El diseñador industrial conecta con la versatilidad del objeto
Explorar la materia desde la estética es uno de los pilares del diseño industrial y Daniel Orzoco —diseñador industrial mexicano— está consciente de ello: en su práctica, cada objeto se concibe como una extensión del entorno, una presencia que incide de forma directa en la manera en que se habita lo cotidiano. Más allá de su función, sus piezas introducen un ritmo que habla de forma con carácter en los espacios, revelando la capacidad del diseño para acompañar la vida diaria desde lo sensorial.
Bajo esta mirada, la reinauguración de su showroom en la Ciudad de México hacia finales de 2025 se presenta como un momento decisivo, donde años de exploración encuentran un lugar propio que articula producción, exhibición y encuentro, y que da continuidad a una trayectoria que se ha desarrollado entre Tulum y la capital con una identidad cada vez más definida.

Sophia Garduño (SG): Tu cierre de 2025 marca un punto clave con la reinauguración de tu “showroom” en la Ciudad de México. Después de años en Tulum, ¿qué te llevó a expandirte y cómo fue ese proceso?
Daniel Orozco (DO): Siempre supe que la Ciudad de México era un paso importante. Necesitaba un espacio donde la gente pudiera ver y tocar las piezas, vivirlas de cerca. Desde 2023 lo intenté con distintos formatos: un espacio pequeño en la Roma, luego uno compartido con arquitectos, pero no terminaban de materializar lo que tenía en mente.
En 2025 decidí hacerlo bien: encontrar un lugar propio que funcionara como showroom, pero también como galería, taller y punto de encuentro para la comunidad creativa. Cuando encontré este espacio, me enamoré. Lo intervine casi por completo y eso marcó, de alguna manera, mi llegada formal a la ciudad. Ha sido muy bien recibido y hoy se siente vivo, abierto, en constante movimiento.
Tulum sigue siendo esencial para mí. Es mi hogar, el lugar donde crecí y donde nació todo. Pero este momento pedía expandirse.


SG: Vienes de la Ciudad de México, pero tu proyecto nace en Tulum. ¿Cómo ha sido ese tránsito y qué diferencias encuentras entre ambos contextos?
DO: Soy de la Ciudad de México, pero viví diez años en Tulum y ahí empecé la marca hace cinco años. Desde el inicio entendí que Tulum era un gran punto de partida, sobre todo por su proyección internacional. Ahí el cliente es muy específico: hoteles, desarrollos de hospitalidad, villas privadas que buscan construir experiencias muy cuidadas.
De alguna forma, Tulum fue el trampolín. Y ahora en la Ciudad de México estoy viviendo algo muy parecido a ese inicio: gente que entra, descubre la marca, regresa, se involucra. Hay tanto público local como extranjero, y se empieza a generar una relación más cercana.
Por eso la decisión de regresar también fue personal. Hoy vivo aquí y el proyecto crece conmigo. Mientras tanto, en Tulum mantengo presencia, pero en un espacio más pequeño y mejor ubicado, entendiendo también el momento que está atravesando el lugar.
También logramos intervenir el camellón de enfrente con ocho esculturas, en colaboración con la alcaldía. Fue un proceso largo, con permisos y juntas vecinales, pero transformó por completo la zona.
Es el tercer año que hago intervenciones en espacio público —antes en Parque Lincoln y en la Roma—, pero esta vez las piezas permanecerán un año completo. Eso también habla de permanencia, de arraigo.



SG: En términos creativos, ¿cuál fue tu primer objeto con el que pensaste “esto puede volverse una marca”? ¿Cómo defines hoy tu lenguaje?
DO: Todo empezó con una lámpara colgante de bolas de madera y una mesita tipo tótem. Esas dos piezas fueron el punto de partida. Ahí entendí que podía construir algo propio.
Mi lenguaje nace de lo geométrico, de lo recto, pero siempre en búsqueda de la curva, de lo orgánico. Esa tensión es el hilo conductor. Y en materiales, lo abordo como si fuera moda: qué combina con qué, qué diálogo se puede generar entre texturas.
La madera sigue siendo mi base. Es el material con el que más conecto, el que más posibilidades me da. Pero también trabajo con piedra, vidrio y ahora estoy explorando una nueva colección con pintura electrostática, introduciendo color de una manera más directa. Antes todo partía del tono natural del material; ahora hay una intención distinta, más expresiva.



SG: Tus piezas se mueven entre lo funcional y lo escultórico. ¿Cómo equilibras esos dos mundos?
DO: Al principio me costó trabajo porque trabajé mucho desde la funcionalidad: lámparas, mesas, objetos que tenían un uso claro pero una carga estética fuerte. En algún punto decidí soltar eso y hacer piezas completamente escultóricas, sin una función práctica.
Eso cambió todo. Me permitió explorar otra dimensión del objeto, donde lo importante es cómo transforma el espacio. Hoy conviven ambas líneas, pero cada vez me interesa más esa libertad.
También depende del contexto. En hoteles y restaurantes puedo ser más arriesgado; son espacios donde la pieza puede sorprender. En una casa, en cambio, hay una relación más íntima. Saber que alguien va a convivir con ese objeto todos los días le da otro peso.
SG: Mirando hacia adelante, ¿cómo imaginas el crecimiento de la marca?
DO: Me interesa seguir creciendo a través de espacios físicos. Me gustaría expandirme a lugares como Baja California, donde hay proyectos muy afines, y también entrar en más galerías internacionales.
Al final, todo parte de lo mismo: crear espacios y objetos que generen experiencia, que conecten con la gente y que sigan construyendo comunidad.

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