y, cuando aparece libre y entero, algo en la sociedad se incomoda.

Este proyecto empezó como un ejercicio sobre la belleza humana, pero pronto se volvió también una reflexión sobre la hipocresía. Nos censuraron por mostrar piel. Estas fotos que ves, se tuvieron que hacer dos veces, pues en la primera locación nos censuraron —por mostrar cuerpos desnudos que no entran en la talla correcta, porque no eran europeos, delgados, altos—. Eran cuerpos reales. Mexicanos. Morenos. Hermosos. Y eso, todavía hoy, parece demasiado para ciertos ojos.

Mi trabaja se centra en mostrar lo que nos enseñaron a esconder: la belleza morena, la belleza diferente, la belleza que no responde a estándares eurocentristas. “Obsesión” es eso: la necesidad de vernos tal cual somos, con deseo, con ternura, con luz. De mirarnos como los animales hermosos que somos.

 

Vivimos en un tiempo en el que todo se puede crear con inteligencia artificial, en el que puedo abrir Midjourney y pedirle que genere exactamente lo que tengo en la cabeza. Pero este proyecto no podía existir en lo digital. Tenía que ser humano. Tenía que convocar a personas que aceptaran desnudarse frente a la cámara, que confiaran en todo un equipo creativo. Tenía que reunir a maquillistas, iluminadores, productores, buscar locaciones, coordinar horarios, repetir la sesión cuando fue necesario. Hacerlo real fue más costoso, más complejo, pero también más valioso. Porque hay algo que la inteligencia artificial no puede replicar: el temblor del cuerpo que se ofrece, la energía invisible que se forma cuando alguien dice: “sí, me desnudo para ti”.

La primera locación donde hicimos la sesión (cuyas fotos no se publicaron) se define como un “hotel de concepto”, con obras de arte en sus habitaciones. Presumía de ser un lugar abierto y creativo. Pero cuando vieron cuerpos desnudos paseando por los pasillos, nos cerraron las puertas. No eran los cuerpos correctos para su idea de arte. Y ahí entendí algo: incluso los espacios que dicen ser artísticos le temen al cuerpo real. Hemos aceptado tanto la censura que incluso la aplaudimos. Al final, tuvimos que repetir las fotos en una segunda locación, Casa Margarita, que nos abrió las puertas y sí nos dio espacio para contar la historia como queríamos.

 

Mientras editaba las fotos, no podía dejar de pensar en cómo hemos dejado que el algoritmo nos gane. Las redes sociales están llenas de censura, odio, de linchamientos disfrazados de justicia, de gente que se siente poderosa por destruir a otro. Es la Santa Inquisición en versión Instagram, y la celebramos como si fuera un deporte. Nos creemos más inteligentes que los de antes, pero repetimos los mismos patrones de venganza y castigo.

Y es curioso: muchos de los que comparten banderas pro Palestina y consignas de paz en sus perfiles, son los mismos que participan en el odio colectivo. No vemos que es precisamente ese odio lo que alimenta las guerras y las masacres. Seguimos cuentas que se dedican a destrozar vidas porque nos entretiene. Y no entendemos que, tarde o temprano, cualquiera de nosotros podría ser el siguiente.

 

Recientemente, en México, un diseñador fue atacado por tomar un huarache e integrarlo en una colaboración con adidas. Se viraliza la imagen, en redes explota el debate: unos lo celebran como representación, otros lo acusan de apropiación. La gente se posiciona en segundos, a veces sin saber quién es el diseñador, qué hace, o la historia de la prenda. El discurso se vuelve moral — “esto es un robo cultural” o “esto es visibilizar lo nuestro”—, pero casi nadie habla con datos o escucha a los verdaderos protagonistas: los artesanos. La atención se centra en “ganar” la discusión en redes, no en preguntarse cómo apoyar realmente a las comunidades. La paradoja: Días después, los mismos que discutían apasionadamente, siguen sin comprar huaraches a los artesanos ni impulsar sus ventas.

Hemos perdido el sentido de humanidad. Estamos obsesionados con sacrificar, borrar, cancelar. En este contexto, hacer “Obsesión” fue un acto de resistencia. Reunir a personas, pedirles que se desnudaran, mirarlos con respeto y mostrar esos cuerpos es, hoy, un gesto político. Quizá también un gesto romántico.

 

Porque al final, nuestra verdadera obsesión no es sólo con el cuerpo: es con el control, con la vigilancia, con el poder de decir “esto sí” y “esto no”. Yo sólo quise crear algo real, en un mundo donde lo real se pierde cada vez más, y eso, es casi un milagro.

CASA MARGARITA

 

Casa Margarita fue la segunda locación donde esta historia fue fotografiada y la que forma parte del proyecto publicado. La sesión sucedió durante la restauración de la casa, ubicada en Córdoba 87, en la Colonia Roma. Esta casona ecléctica de principios del siglo XX fue hogar de Margarita Quijano, la Dama de la Capital, figura clave de la literatura mexicana. Hoy, con una nueva vida, forma parte del ecosistema cultural de Proyectos Públicos, plataforma que transforma edificios con valor histórico en espacios de creación, hospitalidad y cultura. Casa Margarita abre sus puertas en noviembre de 2025, inaugurando una nueva etapa donde el arte, la literatura, la poesía y la música encuentran un lugar para habitar.


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