Maya Goded

0805
texto Beatriz Díaz

retratos Paola Vivas

fotografía Maya Goded

estilismo Sophia Garduño

En sus inicios, su trabajo se centró en la fotografía documental a través de proyectos de largo aliento, desde los cuales abordó, con una mirada sensible y crítica, la violencia y las desigualdades sociales. En los últimos años, su práctica ha transitado hacia otras formas de expresión. Sin abandonar lo social, Goded ha ampliado su campo de acción hacia experiencias que cuestionan el lugar tradicional de la fotografía y proponen nuevas formas de relación entre el arte, la comunidad y el autoconocimiento. Los temas de su obra están relacionados con sus propias experiencias y con una búsqueda personal que la ayuda a entender su existencia, la sociedad que la rodea y el misterio de la vida.

 

Para mí, Maya es una de las voces más potentes de la fotografía; una artista que se ha convertido en referente para muchas creadoras de imagen. Pienso en ella como alguien que me enseñó a mirar el mundo de otra forma, que me acompañó sin saberlo mientras formaba mi propia sensibilidad. 

 

Llegué al estudio de Maya Goded en Coyoacán con esa mezcla extraña de nervios y gratitud que aparece cuando estás a punto de conocer a uno de tus ídolos, pero sin querer decirlo en voz alta. Entrar a su espacio de trabajo —tranquilo, sobrio y lleno de rastros de su obra— desarmó cualquier idea solemne que pudiera traer. A través de la ventana se veía el jardín, mientras que adentro los objetos parecían haber encontrado su lugar con una atención cuidadosa. 

 

Esta entrevista nació ahí, entre la calma del espacio y palabras que no necesitaban imponerse. Fue una conversación con alguien que ha hecho de la mirada un acto profundamente humano, con un compromiso personal admirable anclado en la conciencia social. En una plática fluida, casi como si estuviera escrita en un guión, me contó mucho más de lo que esperaba. Sus palabras se adelantaban una y otra vez a mis preguntas, como si estuviéramos conectadas.

 

 

blusa Adolfo Domínguez Primavera-Verano 2026 pantalón propiedad de Maya Goded

 

Beatriz Díaz (BD): El tema de este número de 192 es Ídolos. Quiero empezar por ahí. Cuéntanos, ¿quiénes son tus ídolos?

 

Maya Goded (MG): En la fotografía, han sido tres mujeres que me han marcado. Cuando era joven conviví mucho con Graciela Iturbide; de ella aprendí a jugar al fotografiar, y a entender que la foto es la música, es la lectura y es la vida misma. Después conocí a Sandra Eleta, de Panamá. Ella me enseñó a mirar la fotografía desde otra perspectiva y a entender que, al mismo tiempo, no es lo más importante. Es una mujer que fotografió en Portobelo, un pueblo afrodescendiente, y no sólo tomó imágenes, sino que también impulsó un cambio. Sandra no se limitó a fotografiar: llevó músicos y tambores de África para que los jóvenes aprendieran a tocarlos, los apoyó para que pintaran y se quedó a vivir allí. Para mí, más allá de hacer fotos, fue descubrir cómo puedes involucrarte en una comunidad y transformarte junto con ella. Además, cuando habla de la vida es una bruja sabia; ahí me conquistó. 

 

Y luego, cuando era joven, el trabajo de Claudia Andujar me cautivó. Es una fotógrafa brasileñoeuropea, y conocer su obra fue importante por lo moderna que era. Utilizaba películas infrarrojas y experimentaba proyectando las imágenes para luego volver a fotografiarlas. Pero, además de esa búsqueda formal, vivió profundamente la vida del pueblo —el yopo— y sus costumbres hasta poder fotografiarlos desde dentro. Todo eso se refleja en la manera en que expone sus fotos, acompañándolas con los dibujos de la comunidad.

 

Por otro lado, tengo muy buenas amigas y siempre he estado rodeada de mujeres sabias. Cada vez más, siento que la energía de la gente es muy importante. Hay que saber cómo cuidarla, limpiarla, darle atención. Es una práctica diaria de observarse y aprender cómo usarla para relacionarnos.

 

¿Quién más? Claudia Serratos, una terapeuta corporal que me acompañó en mi último trabajo. Con ella he podido entender que te puedes sanar desde la energía. Claudia reconoció mi necesidad de indagar, profundizar interiormente y meterme en lugares complicados como una forma de reconocer mi camino: mi búsqueda de sanarme. Me enseñó a sentir la energía y a dar el paso para empezar el camino en el que estoy ahora también en la sanación, seguir trabajando con grupos de personas, pero desde un acompañamiento de autoconocerse. Escribió un texto en mi libro El rastro de la serpiente… es mi maestra en este camino. 

 

También un gran aprendizaje fue acompañar a mi mamá en su vejez. Me enseñó que se pueden formar amistades hasta el último día de nuestra vida, siempre ser curiosa, de querer aprender, de conversar con amenidad, y ver cómo ella se dio la oportunidad, al final de su vida, de sanar muchos dolores. De este tema estoy escribiendo ahora un argumento con una amiga que se llama Olivia, y lo va a dirigir mi pareja, Daniel Giménez Cacho. Tiene que ver con esta idea de la sanación al final de la vida y de cómo se atraviesa el envejecimiento. Hay dos caminos: o te vuelves una persona amarga, siempre anclada en el pasado, o sigues siendo curiosa y te das la oportunidad de atravesar lo que quizá antes no pudiste resolver.

 

 

Además de admirar a ciertas personas reconoces los valores desde los cuales está creada su obra. Por ejemplo, en tu trabajo aprecio la tenacidad con la que cuentas las historias de quienes suelen permanecer en los márgenes.

BD: ¿Qué te lleva, una y otra vez, a regresar a esos espacios y a esas personas que el resto prefiere no mirar? 

 

MG: Antes hacía fotos para demostrar lo que estaba pasando. Mi papá estaba muy involucrado en cuestiones sociales —era todo lo que escuchaba de chica—, y así se fue formando mi manera de pensar: quería fotografiarlo, hacerlo visible. Después me preguntaba: “¿será verdad? ¿Será mentira?”. A veces sentía que me inventaba lo que escuchaba en mi casa, dudaba de si era cierto, y entonces me escondía para poder oír más. Con la cámara salía a investigar, a ver qué era realmente lo que estaba pasando. Hoy ya no busco tanto utilizar la foto para denunciar, sino vivir una experiencia: ir, fotografiar y preguntarme cuál fue mi sentir al tomar a ciertas personas o ciertos lugares. Me interesa abrir preguntas, cuestionar con mi trabajo, no demostrar ni denunciar. Siento que el mundo tiene que cuestionarnos, reinventarnos, es un profundo cambio el que todos estamos viviendo. 

 

Creo que la fotografía —y fotografiar al otro— es fundamental. Siempre pensé que fotografiar al otro es algo muy hermoso, porque la realidad es muchísimo más grande de lo que uno imagina. De repente llegas a lugares donde la vida te sacude, te da vuelta, y al final te preguntas: ¿y esto de dónde salió?.

 

Para mí, la fotografía siempre ha sido una confrontación con mis miedos, mis tabúes, mis propias situaciones. Es un proceso de autoconocimiento muy profundo y, al mismo tiempo, una forma de entender a la sociedad. Cada vez estoy más convencida de que primero hay que trabajarse a uno mismo —con sus fantasmas y sus dolores— para poder mirar la sociedad y contribuir en estos tiempos.

 

 

                                         Atacama, Chile, 2021 de la serie “El rastro de la serpiente”

 

 

BD: Pienso en tus trabajos más recientes y noto cómo te has desplazado entre la fotografía, el cine y el video, así como la instalación. ¿Podrías contarnos un poco sobre este recorrido entre los distintos medios visuales y las formas de narrar?

 

MG: La fotografía es muy solitaria. Cuando empecé a hacer fotos, era muy cuadrada: iba directo a lo que pensaba que tenía que fotografiar y nada más. Con el tiempo, mi forma de trabajar se fue ampliando cada vez más. Creo que la mirada tiene que abrirse para poder entender el contexto, la vida, al ser humano, todo. Mi trabajo más reciente no fue sólo un ensayo fotográfico, sino la posibilidad de reunir ese cambio de mirada que he ido formando a lo largo de los años. Así terminé haciendo una videoinstalación y un libro. Siempre he querido cambiar, no repetirme. Estoy constantemente buscando algo nuevo: primero hice fotografía, luego cine, después me interesé por la videoinstalación y más tarde por los libros. Sigo tomando fotos, pero desde otro lugar. Lo que hoy me interesa es volver a ese mundo que he fotografiado durante años, pero trabajarlo desde otro tipo de conexión con la gente: en círculos de mujeres, en grupos donde hay violencia o racismo, incluso para poder hablar sin la foto. Sigo en lo mismo, pero buscando distintas formas. Por ejemplo, estoy armando unos talleres de observación de la luna junto con otra artista, Ale de la Puente, y creando una experiencia más amplia que incluye meditaciones con Nirvana Paz.

 

La narrativa se abre y me hace volver, porque creo que cada vez que trabajas un tema, ese tema te conduce a otro. Es como un árbol: comienza con una base, de ahí sale una rama, luego otra, luego otra más pequeña, y así vas entendiendo que todo está conectado. En realidad, siento que todos mis temas y todas mis fotos han ido ligándose entre sí con el paso del tiempo. Cuando miro el recorrido completo, veo que todo responde a mi intensa búsqueda. Hoy sigo usando la fotografía, aunque he hecho una pausa, porque me he sumergido mucho en el estudio de los procesos de sanación. He estudiado chamanismo, brujería —son temas que me fascinan— y últimamente he estado más enfocada en la meditación, el movimiento corporal, la Gestalt y otras prácticas.

 

BD: A partir de esto que mencionas sobre tu carrera, esta idea del árbol y de cómo una rama te lleva a otra, ¿Crees que, de alguna manera, las historias también te han encontrado a ti? Es decir, que no sólo son algo que buscas, sino que los temas te eligen.

 

MG: ¡Qué chistoso que me hagas esa pregunta! Justamente en el libro hay un texto que habla de eso. Siento que antes iba por la foto como si fuera un esfuerzo constante. Siempre he sido así: dar cinco pasos hacia adelante. Soy capricornio —en ese sentido, muy fuerte— y aries, así que tengo ese impulso de ir con todo. Si hay que subir la montaña, la subo; si hay que cruzar el desierto, lo cruzo; si tengo que conocer a ciertas personas para llegar a lo que tengo que hacer, lo hago.

 

Todo eso implica un desgaste enorme, pero así soy. Además, desde chica he sido una sobreviviente, siempre con esta actitud de “vamos para adelante”, teniendo a la mano el plan A, B y C. Pero con todos los cambios que he vivido, y especialmente en mi último proyecto, entendí que había que bajarle al ritmo. A medida que trabajo más conmigo misma, estoy aprendiendo a parar y a dejar que la vida me diga las cosas, a escuchar la información que viene desde mis propias experiencias. Cuando estás en un proyecto y crees tener todo muy claro, no te permites empaparte ni crecer con la vida, con el cosmos, con las energías ni contigo misma. Pero con todos los cambios que he vivido, y especialmente en mi último proyecto, entendí que había que bajarle al ritmo. A medida que trabajo más conmigo misma, estoy aprendiendo a parar y a dejar que la vida me diga las cosas, a escuchar la información que viene desde mis propias experiencias. Cuando estás en un proyecto y crees tener todo muy claro, no te permites empaparte ni crecer con la vida, con el cosmos, con las energías ni contigo misma.

 

El libro que acabo de publicar, El rastro de la serpiente, es una búsqueda en ese sentido. Es un trabajo que empecé alrededor de 2019 y en el que llevo muchos años. Es una investigación desde el deseo profundo de reconectar con la tierra. En ese camino conocí a mujeres que tienen una relación profunda con ella. Mujeres que actúan como intermediarias: desde lo energético hasta quienes luchan contra francotiradores que quieren despojarlas de su territorio, o mujeres que trabajan en las minas. Todo tipo de mujeres. Donde más aprendí fue con una mujer intermediaria entre la tierra y el ser humano que se llama Sonia, en el desierto de Chile, que me dijo: “No puedes hacer este trabajo si no entiendes la fuerza de las energías de la tierra. Quita la cámara, escucha, baja el ritmo y escucha”. Siempre creí que sabía escuchar, pero no me había dado cuenta de esto. Desde entonces trato de dejar que la vida me hable en muchísimos sentidos.

 

En mi trayectoria he perdido fotos; mis mejores han desaparecido. Y en este último trabajo también. Me encontré con unas monjas y pensé: sería increíble ver a estas mujeres evangelizando en el desierto… y ¡me las encontré! Las fotografié: eran pura luz, como si vinieran del siglo II. Me fascinaron. Parecían esas pinturas donde entra la luz divina: una imagen perfecta, casi un orgasmo visual, de esos que dices “no inventes, esto es demasiado”.Pero luego las perdí. Me fui a una de las zonas con más minerales y Sonia me dijo: “No fotografíes, siente la tierra, porque aquí hay energías muy fuertes”. Y yo fotografié. Había tanto litio, tantos minerales, que se corrompió todo el material y lo perdí todo. No se pudo rescatar nada. Me habían advertido y no lo entendí. Me dijeron: “bájale, siente la energía que tienes alrededor”, y terminé enredada en algo muy oscuro. Unos meses después regresé y la busqué, porque pensaba: “No puede ser que haya perdido todas mis fotos”. Le conté lo que pasó y me dijo: “Te traté de decir que había una energía muy fuerte ahí”. Este trabajo se volvió eso: escuchar, abrirme. Las fotos dejaron de importarme. Seguí perdiendo, pero también me fueron regaladas otras cosas. Fue una experiencia muy profunda.

 

La realidad me encanta. Las sincronías me parecen increíbles. Tienes que lanzarte, pero luego también perderte. Si no te pierdes, no encuentras nada. Para mí eso es la vida misma. En el arte, en la fotografía, llega un punto en el que tienes que perderte y soltar; eso es lo que te lleva a encontrar algo nuevo, a no quedarte estancado repitiendo lo mismo. Se trata de evolucionar, dejar que tu búsqueda te transforme. Al final eso es lo que todos queremos: acercarnos cada vez más a nuestra propia esencia y entender mejor nuestra conexión con el mundo.

 

 

San Luis Potosí, México, 2007. De la serieTierra Brujas”

 

BD: Tus primeras obras se caracterizan por una narrativa documental en la que predominan las personas como personajes; sin embargo, en tu último trabajo, El rastro de la serpiente, aparece una narrativa más lírica que, sin dejar de ser documental, incorpora recursos alegóricos y una presencia mucho más marcada de ti como personaje. ¿Cómo se dio ese desplazamiento narrativo?

 

[Maya Goded deja la entrevista brevemente y regresa con su libro. Señalando las páginas, me explica el proceso detrás de la obra.]

 

MG: El rastro de la serpiente es una reunión de voces y conversaciones con mujeres, poesía y ensayos que se combinan con fotografías que tomé y encontré en archivos históricos. Es muy importante cómo lo edité, es un libro con varios libros adentro para que se junten los relatos con las imágenes, tiene muchas formas de lectura. Por primera vez meto mi vida, porque es una búsqueda de mis raíces y mi historia familiar, que paralelamente voy contando con las experiencias de mujeres indígenas, mineras, curanderas y defensoras del territorio, quienes tienen una relación profunda con la tierra. Empiezo con mi abuela Rosa, la mamá de mi papá, y mi madre, quienes fueron unas maestras para mí en la vida. Las dos tuvieron, por situaciones de violencia, que dejar su país a los 19 años. Vivieron en épocas distintas, pero vinieron a México a reinventarse. Una de las curanderas en el viaje a Chile, me dijo: “Tú perdiste tu raíz, te la cortaron, por eso estás en una constante búsqueda, vas a ir encontrando tu raíz y tienes que regresar a tus orígenes”.

 

BD: Además de múltiples voces, estás rompiendo con la estructura clásica de un libro y estás aprovechando el formato para hacer narrativas no lineales.

 

MG: Sí, puedes leerlo de distintas maneras, porque hay tres cuadernillos que se entrelazan. Por ejemplo, por un lado, puedes leer el testimonio de una mujer de Chiapas, de aquellas a las que están matando por su tierra, y por el otro, relacionarlo con la historia de mi abuela. No tienes que empezar ni terminar el libro de una sola forma. Es un juego en el que ves todo: las voces de las mujeres, mi propia historia, los minerales, la tierra, la devastación y la avaricia del ser humano. Aparecen la minería —esa bestia que todo lo erosiona—, y el recorrido llega hasta la bomba atómica. Ves la tierra en el cuerpo de las mujeres, pero al mismo tiempo aparecen vestigios de la muerte y hasta la pérdida de nuestra alma.

 

BD: También nos estás mostrando que la fotografía se hace con todo el cuerpo, no sólo con los ojos y mucho menos con la cámara. ¿Piensas que es así? 

 

MG: ¿Mi cuerpo? Sí, creo que la obra se hace con el corazón, con el miedo, con las creencias, con miles de cosas. Cuando eres fotógrafo, lo peor que puedes hacer es limitarte a mirar fotografías y pensar que por ahí vas a aprenderlo todo.

 

BD: Para formarte como fotógrafo, mientras más te llenas y te alimentas a ti mismo y a tu espíritu —con la lectura, la música, la reflexión, el estudio o la vida misma; con el cariño y la compasión—, más alimentas la mirada. Entonces, la fotografía no se hace sólo con el cuerpo, sino con todo tu ser. Eso es lo que hay que nutrir para que tu mirada sea fuerte, tanto para fotografiar como para contar. Está impresionante el libro, el diseño es realmente sorprendente y original. ¿Cómo llegaste a él?

 

MG: Primero pensé en un libro convencional, pero con el tiempo se fue volviendo más complejo. Cuando empecé a desplegar las imágenes de mi vida, poco a poco, se fueron incorporando otros temas. La editora, Ángeles Alonso, propuso el diseño; a partir de ahí empecé a jugar con él y, de pronto, todo comenzó a fluir. Mi primer texto habla justamente de eso: de las narrativas y de cómo me perdí en ellas, hasta que dejó de importarme demostrar algo a través de la fotografía y comencé a experimentar. Creo que, conforme amplías la mirada, te das cuenta de que existen muchas narrativas. Entonces fui entendiendo que todo funcionaba muy bien y que lo que había registrado con la cámara, junto con lo que había encontrado en el camino, estaba profundamente relacionado. Ángeles lo propuso así, a partir de la videoinstalación, y claro, tenía que ver con lo que estoy pensando ahora: que la vida no es lineal, que es más compleja, hecha de miles de capas. Trabajé mucho con lo intangible, con aquello que no se puede fotografiar porque es una vivencia. A la diseñadora Cristina Paoli se le ocurrió, además, esta idea tan bonita de separar los textos, los cuadernillos, y diseñó una caja verdaderamente hermosa. Las letras son como una serpiente: las ves y no las ves. Así que, en realidad, fue una colaboración hermosísima.

 

BD: El libro, al desplegarse, se asemeja a una serpiente. Te permite moverlo; no tiene sólo dos lados, es, tal cual, una serpiente llena de vida ¿Cómo pasaste de la videoinstalación al libro? Porque es el mismo proyecto y son dos formas narrativas: ambas muy audaces y también muy vivenciales.

 

MG: No lo pensé como un paso de la videoinstalación al libro, sino como distintas formas de hacer dialogar todo lo que fotografié y con el material de archivo que reuní. Son dos problemas distintos que parten del mismo lugar: ¿cómo llevar todo esto a una videoinstalación inmersiva? ¿Cómo editar este mismo material para un libro? Son dos piezas de una misma investigación, la investigación de una vivencia, no el traslado de una cosa a la otra.

 

 

                                                   Calama, Chile 2022 de la serie: “El rastro de la serpiente”

 

BD: Al empezar El rastro de la serpiente, ¿tenías idea de que iba a resultar en esto? ¿Cómo empezó el proyecto y cómo te sientes con el resultado final?

 

MG: Sabía que no quería foto, foto, foto, ni tampoco hacer otro documental. Quería explorar. Tenía claro que iba a desembocar en algo diferente. Me atraía la idea de que fuera un libro, aunque no exactamente este libro. No tenía planeado incluir mi vida ni fotos de mi niñez, ni imágenes que me regalaron o que fui encontrando en el camino. La videoinstalación se convirtió en la forma de expresar que todo esto había sido una experiencia. Me adentré mucho en el estudio de las cuatro direcciones de la rueda medicinal. Necesitaba sistematizarlo todo y entonces apareció la pregunta de cómo sintetizar todo ese material. La idea principal de la videoinstalación es que funciona como la rueda medicinal: es un proceso de sanación, el ciclo de un año, un ciclo de lo que estamos viviendo. Y ahora, por ejemplo, tampoco tenía del todo claro qué libro haría o si sería una exposición.

 

BD: Entonces, ¿todavía no está cerrado este proyecto?

 

MG: No. Está surgiendo algo muy lindo en una nueva colaboración. Me propusieron hacer una exposición; estoy trabajando con Mike G. Counahan, que tiene un taller de heliograbado. Para la exposición, tengo ganas de intervenir fotografías, pintar, escribir, coser, usar cobre y volver a imágenes que tienen contaminación… utilizar el heliograbado como un espacio de experimentación junto con impresiones digitales. Se está armando una exposición distinta, algo que nunca he hecho.

 

BD: Tanto en las dos piezas anteriores como en esta exposición, has trabajado desde la colaboración. Es decir, en la videoinstalación —el sonido, la edición, la poesía— hay una colaboración muy evidente, pero al mismo tiempo eso te coloca en una posición de dirección, no sólo como fotógrafa.

 

MG: Sí, exacto. La videoinstalación la edité con Rafa Ortega, una colaboración hermosa. Fueron meses sentados juntos, puedo decir que con nadie he pasado tanto tiempo… bueno, no, no es cierto: pasé más tiempo con Valentina Leduc cuando hice la edición del documental Plaza de la Soledad. Con ella estuve un año y medio; con Rafa fueron seis meses. En la videoinstalación también colaboré con Lena Esquenazi, quien hizo el sonido, y en la producción con Ramiro Martínez Estrada en el Museo Amparo, y con Elena Navarro. Fue algo muy bonito, colaboraciones que quizá comenzaron desde que hice el documental. 

 

Cuando terminé mi documental Plaza de la Soledad, dije: “ya no puedo más con la violencia, necesito cambiar de dirección”. Al mismo tiempo descubrí en mí la necesidad de utilizar la imagen de diferente manera. Ahí empezó lo que he estado haciendo en estos últimos años. Ahora lo que más me interesa es trabajar con la gente desde otro lugar. Amo la fotografía documental, pero creo que estos son tiempos de entrar de otra forma, de conectar con las personas con las que quiero trabajar, no sólo a través de la cámara. Ya no es el mismo momento que cuando me enamoré de la fotografía documental, de las imágenes de Vietnam o de los gitanos de Koudelka, cuando se podían construir historias largas para revistas. Ahora hay que trabajar desde otro lugar, sobre todo con la cantidad de fotografía que existe.

 

BD: Pensando que actualmente hay muchos dispositivos, herramientas y formas de creación de imágenes, y simultáneamente tanta distancia e inmediatez, ¿cómo estás resistiendo este tiempo? ¿Cómo navegas esta época?

 

MG: No lo estoy pensando tanto desde la resistencia, ni en cómo voy a “aguantar” este tiempo, sino más bien siento que están ocurriendo cambios muy fuertes en mí. Me interesa seguir trabajando con temas sociales, pero desde otra perspectiva; no quiero seguir como lo he hecho antes. Cuando hice una exposición en Carolina del Norte, en el Mint Museum, con Jen Sudul Edwards —una curadora maravillosa que nos organizó la exposición a Graciela Iturbide y a mí— le dije: “Ok, tú haces esta exposición, pero lo que te pido es que al mismo tiempo quiero trabajar con comunidades marginadas, provocar conversaciones, círculos de mujeres para la sanación”.

 

Yo ya estaba en este cambio interior cuando ella vino a México. Me conoció y vio todo lo que estoy haciendo ahora. Le conté que quería buscar allá, y a partir de eso iniciamos un proyecto increíble con las mujeres cherokees y también trabajamos con la comunidad latina. Cada participante, al revisar su archivo fotográfico, construyó su propia narrativa; tomaron fotos con cámaras que les dimos, y con eso hicieron distintos libros y narrativas para sus hijos y para sus vidas. Las adolescentes se escribieron cartas para leer dentro de 10 años, narraron el momento que están viviendo —que es muy difícil— y también sus recuerdos. Todo esto se hizo a través de círculos de mujeres, de reflexiones, de conversaciones, de pensar juntas. Lo que quiero decir con esto es que hay mucho más por hacer, y que los museos nos pueden servir para activar acciones, no sólo para exponer.

 

BD: ¡Me encanta lo que dices! Además, el cambio que hiciste suena muy radical: decir “no puedo más con la violencia, necesito sanar”. Al ver en retrospectiva ese momento en el que tuviste que cambiar de dirección. ¿Cómo te sientes ahora?

 

MG: Muy contenta. Fue un momento muy importante. No sabía bien hacia dónde iba —todavía no lo sé—, pero siento que es parte del proceso. El libro, la videoinstalación y esos años de fotografía han sido fundamentales. Siempre me ha gustado involucrarme profundamente en lo que fotografío, pero este proceso de sanación me transformó por completo. Así que sí, ahora estoy muy concentrada en estudiar e inventar cosas nuevas: cómo comunicarnos, cómo conocernos desde otro lugar, cómo trascender la violencia, y preguntándome de qué maneras la fotografía puede servir para hacer un verdadero cambio.

 

 

                                         Selva Lacandona, México 2021 de la serie “El rastro de la serpiente”

 

 

BD: Volviendo al tema de los ídolos: así como dices que esto te ha transformado, estoy segura de que gran parte de tu trabajo ha cambiado a otras personas, y que te has convertido en un referente, sobre todo para otros artistas y creadores de imagen. ¿Qué les dirías a quienes están empezando?

 

MG: Que hay distintas formas de crear, que uno puede arreglárselas para realmente hacer lo que quiere. A veces es necesario hacer otros trabajos para ganar dinero, pero lo importante desde un comienzo es experimentar de verdad y buscar tu propio lenguaje y tu propio camino. La única forma de lograrlo es estar en contacto contigo mismo, alejarte de las redes sociales, alejarte de lo que supuestamente es “el buen lenguaje”. Por ejemplo, si haces un trabajo sobre feminismo, no tiene que ser con el “lenguaje correcto” del feminismo, sino con el tuyo. Hay que preguntarse: “si quiero hablar de esto, ¿cuál es mi manera?” Creo que vivimos en un momento en el que todo tiene que ser tan correcto, siguiendo ciertas formalidades… y entonces, cuando no usas esas palabras o no sigues las reglas, cuando no haces lo que los demás esperan, muchos entran en miedo. 

 

Para mí, el arte es cuestionar y mover. No me interesa el arte para quedar bien ni el lenguaje “adecuado”. No me gusta tener miedo, ni seguir una fórmula, ni hacer lo que se considera correcto, porque eso se vuelve complaciente, y eso no es arte. Creo que el arte consiste en buscar nuevos caminos, nuevas formas, cuestionarnos todo, encontrarnos, perdernos, reconocer al otro… y si vas por el camino “correcto”, nunca lo vas a lograr, nunca lo vas a hacer de verdad.

 

BD: ¿Hay algo que tú nos quieras decir? ¿Algo que no te haya preguntado y tengas por ahí guardado? Me salté algunas porque las respondiste de una u otra forma.

 

MG: ¿Esto era justo lo que me vas a preguntar? Mira, estábamos muy sincronizadas.

 

Beatriz Díaz es artista visual e historiadora del arte, apasionada por las imágenes, las historias y todo lo que se cruza entre ambas. Amante de la naturaleza, hace fotos con y sin cámaras, da clases, investiga y escribe sobre arte. Sus grandes ídolos no están en los museos, sino en casa: los miembros de su familia, quienes la inspiran diariamente.


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