Lukas Avendaño

El trabajo de Lukas Avendaño es tan especial como su historia de vida. Estamos hablando de una persona que pasó de tener que caminar durante horas para llegar a la escuela a viajar por el mundo para expresar un mensaje de justicia, diversidad y libertad de expresión por medio de las artes escénicas. Pero ¿cómo fue que un pequeño que creció en una comunidad indígena sin agua potable ni luz eléctrica entendió el proceso de metamorfosis más complicado y sorprendente de la naturaleza, que es a su vez tan castigado en nuestra sociedad? Nos encontramos con Lukas en el Centro Histórico de la CDMX para platicar un par de horas entre un vuelo de Berlín y su vuelta a Tehuantepec, Oaxaca, donde aún vive con su madre. Lukas, antropólogo y performancero, es el tercero de siete hijos, cinco nacidos varones y una nacida mujer, y un muxe, quien es posiblemente el miembro más reconocido de su comunidad: un hombre trans, binario no genérico, fluido y multidisciplinario.

 

Su piel de seda da paso a las raíces de un pelo negro azabache que cae libremente por sus hombros. Su cuerpo, fuerte como una escultura griega, pero delicado y suave, lleva en los omóplatos un par de alas tan luminosas y plenas como sus palabras. En cada uno de sus espectáculos, tal como lo hizo al crecer, Lukas deja de ser crisálida con el mismo valor con el que ha tenido que enfrentar el hecho de asumir roles femeninos en el cuerpo de un hombre en una sociedad que mucho sabe de juicio y poco de empatía. Aún hoy, con todo su talento, reconocimiento y su manera sumamente correcta y cultivada de expresarse con y sin palabras, Lukas sufre de la censura que acompaña el espíritu de nuestros tiempos: ataques en redes sociales (@muxe_lukas_avendano_muxes), la necesidad del otro por entender cómo un pequeño niño zapoteco se convirtió en una leptidóptera que vuela sin escuchar de fronteras o etiquetas, con una gracia única, y cargando la responsabilidad de representar a toda una comunidad poco entendida en cada rincón donde se le permite abrir las alas libremente. Una fortuna con la que desgraciadamente no cuentan todos y todas en este país; sin ir lejos, su propio hermano, Bruno, quien desapareció el 10 de mayo del año pasado, sin dejar rastros hasta el día de hoy. Ésta fue mi conversación con Lukas.

 

Daniela Valdez (DV): ¿Cuáles son tus raíces?

 

Lukas Avendaño (LA): Nací en Tehuantepec, Oaxaca. Vengo de una localidad muy pequeña del municipio en la que hoy hay 600 habitantes. Cuando era niño, hace 40 años, todos nos conocíamos. Las casas no tenían cerco, las tinajas de agua estaban afuera, en el patio, y si te daba sed, salías a tomar agua. No había agua potable, ni había que desinfectarla, no había luz eléctrica y el camino que nos llevaba al centro —que así le decimos a Tehuantepec— era de terracería. Era una localidad de campesinos dedicados al cultivo del maíz, calabaza, chile, flor y platanitos. Tehuantepec tiene una gran extensión dedicada al cultivo de árboles frutales y plataneros porque tiene uno de los únicos sistemas de riego por gravedad que tiene Oaxaca.

 

DV: ¿Pasaste todos tus años formativos en Tehuantepec?

 

LA: Sí, ahí estudié la primaria, la secundaria y la preparatoria. No fui al kínder porque no había en ese tiempo. Antes de la preparatoria ingresé al Consejo Nacional de Fomento Educativo (conafe), un programa nacional para llevar educación a las zonas marginadas del país; me enlisté como instructor comunitario y me mandaron a la sierra sur de Oaxaca. Caminaba por horas y horas para llegar a la comunidad, y eso me dio una beca para estudiar en una prepa particular marista que yo quería. Ahí todo era lindo: los compañeros, el uniforme… pero después de ese proceso en comunidad, comprendí que no era la mejor decisión para mí, y me inscribí en una preparatoria pública en Tehuantepec. Posteriormente me fui a estudiar Derecho a Oaxaca un año, y estando ahí me di cuenta de que no era lo que quería. Me fui después a Xalapa, Veracruz, con la idea de aprender Antropología, pero me encontré con la Facultad de Artes Escénicas, y mi vida dio un giro completamente diferente; tanto así que ahora me dedico a las artes de la escenificación y no a litigar. Sin embargo, por la situación que estamos pasando hoy, no sé si hubiera sido mejor que fuera abogado. Nunca lo vamos a saber.

 

DV: ¿Cómo es Tehuantepec hoy?

 

LA: Tehuantepec es una localidad que se aferra a tener una idea de sí misma en relación con su identidad, con su cultura y tradición. Tehuantepec es una ciudad que existe solamente en nuestras cabezas; me doy cuenta de eso porque generalmente los istmeños solemos exagerar su misticismo y romantizamos la región y nuestras localidades. Pareciera que Tehuantepec, ese istmo idílico, sólo existe en nuestras cabezas, que lo vivimos hace 30 años y ahora ha cambiado tan rápido que no nos hemos terminado de dar cuenta de cuál es la situación real.

 

DV: ¿Cómo fue crecer en el campo?

 

LA: Creo que lo que soy y lo que puedo llevar a la escena es precisamente por haberme nutrido en un contexto como el campo. Muchas de las cosas que aparecen en escena seguramente no pasarían si no fuera por una transmisión de memorias de esas imágenes; como cuando me mandaban con mi abuela materna a dormir. Esa imagen de que te sirviera café con galletas de animalito, que te sentaras en el suelo junto a un bote de Nescafé con petróleo y una mecha que al momento de ponerla en el suelo hacía que tu sombra se proyectará en el techo de la casa y parecía que tu cabeza y la de tu abuela se juntaban. Esa imagen de que te llevara a un altar en la penumbra a rezar antes de acostarte y después de pararte, todo eso hace que sea quien soy ahora y que trate los temas que trato y cómo lo hago, porque la manera en que los trato no se desvincula de estas memorias. Que te coja la noche en el campo y sólo caminar sin luz, más que con el prender y apagar de las chicharras, esperando ver en qué momento, bajo qué árbol ves a la Matlazihua [su padre decía que era una mujer que siempre esperaba a la gente a la que se le hacía noche en el campo, sobre todo hombres, los encantaba con frutas y los llevaba a la locura].

 

DV: ¿Qué significa ser muxe?

 

LA: Desde mi individualidad pienso que ser muxe significa tener una vida menos ortodoxa en relación con lo que se espera de ser mujer u hombre. Ser muxe te permite tener un gran espectro de posibilidades que pueden transitar entre lo masculino y lo femenino. Por ejemplo, si en algún momento un chico dice “quiero dejarme el cabello largo”, seguramente va a recibir la censura de los familiares, desde que le digan que parece marihuano, hasta que le digan que parece puto. En el caso del muxe, cuando decides dejarte el cabello largo, es parte de la naturaleza. Fui un tiempo animador de comunidades eclesiales de base juveniles, estaba muy intrincado con la religión católica, y cuando me creció el cabello, un seminarista me cuestionó. Le dije que la mayoría de las representaciones de Cristo eran con cabello largo y consideraba que en ese sentido mi decisión no era equivocada, por un lado. Por otro lado, que, si en realidad éramos creados a imagen y semejanza de Dios, y si Dios hubiera decidido que los hombres tuviéramos el cabello corto, seguramente en ese mismo ejercicio de creación hubiera decidido que no nos crecieran el cabello ni las uñas. Ésa fue una primera manera en la que empecé a plantearme, a pensarme y hacer valer mi decisión de lo que quería hacer de mí, conmigo y con los demás. Ésa es la posibilidad que te da ser muxe.

DV: ¿Esto es algo en lo que pensabas desde niño?

 

LA: Pues no me lo planteé como “esto me lo puedo permitir porque soy muxe”; solamente me preguntaba: «¿qué pasa si me pongo esto? Me gusta, me siento bien», y al no recibir censura en casa, nunca cuestioné si estaba en una práctica equivocada o estaba transgrediendo una norma. Eso me hizo crecer y desarrollarme con mucha libertad, lo que conlleva mucha responsabilidad.

 

DV: ¿A qué te refieres al hablar de responsabilidad?

 

LA: En la estructura de la familia en la que crecí, tuve muchas responsabilidades. Dentro de la estructura en el campo tenemos responsabilidades en la medida de nuestras capacidades. Si eres niño, puedes traer sólo una cubeta de agua, pero cuando ya puedes traer dos, te mandan por dos. Cuando puedes cuidar dos chivas sin que se pierdan, te ponen a cuidarlas. O cuando saben que pueden dejarte al cuidado de tu hermanito menor, que le vas a dar la mamila cuando llore, que no se va a caer, que lo puedes mecer en la hamaca, te van dejando esas responsabilidades, y en la medida en que las vas dominando, te adjudican otras. Al final de cuentas, creo que la familia en el contexto del campo te entrena para ser responsable y hacerte valer, y agradezco esa autosustentabilidad. Ése es el espectro que te ofrece ser muxe.

DV: ¿Ser muxe está ligado al rol de género y a la sexualidad?

 

LA: Es un concepto en el que la sociedad nos suele encasillar: los muxes y el istmo, los muxes y el paraíso de los homosexuales, una sociedad tolerante con la homosexualidad, una cultura “matriarcal”. Creo que la sexualidad es un agregado, así como la sexualidad entre los heteronormados. Uno no dice “la Ciudad de México tolerante con los heteronormados”, simplemente es obvio. Si una persona no asume una estética o un rol social o culturalmente aceptado pro masculino, cumple otras funciones. Creo que la sexualidad es solamente el coronamiento de una serie de roles que uno desempeña, de ahí que yo diga que ser muxe tiene que ver con una vocación de servicio a la colectividad, pero no es exclusivo de ser muxe, sino que es parte de la cultura; de ahí que exista ese término de guelaguetza: guenaliza’a, tequio común, echarse la mano, y ser muxe es parte de eso. Tiene que ver con ese rol que está desempeñando tu colectividad, cómo estás retribuyendo, y tu vocación de servicio correspondiendo con tu entrenamiento de ser autosuficiente y sostenible o con las responsabilidades que te toca desempeñar.

 

DV: ¿La muxeidad también acepta a las mujeres que desempeñan roles masculinos?

 

LA: Claro, pero el término está exclusivamente asignado para las personas nacidas biológicamente con aparato reproductor masculino, sin que descarte que pueda existir la posibilidad de la intersexualidad. Los roles masculinos no han cambiado mucho en los últimos 500 años, a diferencia de los femeninos en el contexto de México, que ha tenido una serie de desdoblamientos, como un origami: de repente es mariposa, de repente es perro, de repente es gato, de repente es árbol, de repente es flor y de repente es roca y es casa. Esa enunciación de muxe es para estas personas nacidas biológicamente con pene y testículos. Hay otro término correspondiente para las mujeres nacidas con aparato reproductores femeninos que deciden adoptar roles masculinos: gunaa nguiu. Gunaa es mujer y nguiu es hombre. Incluso existen parejas de gunaa nguiu, aunque no de muxes, como la maestra Chela, que es un personaje de mi infancia y que todos los días pasaba en su camioneta con pantalón y camisa, y a un lado su compañera. Como muxe uno se va permeando de prácticas que no ve con morbo, porque se naturaliza la relación.

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