El termómetro del arte
fotografía cortesía de Órbita Central , Sophia Garduño y Danielle Franco
Recorrer Zona MACO siempre es una experiencia de inmersión entre diversas intersecciones, mi favorita, aquella que reside entre el arte y la moda, que no sólo me interesa, sino que de alguna manera define mi mirada y, en muchos sentidos, mi forma de estar en el mundo. Me gusta encontrar en las ferias de arte piezas que podrían habitar en una editorial de moda, que jueguen con el textil, los beautys, el maquillaje y la forma en que el cuerpo se viste o se enmarca dentro del espacio. No importa si es pintura, escultura, instalación o inteligencia artificial; lo que me detiene frente a una obra es su capacidad de dialogar con la imagen, con la manera en que nos vestimos, nos movemos y nos proyectamos. Este año no fue la excepción, aunque el diálogo con el espacio también me lleva a ciertos ejercicios de consciencia.

Desde el inicio, el recorrido en la feria se sintió como un ejercicio de reconocimiento de patrones. En Hashimoto Contemporary, un bodegón de productos de belleza y consumo reflejaba el inventario cotidiano de cualquiera de las asistentes feria.
La colección de Alejandra Topete reafirmó esta intersección entre arte y moda, con obras de Randy Shull. También en el ámbito textil, Laetitia K.Y., en Lis 10 Gallery, exploraba la identidad a través del cabello afro, mientras la Galería Liliana Bloch presentaba una serie de cinturones y hebillas que confrontaban la homofobia con la estética country. Todas las anteriores compartían un lenguaje visual similar al de una editorial, donde las texturas y la materialidad tejían narrativas propias.
El vínculo entre arte e indumentaria se reafirmó con la presencia de stands de marcas reconocidas como Carla Fernández y Elke Klein, diseñadores que trasladan el textil al discurso artístico. Y en un giro inesperado, Mon Laferte sorprendió con dos peluches gigantes, piezas que generaban una mezcla de ternura y extrañeza, y que en lo personal, detonaron la nostalgia de mi infancia emo. 
Las referencias a la nostalgia y al imaginario popular también estuvieron presentes en la feria. La obra de FROIID, en Albuquerque Contemporánea, me transportó a la lotería mexicana en un ejercicio de reducción geométrica, con sus colores vibrantes y su tipografía de rótulo; mientras que la de Alinka Echeverría, en SUMA, rayaba en la moda documental con retratos de peregrinos guadalupanos. Las piezas me recordaron la manera en que en cualquier formato creativo se reciclan símbolos culturales para contextualizarlos dentro de nuevas narrativas visuales.

Los trampantojos fueron una constante en la feria, con la impresión lenticular consolidándose como tendencia. Un recurso ligado a la publicidad y la cultura pop, que reaparece en el arte contemporáneo por su capacidad de jugar con la percepción sin recurrir a la tecnología digital. Su materialidad plástica lo sitúa en un punto intermedio entre lo tangible y lo virtual, resignificando su uso, la pregunta que me quedó al respecto fue si estos recursos son realmente innovadores o si simplemente estamos atrapados en un ciclo de nostalgia tecnológica.
Sin embargo, no fue el único recurso en juego: las pantallas también dominaron el espacio, planteando una reflexión sobre cómo el mercado del arte ha ido respondiendo a las necesidades tecnológicas y utilitarias de los formatos y economías contemporáneas. Pensé en voz alta ante una obra no muy convincente: “Al final, cuando compras una de estas piezas, al menos te llevas una pantalla de muy alta calidad”.

En un giro mas personal, la obra de Florencia Pozo, en la Galería Pedro Ávila, me atrapó en su orden obsesivo. Blisters de medicamentos psiquiátricos, frases motivacionales, todo dispuesto con una precisión que me transmitió calma en lugar de ansiedad tras una mañana en la que olvidé tomar mi Metilfenidato, como si la estética pudiera redimir lo que el cuerpo carga. Me encontré respirando más tranquila frente a esos pequeños recordatorios de lo cotidiano, en un entorno que muchas veces pretende ser más de lo que realmente es.
Mientras caminaba, me golpeó otra realidad: era la única mujer trans en el espacio, dado el contexto y las emociones anteriores, la sensación de sentirse una anomalía es inevitable. En armonía con mi sentir encontré en Future Self, un robot introvertido que escribía poemas desesperados cuando alguien lo miraba fijamente. Su ansiedad era un reflejo digital de la mía. A su lado, Adán y Eva, dos inteligencias artificiales diseñadas para enamorarse, se debatían entre el deseo y la desconexión. No supe si me conmovieron o me inquietaron más. El arte y la tecnología, como la moda y el cuerpo, también pueden fallar en su intento de conexión.

Tras dos horas en tacones, volví montada en la motocicleta de un extraño, dejando atrás la feria pero llevándome conmigo esas intersecciones que tanto busco. Zona Maco sigue siendo un termómetro del arte, un recordatorio de que aunque mis intersecciones favoritas estén presentes, aún existen en el entorno del arte ciertas desconexiones difíciles de ignorar. Mientras tanto, seguiré buscando esos espacios donde la textura, la imagen y la identidad logren encontrarse, porque al final, esa búsqueda también es una forma de habitar el arte.
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