Ese día llovía en horas muy tempranas. En mi camino, agua abrazando las ventanas de mi Buick Enclave, agua en las noticias, ríos de agua en las calles y la ciudad brillosa pero calladita —cuando llueve, enmudecemos y nos acurrucamos en nosotros mismos—. Recordé esa escena de Carol con las gotas manchando la cara de la Blanchet a través de la ventana del coche. Su rostro, el más apacible de todos, miraba hacia ningún lado, protegida del agua detrás del cristal.

En la zona residencial a la que llegaba, era raro toparse con una mancha roja e inesperada que decía Híbrido, para flanquear después la seguridad de una puerta y toparse con la cara de Marisa —su voz es lo más dulce y certero que he escuchado en mucho tiempo—. Al interior de la casa, las piezas de arte montadas en equilibrio por todas las habitaciones, también en el segundo piso y en el jardín. Hacía un frío achicante la mañana que visité Híbrido, un proyecto efímero de arte, de amor y de solidaridad, en el que las galerías de arte más importantes de la ciudad, se reunieron para hacer una demostración de cariño rebasador.
El aguante de Marisa Fernández ha sido heroico. Mientras sucede la expo, más de una persona le pregunta si no se siente cansada, si no tiene frío, si no le convendría más estar en un lugar cerrado y sin corrientes de viento. Marisa saluda de lejos envuelta en diez capas de ropa, sonríe con más fuerza que cualquier tormenta, como si el viento helado que cruza de un lado al otro la casona sin ventanas donde fue montado Híbrido, no le hiciera ni un rasguño. Y hablar de rasguños en el caso de Marisa, puede ser letal. Hace un año aproximadamente le dieron un diagnóstico no muy favorable. Híbrido fue creado de una forma completamente fortuita, como una herramienta de ayuda económica que contribuyera a los gastos exponenciales de la enfermedad de esta consultora de arte. Marisa, entonces, se llevó una gran sorpresa. “La enfermedad tiene una belleza colateral”, me dice.
Empiezan a llegar los galeristas, los artistas, los coleccionistas, los amigos. Para Marisa, Híbrido es el apellido de su nueva familia. Y resulta que todos se dieron cita aquí, para ofrendar su arte y su trabajo, para transformarlo en una muestra, la más grande, de amor.
Miro mis zapatos mojados, siento los pies helados. Me despido de Marisa muy sutilmente, hay demasiada gente a su alrededor. Un poco achicada de la cabeza, vuelvo a mi refugio, mi Buick Envision, enciendo el motor y por inercia volteo hacia arriba y a través del quemacocos panorámico, la lluvia imparable. No hay música, no hay noticias, se queda el silencio de las gotas cambiando al resbalar por el cristal. Recupero el calor en mi cuerpo, me sacudo la cabeza y con ella las ideas. La belleza existe en todas partes.
Así son mis tardes, así es nuestro lujo, nuestros momentos.

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