Animales Nocturnos: San Luis Club

El Voyerista, 1:00 a.m.

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texto Emmanuel Sandoval
fotografía Daniel Patlán

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Todo comienza con ella. Con una luz desconcertante, un mareo incontenible, recuerdos breves y momentos fugaces que se vinculan a sensaciones de otros labios, de otros cuerpos.

 

Todo empieza encontrándonos en el mismo nódulo de una causalidad infinita. Esa en la que dos cuerpos se vuelven uno en la pista de baile, en el rincón de un baño, en la falsa intimidad que se logra por debajo de una mesa o detrás de un muro. Todo empieza con la solemnidad del vértigo, con el ardor y las punzadas en la boca del estómago, en el aire saturado de calor humano.

 

Todo empieza al final de la noche, cuando nos hemos entregado a lo más profundo de nuestras pasiones y deseos. Al salir de ese bar. Desconcertado, perdido. Glorificando lo que fueron las últimas cuatro horas de la noche. Esperando a ser lo que éramos antes de eso.

 

San Luis Club

 

Ahí estábamos solos los tres. Tú, ella y yo. Profundamente sumergidos en mirarnos. Ella inclinó lentamente su beso sobre ti y el mundo o lo que sea que la rodeaba se hizo cóncavo. Para ustedes el mundo se había reducido a esa pequeña mesa en la que tenían refrescos, ron y una cajetilla de cigarrillos que de vez en vez salían a fumar a la calle. Yo esperaba pacientemente su regreso para seguir observándolos, para documentar en mi memoria infinita esta breve historia de una noche. Como las múltiples historias que me encanta observar. No es que sea voyerista, pero ahí estoy y no me queda más remedio que hacerlo.

San Luis Club

Los besos fluían y los segundos también. La banda seguía tocando esos éxitos de cumbia que los jóvenes bailan sin parar, que los adultos disfrutan como hace años lo hacían, cuando yo observaba a otro tipo de concurrencia. Cuando los candiles iluminaban los rostros coloreteados de las más hermosas mujeres de la noche que ahí acudían para curar la soledad de los hombres. Volvías a besar su cuello mientras caía la noche. Tu mirada no podía esconder tu lujuria. Sus ojos, apagados, no lograban ocultar la tristeza, la ensoñación de tiempos que parecían habérsele esfumado de las manos.

 

De súbito ella se levanta. Quiere bailar para hacer más llevadera la noche. Ya lo han acordado, se irán juntos cuando el mesero les diga que es la última llamada. Entenderás que es el llamado final para una copa más, esa copa más que sí pedirás. Ella desearía correr y escaparse.

Ya lo he visto noche tras noche, desde la primera que llegó aquí y caí enamorado de sus curvas y su talento en la pista. Tú, tú nunca me has agradado. Siento tu aliento a cigarrillos y ron barato, de ese que tanto te gusta. Cuando me observas fijamente para acomodarte el poco cabello que te queda, te desprecio. Pero nada puedo hacer. Cada noche, al terminar la noche, las luces se apagan y me quedo ciego. No veo más. Al día siguiente, cuando las luces rojas del club recobran vida, vuelvo a ser testigo de otras historias y las sigo acumulando detrás de estas eternas paredes de espejos.

 

Cada viernes una historia nueva sobre los recintos de la noche.


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