Un ejercicio de fútbol y colectividad…
fotografía Renata Rains
fotografía de “Futbolito” cortesía Palacio de Hierro y
Mientras el mundo dirige su atención hacia la Copa Mundial de 2026, Román de Castro (artista multidisciplinario, Ciudad de México 1998) propone una mirada distinta sobre este fenómeno que reúne a millones de personas alrededor del mundo. En colaboración con el Palacio de Hierro Polanco, el artista presenta una instalación que toma uno de los símbolos más reconocibles del juego para dotarlo de un nuevo significado.
“Futbolito” es un balón monumental que evoca tardes compartidas, cascaritas callejeras y memorias colectivas. La obra está construida a partir de cientos de pequeñas piezas de madera ensambladas, marcadas con fechas emblemáticas de la historia del fútbol mexicano: como el partido entre México vs Bulgaria en 1986 o el juego contra Croacia en 2014.
Ese interés por resignificar la memoria atraviesa buena parte de la obra de Román. A partir de objetos cotidianos, palabras y símbolos que reaparecen constantemente, ha construido una práctica artística donde la repetición funciona como una herramienta para explorar el recuerdo, la identidad y las memorias del juego que compartimos con otros. Esta conversación recorre algunas de esas ideas y la forma en que se insertan en su trabajo.
Rodrigo Battista (RB): Tus piezas parten de escenas aparentemente comunes —un juego de fútbol, una silla o una nota escrita sobre papel— que en el fondo exponen algo más íntimo. ¿Qué encuentras en lo cotidiano que sigue despertando tu curiosidad una y otra vez?
Román de Castro (RDC): Siempre he trabajado con aquello que tengo más cerca. Son objetos y situaciones que forman parte de mi día a día y que precisamente por esa cercanía, terminan acumulando significado.
Me interesa observar cómo las cosas más simples pueden contener historias, recuerdos o emociones sin necesidad de convertirse en algo extraordinario. Muchas veces lo cotidiano pasa desapercibido, pero ahí encuentro una forma de hablar del tiempo, de la memoria y de la manera en que habitamos el mundo.
RB: Tus obras suelen partir de elementos recurrentes. ¿Cuándo entendiste que volver sobre ellos también podía abrir nuevas lecturas?
RDC: Nunca fue algo planeado, empecé repitiendo ciertas figuras porque disfrutaba hacerlas. Con el tiempo entendí que esa repetición también construía una forma propia de hablar. La gente comenzó a relacionar esas imágenes conmigo y dejaron de ser solamente objetos para convertirse en parte de mi identidad.
Hay elementos que acompañan una etapa de mi vida, más adelante aparecerán otros, pero mientras una imagen siga diciéndome algo, seguirá apareciendo.
RB: En tu trabajo la memoria no parece un lugar lejano, sino una materia que evoluciona constantemente. ¿Crees que recordar también es una forma de inventar?
RDC: Sí. Solemos pensar que la memoria conserva los hechos tal como ocurrieron, pero cada vez que volvemos a un recuerdo también lo modificamos. La memoria elimina cosas, incorpora otras y reescribe una nueva versión de la historia. Esa idea aparece una y otra vez en mi trabajo.
RB: En tu trabajo la memoria no parece un lugar lejano, sino una materia que evoluciona constantemente. ¿Crees que recordar también es una forma de inventar?
RDC: Sí. Solemos pensar que la memoria conserva los hechos tal como ocurrieron, pero cada vez que volvemos a un recuerdo también lo modificamos. La memoria elimina cosas, incorpora otras y reescribe una nueva versión de la historia. Esa idea aparece una y otra vez en mi trabajo.
RB: ¿Qué papel juegan las frases que aparecen plasmadas en tus piezas? ¿Cómo dialogan el texto y la imagen para establecer la narrativa de cada obra?
RB: Observar siempre ha formado parte de tu proceso creativo. ¿Cómo cambió tu manera de mirar cuando pasaste de buscar respuestas a trabajar desde las preguntas?
RDC: El periodismo me enseñó a observar desde los hechos y a comunicar con claridad, el arte me llevó hacia un lugar mucho más abierto. Dejé de buscar verdades definitivas y empecé a sentirme cómodo trabajando desde la ambigüedad. Esa libertad cambió mi manera de mirar, Ahora me interesa más abrir posibilidades que llegar a una conclusión, busco expresarme incluso si no hay respuestas.
RDC: La escritura siempre ha formado parte de mi vida. Desde niño me gustaba escribir y antes de dedicarme al arte trabajé como periodista. Las palabras me permiten desarrollar ideas que la imagen aborda de otra manera. Me interesa que ambas formas de expresión convivan, que cada una conserve sus propias cualidades y que el espectador encuentre un espacio entre ambas para construir su propia opinión.
RB: Al recorrer tu obra se percibe una conversación continua. ¿Sientes que todas tus piezas pertenecen a una misma historia o cada una responde a un capítulo distinto de tu vida?
RDC: Las siento como parte de un mismo cuerpo de trabajo. Cada pieza responde a un momento distinto, pero todas dialogan entre sí, algunas son historias muy breves, otras permanecen durante años y vuelven a aparecer más adelante, nunca he pensado en ellas como proyectos aislados.
RB: En el futuro, cuando el contexto se haya diluido y sólo permanezcan las obras, ¿Qué te gustaría que el observador pudiera intuir sobre esta época?
RDC: Me gustaría que las obras hablarán de las personas antes que de los acontecimientos. Más que explicar una temporalidad, quisiera que percibieran la sensación de vivirla en carne propia. Los contextos cambian, pero las emociones permanecen: el amor, la pérdida, la nostalgia o la memoria son experiencias universales. Si dentro de cincuenta años alguien puede reconocerse en una de mis piezas sin haber vivido este momento, sentiría que el trabajo encontró la forma correcta de seguir existiendo.
Visita la instalación de Román de Castro en El Palacio de Hierro Polanco (Av. Moliere 222, Polanco II Sección, Miguel Hidalgo, 11530, Ciudad de México) hasta el 26 de julio.
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