Lakra

También los tatuajes son un reflejo del tiempo, y como se leen o se aprecian, va cambiando con los años

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texto Gabriela Jauregui
fotografía Gonzalo Morales

Hace años compartí la vida con alguien que tenía un Dr. Lakra tatuado en el hombro. Era una especie de diablito borracho, o pacheco. Tenía colores, pero se fue poniendo algo borroso, podríamos decir que como la relación misma. Ésa fue mi primera introducción a su obra, mucho antes de que siquiera la expusiera en galerías y museos del mundo entero. Por esas épocas, también, en la UNAM tenía un compañero, tatuador y estudiante, que además de sus propios tatuajes, tenía tatuajes de los meros meros de ese tiempo: el Piraña, el Ruso, el Nene, el Chanok, y por supuesto, de Lakra. Sus brazos me mantenían entretenida en las clases de tronco común, más aburridas. Sus tatuajes eran las mejores lecturas. Los tatuajes de Lakra me han acompañado a lo largo de los años. Y también los tatuajes son un reflejo del tiempo, y como se leen o se aprecian va cambiando con los años.

 

Conozco a Lakra desde hace tiempo, gracias a su hermana Laureana, una de mis amigas y cómplices más queridas. Así que, como en familia, los dos nos sentamos frente a nuestras tazas de té en su galería en la ciudad de México, kurimanzutto, a platicar de su exposición más reciente, pero también de los tatuajes como calendarios, de sus viajes y de la cábula de la vida.

 

Gabriela Jauregui (GJ): Los tatuajes tienen mucho que ver con el tiempo, no sólo el tiempo que te lleva hacerlos, sino que son como un calendario: el tatuaje como recuerdo, como cicatriz, marca el paso del tiempo en tu cuerpo.

 

Por otro lado, es un cliché decir que el arte es inmortal, pero tú mismo haces arte, mientras que tu práctica como tatuador es algo relativamente efímero. Aunque digan las mamás que un tatuaje es para siempre, no es exactamente el caso.

 

Dr. Lakra (DL): El tatuaje desaparece porque el cuerpo desaparece. Aunque hay momias tatuadas. En Japón hay un güey súper interesante, un dermatólogo, que se dedica a estudiar los tatuajes y a coleccionar pieles de humanos tatuadas. Compra la piel de la gente que está súper tatuada antes de que mueran y luego, cuando se mueren, le echa tijera. Es el pretexto para estudiar los tatuajes y la piel, y ahora es como si tuviera una colección de chamarras increíbles.

 

Creo que también a la gente le da mucho miedo la cuestión del tiempo. Es como un recordatorio de que te estás muriendo. Tu tatuaje está borroso, colgado, ya no baila tanto la hawaiana, tiene las chichis caídas. Por eso también es tan popular tatuarse calaveras. Es otro recordatorio de que todo es por un ratito. Está bien perder el miedo y aceptarlo. Sobre todo en la cultura occidental, que tiene esta obsesión por ser joven y estar saludable: la onda con la gente que se estira la cara y quiere verse joven es muy occidental, y el tatuaje es un recordatorio de que, por más que te estires, te vas a morir; que aunque por fuera te veas bien, por dentro estás bien arrugado y podrido. Me gusta que el tatuaje te recuerde eso.

 

Lo del arte que se vuelve inmortal, quién sabe qué tanto. La noción de tiempo del humano es muy relativa. Inmortales, los fósiles. Los cuadros en otros 5 mil años se van a perder. De la Mona Lisa sólo va a haber postales. O eso espero. Aunque las pinturas en las cuevas ya llevan un chingo de tiempo. Y es medio azaroso todo, porque quién sabe cuántos miles de cuevas había pintadas que ya se destruyeron. Lo raro es quién decide qué se va a preservar, qué tiene valor. Nunca me ha preocupado mucho eso. Es la razón por la que no uso materiales de tan buena calidad. De hecho, algunas de las cosas que he dibujado han ido desapareciendo. Muchos de los dibujos en revistas, por ejemplo, porque las revistas están impresas en papel súper chafa, y la acuarela es lo que más rápido desaparece. Hace como 10 años que hice una exposición en el IACA de Boston, prestaron una pieza del MoMA y ya estaba toda borrada, la tuve que repasar un poquito. Creo que mi obra desaparecerá rápido.

 

GJ: Nunca sabes, igual alguien la preserva obsesivamente, como en la película del asesino en serie coleccionista de arte, que persigue a un bato para quedarse con su piel tatuada.

 

DL: Sí, él justo buscaba un Doctor Lakra [risas]. O como los nazis que le quitaban las pieles a los gitanos tatuados para hacerlas arte.

 

Por allí está ese güey de la edad de bronce que se cayó en unos glaciares en los Alpes y allí quedó, y tenía un chingo de tatuajes. Está bien cagado cómo van elucubrando las ciencias y se dan cuenta de que los tatuajes eran medicinales, porque en todos los puntos que tiene artritis tiene tatuajes; entonces deducen que los tatuajes tenían una función curativa. Eso está cagado.

 

GJ: Y justo ésa es otra forma de medir el tiempo, a través de los tatuajes: empezaron siendo marcas y mapas de visiones que cuentan esas historias de otra realidad.

 

Es el antepasado de las artes, igual que las pinturas en las cuevas. Y el tatuaje pasa de ser una forma medicinal o de contar algo, a ser algo criminal en el mundo occidental. Algo que estuvo prohibido en algunas partes hasta los años 80.

 

DL: El tatuaje se da en muchas partes al mismo tiempo, y quiere decir cosas diferentes en distintos lugares. En Occidente, todas esas prohibiciones vienen de un güey italiano que se llamaba Cesare Lombroso, un detective, criminólogo, científico importantísimo. Fue quien inventó todo ese pedo de hacer siluetas blancas alrededor del cuerpo, o marcar las balas y tratar de ver la trayectoria de donde vino el disparo. Estudiaba frenología y decía que, si tenías la cabeza de cierta forma, tenías tendencia a ser violador, o si tenías tatuajes, tenías tendencias criminales. Tenía muchos fans en el mundo, y uno por aquí en México. El único libro que hay en México, como de mil ochocientos y tantos, es de un doctor de Puebla, Martínez Baca, a él y a todas esas gentes les gustaba quitar los tatuajes: “si les quitamos los tatuajes, la gente va a cambiar”, pensaban. Y entonces tenían su colección de estampitas.

 

GJ: Por otro lado, el tatuaje también tiene algo muy privado y que se expone. Conviven allí intimidad y exhibicionismo, ¿no?

 

DL: El tatuaje existe de muchas formas en muchas culturas. Ahí hay distintas caras del tatuaje. Como el tatuaje tribal que tiene que ver con pertenecer a una sociedad, ser parte de un clan, de un grupo, donde todos tienen los mismos tatuajes que tienen un simbolismo específico. Y no hay muchos estilos, así como que de repente alguien se haga algo súper loco, pues no. Eso es algo más occidental, la percepción del tatuaje como algo individual que eliges y que te hace único. En Japón, en Borneo, en las Islas Marianas, te tatúas para dejar de ser un individuo y pertenecer a un grupo. En muchos casos, la gente ni escoge el tatuaje. Algo así como “éste es para todos los adolescentes”, y “éste es para todos los güeyes que fueron más allá del río”. Y qué significa eso: que ya fuiste más allá.

 

GJ: Tú chambeaste en Japón y en Filipinas, ¿no?

DL: Hice un viaje a Asia que me marcó mucho. Me fui a una convención de tatuadores en Tijuana y acabé en las montañas de Filipinas.

 

GJ: [risas] No pues ora sí que… ¡qué viaje!

 

DL: Sí, fue del 99 al 2000, pasé tres años nuevos allá: el cristiano, el chino y el hindú. Estuve un ratote: en Filipinas, Japón, Tailandia, Hong Kong. Fui sin saber mucho. No hice investigación ni nada. Las personas con las que viví en San Francisco me dijeron, “fuimos a Filipinas y te va a encantar”. Y me lancé sin conocer a nadie. Acabé en las montañas buscando una momia tatuada. Ves el mapa y dices: “ah, sí, seguro está súper cerca”, pero es como si ves el mapa de la ciudad de Oaxaca y Puerto Escondido, parece cerca, pero no mames. Así tal cual, ocho horas y varios camiones. Cuando por fin llegué al pueblito donde estaba la momia, el museo estaba cerrado. Me dijeron: “Uy, no abrimos hasta el próximo lunes”. Entonces me quedé en ese pueblito donde no había nada más que momias, y había una tatuada.

 

 

GJ: ¿Y todavía existe ahí la costumbre de tatuar?

 

DL: En ese pueblo no tanto, pero cerca sí. Son lugares muy, muy remotos, y el cristianismo no pegó con tanto punch. Son gente muy agresiva, eran cazadores de cabezas, entonces eran los “salvajes tatuados” y los españoles se quedaron más afuera en la costa, donde había oro. No entraron hasta allí. Pero donde están los kalingas, todavía encontré un montón de viejitas tatuadas.

 

GJ: ¿Entonces son las mujeres las que están tatuadas?

 

DL: Sí, encontré algunos hombres mayores, pero ellos mueren más rápido por su estilo de vida.

 

GJ: Tu conexión con el tatuaje viene desde algo más visual. Yo me conecto más bien desde el aspecto textual del tatuaje.

 

DL: ¿Como de escribir textos?

 

GJ: No, no de escribir cosas necesariamente, sino de leer los tatuajes como un texto: qué cuenta tu piel, qué cuenta tu cuerpo. No sé si eso te viaje también.

 

DL: Me viaja el rollo de cómo poder leer los tatuajes. Qué significan. Cuando alguien ve la foto de un cholo todo tatuado, dice: “ah, mira, es un cholo”, pero si te pones a verlo, sabes que es de tal zona, pertenece a tal pandilla, puedes leer a distintas profundidades. Lo mismo pasa con los tatuajes rusos, los japoneses. Me clavo allí investigando los simbolismos, qué significan.

 

GJ: Los tribales también, como decías.

 

DL: Sí, aunque ya había visto cómo se veían los tatuajes, fue hasta que fui allí que supe qué significan. Te explican: “éste es de una barda de piedra que separa los campos de arroz, y éstos son los ciempiés que están entre los corrales, y son un animal sagrado; éstos son los tallos de arroz que vamos sembrando; ésta es el agua”. Es la historia de su vida cotidiana.

 

GJ: Claro, antes los veías más abstractos, y ahora te das cuenta de que esas líneas son una barda, otras un ciempiés. De cierta forma, allí está tu doctorado: en antropología visual del tatuaje… [risas]

 

DL: [risas] Exacto. Cuando empecé a tatuar, como en el 89 o 90, no había mucha información, tenías que excavar un poco más profundo, y caí en toda esta información. Libros de antropología, había tres de tatuaje moderno, la onda más biker y eso. Y en bibliotecas empecé a encontrar ondas más antropológicas, y me empecé a clavar mucho. Se me hizo más interesante que la onda biker.

 

GJ: ¿Y qué fue lo primero que tatuaste?

 

DL: Un Posada.

 

GJ: ¿A ti mismo?

 

DL: No, a una compa. También tatuaba cosas prehispánicas. En esa época había esa tendencia muy mexicanista, como de Botellita de Jerez. Una reivindicación medio chicana. La gente se tatuaba mucho Posadas y códices, y eso fue lo primero que empecé a tatuar. También monstruitos como los dibujos que siempre he hecho, diablitos o serpientes.

 

GJ: El tatuaje tiene estos distintos mundos en los que vive.

 

DL: Sí, muchos lenguajes.

 

GJ: En la obra que expusiste haces lo mismo, ¿no? Tomas diferentes lenguajes y los mezclas. Hay mucho sentido del humor. El contraste de los elementos hace que nos hagan reír, como, por ejemplo, el monje que está meditando y se le aparece una verga.

 

DL: O el que está meditando y lo distrae un piojo. Mi obra siempre es sin título, y en este caso sí le pensé un título a la exposición. Algo así como “Los cinco obstáculos más comunes al meditar”. Es esta cosa de que siempre pasa algo, o al menos en mi caso, que estás meditando y te pones a pensar en otra cosa. La incapacidad de llegar a la iluminación. Algo así como “ya iba a llegar” y de pronto, ¡pinches piojos…!

 

GJ: Y estos dibujos tienen el contraste de varios registros: las referencias a las pinturas japonesas tradicionales y grotescas del siglo XVII que tienen cabezas flotando, o vaginas gigantes, y de esos momentitos completamente absurdos.

 

DL: Es este acento que tienen los cuadros japoneses PALABRA. Como un dibujo con el samurái peleando súper épico, y de repente te das cuenta de que en la vaina de la espada tiene una cosa cagadísima: unos güeyes cogiendo. Normalmente es algo de risa en una escena súper solemne. En esta nueva serie son casi puros momentos de esos. Y también tiene que ver con la práctica zen, que es muy meditativa.

GJ: Hablando de eso, te iba a preguntar de tu ritual del dibujo, más allá del tatuaje como ritual.

 

DL: Cualquier cosa puede ser un ritual, se puede volver sagrada. Y en este caso, estoy tratando de hablar en un idioma que tiene que ver con el zen, con cómo agarras el pincel, los trazos y demás. Tienes que estar súper concentrado. Parece muy simple, pero es tan simple que es súper complicado. Como hacer un círculo. Tienes que hacerlo mil veces. Está muy cagado porque es algo que tuve que repetir: hice muchísimos bocetos. Igual en estos mismos, lo sigo viendo mal pronunciado todo. Es como un lenguaje con un chingo de acento. Como si yo quisiera hablar japonés.

 

GJ: Me gusta eso: son pinturas japonesas con tu acento mexicano… ¿Entonces hay mucho tiempo detrás de cada una?

 

DL: Sí y hay muchas historias que se conectan con la ilustración. Hay momentos que se han repetido. Que son personajes y momentos clásicos de la ilustración, como el niño con el pescado.

 

“El rock me llevó al Chopo, a las drogas y al exceso y eso me llevó al tatuaje.”

 

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