Etéreo: El paraíso prometido

Otra forma de vivir la Riviera Maya

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texto Danaé Salazar
fotografía Fabiola Zamora

No hubo manera, apenas dos noches y tres días, que alcanzaran para acabar de disfrutar Etéreo. Y eso que lo hicimos casi todo —a lo mejor faltaron horas de sol—. El intento fue el de alargar el tiempo, para tratar de saborear todos y cada uno de los encantos de este nuevo hotel en la Riviera Maya.

 

Para nuestra sorpresa, Etéreo fue mucho más de lo que esperábamos. El recinto pone en todo lo alto los pilares de hospitalidad dentro de un espacio divino —de divinidad, aclaro—, pues se yergue sobre un manglar y dentro de sus 72 habitaciones, dos restaurantes, dos albercas, el spa y la playa, el huésped se distribuye de forma que te sientes holgado, sin demasiada cercanía con nadie, para poder disfrutar de la intimidad en cada uno de sus espacios. Y es que los rincones en Etéreo llaman a ser descubiertos: una red al vacío en medio del manglar para tirarse a contemplar; una sala hundida en los ojos de agua para vivir la fogata y tomar un trago; toparse con Chu Chu, su puesto de café rodante —tan reconfortante como la primera luz del sol por la mañana—; o sus dos albercas, Vivo y Tranquilo, escondidas entre la vegetación y con espacios para tirarse, chapotear, esconderse, nadar, tú decides…

 

Etéreo tiene tres restaurantes: Itzam es la celebración de la cocina mexicana contemporánea y el centro de la experiencia gastronómica del hotel. A Cheche le llaman cocina Japex, una mezcla de las gastronomías japonesa y mexicana; suena raro pero aciertan, es el lugar para comer de un modo más informal. Y Changarro, en la playa, con un menú que representa la simpleza y el sabor de una vida de mar, relajada y casual.

 

Uno de los espacios más disfrutables y recomendables en Etéreo es SANA, su spa. En mayúsculas y a toda honra, el año pasado recibió el World Spa Awards —el premio al mejor retiro de bienestar de México— y para constatar este hecho, hay que vivirlo. Nuestra aventura fue la de pasar casi 4 horas inmersas en SANA, un recorrido extenso que trata de masajes, albercas y jacuzzis con distintas temperaturas e hidromasajes, ceremonias de vapor, sauna y sonido. La experiencia es redonda y sinónimo de desconexión. SANA me recuerda a los hammam turcos y a los baños de Hungría, para ellos la referencia más precisa acerca de esta experiencia es la de sumergirte en un cenote moderno.

Dentro de las actividades extracurriculares, por llamarlas de algún modo, hay tres imperdibles: la cata de vinos mexicanos, llevada de la mano por un conocedor que te acerca a vinos y regiones en el territorio mexicano, creadores de vinos deliciosos, inverosímiles. La cata de tequilas, que la recomiendo para los amantes del líquido de agave, pues se necesita del paladar y la resistencia a esta bebida tradicional. Y las actividades acuáticas: la nuestra consistió en ir en kayak hacia el ojo de un cenote que se encuentra a unos metros de la playa —digamos que es un gran hueco en la arena bajo el mar, al cual se puede ver y descender un poco con snorkel—, el regreso es nadando y las sorpresas no dejan de aparecer: mantarrayas, estrellas de mar y peces.

 

Habiendo una oferta tan amplia y saturada de hospedaje en la Riviera Maya, parece difícil sobresalir. La tierra prometida de los Mayas se ha convertido en un gancho que atrae a un número importantísimo de turistas, nacionales y extranjeros, pero lo que es un hecho es que nadie lo hace como Etéreo.

 

Más información en  es.aubergeresorts.com/etereo/

 


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