Fadanelli

0312
texto Rodrigo Márquez Tizano
fotografía Ana Hop

¿Qué es la insolencia? ¿Una actitud, un gesto o un concepto? ¿Se trata de un atrevimiento propio de la juventud o una marca que se resiste a desaparecer con los años? ¿Pertenece a otra época o aún hoy prevalece su espíritu? ¿Puede fingirse o, por el contrario, posee cierta autenticidad implícita e ineludible? ¿Cuál es su sitio en la literatura y en la vida? Alrededor de estas y otras ideas sobre la insolencia y sus distintas acepciones, 192 recoge esta charla entre los escritores Guillermo Fadanelli y Rodrigo Márquez Tizano.

 

 

Rodrigo Márquez Tizano (RMT): Me viene a la mente un poema de Las flores del mal de Baudelaire, “A ella que es muy alegre”, donde casi en tono de burla habla sobre la “insolencia de la naturaleza” y esa visión romántica que la mira avanzar de manera cruel e indiferente sobre las cosas y personas que más queremos. Es decir, la hace humana y, como tal, finita. Esto me lleva a pensar en la “vida” de la insolencia. ¿Es un gesto con fecha de caducidad o un sino permanente, ajeno a los años transcurridos? ¿Desaparece con la juventud? ¿Será que conforme el tiempo pasa para un escritor, resulta inevitable que esta insolencia devenga en prudencia o peor, se trastoque en aquello que ha estado rodeando, el miedo, por ejemplo?

 

Guillermo Fadanelli (GF): Creo que la insolencia no es un concepto o una actitud que camine en un solo sentido. El insolente puede ser un joven deseoso de hacerse un lugar en la sociedad, en las artes o la literatura a partir de un gesto, una baladronada o una postura de novedad, arrogancia y supuesta eternidad. O puede ser insolente también un viejo, debido sólo a su temperamento, necedad, o porque le es imposible evitarlo cuando se encuentra en determinada situación: sea ante la sonrisa del tirano o del canalla, o frente a la hipocresía de un criminal de cualquier clase. La insolencia lastima las tradiciones que se suponen sólidas, pero también es una máscara con la que el escritor —o cualquier persona— oculta el temor de vivir en desventaja. Por supuesto me refiero a quien posee conciencia de su ser insolente y utiliza este carácter para sobrevivir o expresarse. Un escritor insolente puede cultivar la prudencia en sociedad —ser un hipócrita, en el mejor de los sentidos— y dejar que sus obras, como sicarios, realicen el trabajo esencial: herir las formas estéticas que se han convertido en canon. Y también alguien es capaz de ser insolente sin saberlo, ni tener conciencia de ello. Su sola presencia lastima a otros.

 

RMT: A propósito de este idea del propio conocimiento y la memoria insolente, apenas terminé de leer tu última obra publicada, Fandelli, y es una de las voces que más me gusta dentro de tu obra, de tu narrativa. Te lo dije desde que leí una pequeña parte hace ya un tiempo. No es que sea distinta a las otras, sino que propone un registro interior sin restricciones, lacerante pero alejado de la autoconmiseración, lo que me lleva a pensar irremediablemente en Thomas Bernhard, cultor de una sola y extensa voz a lo largo de su obra pero con tantísimos matices. Fandelli es una novela dura y triste, con vértigo pero anclada, irremediablemente, en la construcción y reconstrucción de los pasados varios que nos componen. Parece decir que somos todo lo que hemos sido pero también lo que no: lo que pudimos ser y, peor aún, lo que creemos que nos estaba destinado ser.

 

GF: Creo que fue un acto de liberación, un impulso vital convertido en palabras y arrebato biográfico. Estoy consciente, como lo escribió alguna vez Bashevis Singer, de que la autobiografía real de un escritor son sus obras. La autobiografía en sentido estricto —narrar hechos del pasado tal como sucedieron— no es posible porque no puedes transmitir lo que eres o has sido sin que algo se pierda en el camino o se transforme en la memoria, de allí que la soledad sea la que funda en realidad al individuo, escritor o no. En Fandelli —que tú leíste en su primera parte y me alentaste a continuar la historia— fui un espectador y cómplice de mis obsesiones, fracasos y de mi memoria atribulada. Ya no estoy para cuentos, así que lancé un golpe con furia y luego me percaté de las consecuencias. Fue un acto de libertad y vitalidad.

 

 

RMT: Así lo entiendo: no se trata de un arrebato de insolencia del escritor maduro ni una loa a la juventud perdida, sino, creo, una mirada coral de todos los yoes que fuiste dejando atrás, un grito de lástima y rabia por todos esos caídos, por esa piel que fuimos dejando. Eso es insolente, rebelarse ante el tiempo, y la única vía posible para hacer eso es la literatura. ¿Cómo viviste la escritura de una pieza breve pero extensísima en tiempo literario?

 

GF: No hay escritores viejos, pero sí estilos u obras redundantes o incapaces de conmover en ningún sentido. La única decisión más o menos acertada que he tomado en mi vida fue la de ser escritor, pues el oficio se asienta con el tiempo y la habilidad puede progresar. Todos los futbolistas se retiran, los escritores casi no (en algunos casos debería, por justicia divina, ser al contrario). Como escritor tienes tiempo suficiente para que todos esos yoes que te forman logren gritar, maldecir, o callarse. Y lo contrario es posible también: arraigarte a una obsesión, perder reflejos, aceptar el aplauso, vegetar mediante la escritura. Cuando leo Altazor, de Huidobro, o Berlin Alexander Platz de Alfred Döblin, encuentro, tanto en el poema como en la novela, un ejemplo de lo que es la simultaneidad de las voces, la locura que implica ser fragmentado y siempre incompleto. Una experiencia parecida tuve al leer La Tierra Baldía de T.S. Elliot hace muchos años.

 

RMT: Justo fue Elliot quien dijo aquello de “El poeta inmaduro, copia; el poeta maduro, roba”. Las vanguardias, que trabajaron desde esa trinchera, hoy son vistas no sólo como algo pasado de moda, sino casi como seña inequívoca de candidez, según cierta linealidad canónica. ¿Es la insolencia una manifestación violenta o al menos enérgica de la inocencia? ¿Se puede ser insolente sin tener el deseo de que todo arda?

 

GF: Sí, creo que las vanguardias son la normal consecuencia de concebir el tiempo históricamente y de manera lineal: un arte ensimismado en su propia historia y alcance. La tradición de la ruptura o la querella entre los antiguos y los modernos se resolvía con un ardid estético, militar y exhibicionista: la vanguardia. Lo que llamamos modernidad es sólo una puesta en escena histórica del espíritu romántico. A fin de cuentas, los movimientos de vanguardia llevaron al artista o a un grupo de ellos a inmolarse, a ser insolentes con el pasado o a decretar una guerra contra la tradición. El dadaísmo era insolente en esencia y esa postura representaba su fuerza: “Hay gente que explica porque hay gente que aprende. Supriman a ambos y sólo queda Dada”, escribió Tristan Tzara en su manifiesto dadaísta. Hoy la idea de vanguardia está deteriorada y ha dejado su lugar a la dispersión. En la literatura o en el arte nadie va a la vanguardia puesto que si un proyecto ha menguado o decaído es el que propone a la Historia como continuidad humanista, ética, estética, etc… El escritor y filósofo español Félix de Azúa escribió hace 40 años que el arte no había muerto, sino que había que matarlo todos los días. Y ello aún es una obligación de la actitud romántica. Isaiah Berlin, Argullol, Safranski han escrito sobre ello profundamente.

 

 

Encuentra la entrevista completa en nuestra edición Septiembre 2019- Febrero 2020 #Insolencia192.


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