Un encuentro entre la marca y creativos que admiramos
introducción Sophia Garduño
fotografía Ana Hop
invitados Perla Valtierra , Marcos Ruiz
, Federico Stefanovich , Johanna Murillo ,
Olivia Villanti ,
Tito Fuentes ,
Ana Hop
, Ricardo Verdejo , Alejandra Guiltman y Carla Ortega
estilismo Sophia Garduño y Zunshu
maquillaje Luz González
pelo Alberto Pérez
asistente de fotografía Hugo Núñez
locación Foro Tonalá
todos los lentes Carrera
El ritual de cumplir años es algo profundamente humano. Celebrar la existencia de alguien o algo para constatar su importancia, para detenernos un momento y mirar hacia atrás —e imaginar lo siguiente— con claridad, desde el reconocimiento. Carrera cumple 70 años, y con ello encarna una idea muy clara: avanzar con decisión y asumir riesgos.
Con esa misma ideología nace este proyecto. Más que una revisión cronológica, es un encuentro entre la marca y una serie de creativos que admiramos: mentes provenientes de la cocina, el diseño, el arte, la música, la actuación, la moda y la fotografía, y que cada uno, desde su trinchera, comparten ese mismo espíritu por explorar. A través de sus miradas, la trayectoria de Carrera se revela como algo más que una historia de lentes: aparece como una actitud frente a la vida, esa que se reconoce en quienes entienden la creatividad como un acto de valentía.
¡La tierra no se diseña, se siente! | Perla Valtierra
El ídolo de infancia de Perla no tiene nombre de chef ni de diseñador. Es Pedro Valtierra, su papá, fundador de Cuartoscuro, fotoperiodista que cubrió guerrillas en Centroamérica y documentó décadas de historia política mexicana. Un hombre que no se consideraba artista, pero que tenía ojo —y que procuraba involucrar a su hija en todo lo que hacía: que Perla no sólo supiera en lo que su padre trabajaba, sino que lo viviera en carne propia.
Marchas, huelgas, luchas. Ahí, sin querer, le enseñó lo que es mirar de verdad. Si hoy le preguntas cuál es su ídolo, te diría que su abuela. La que se quedó viuda con cinco hijos y los mandó a todos a la escuela. No el fotógrafo premiado, no la ceramista con distribución internacional, sino la que aguantó vara. Y es que hay algo que se repite en los referentes de Perla —el padre que documenta lo que otros no quieren ver, la abuela que sostiene lo que otros abandonarían, el filósofo japonés que reivindica al artesano sin nombre—: sus ídolos no brillan. Resisten. Construyen. Ponen las manos en algo real.

lentes Carrera
Creció entre Chihuahua, con vacaciones a Oaxaca y San Cristóbal, cuando otras familias cruzaban al otro lado. Estudió Diseño Industrial en la unam, terminó y descubrió que no le interesaba nada de lo que supuestamente debía hacer: automotriz, producción masiva, más plástico en el mundo. Fue a Montreal, tomó cursos de ecodiseño. Volvió, organizó talleres en la selva. Tocó barro por primera vez como quien toca tierra de verdad: no como material, sino como origen.
Japón fue el otro parteaguas. Encontró ahí la obra de Soetsu Yanagi, fundador del movimiento Mingei: la filosofía que reivindica al artesano anónimo, al objeto de uso diario, a la belleza que no se exhibe sino que se vive. Perla ya intuía todo eso. Yanagi le dio palabras para nombrarlo. Empezó a ver que México tenía exactamente eso —el barro, el molcajete, el peltre— y que era tan cotidiano que se había vuelto invisible.
Hoy trabaja con tierra local porque las pastas industriales matan precisamente lo que más le importa: las irregularidades, las marcas del proceso, el lugar donde vive el valor real del objeto. Lo que parece defecto es, para ella, la firma. Lo que propone, en el fondo, no es una colección. Es una pregunta: ¿por qué lo más hermoso se guarda para las visitas? ¿Por qué lo cotidiano merece menos? La belleza que a Perla le interesa no está en la vitrina: está en el desayuno de todos los días, en el objeto que no posa, en lo que se toca sin pensar. Exactamente como la tierra. Exactamente como todo lo que parece simple —hasta que lo sostienes, y entiendes que adentro hay algo que no tiene precio.

La mejor colección es viajar ligero | Marcos Ruiz
Hay una planta en la sala de Marcos Ruiz que ya tiene conciencia propia. Un filodendro enorme que se adueñó del espacio sin negociar. La casa está en remodelación, hay planes, pero la planta ya ganó. Es el tipo de detalle que dice mucho sobre cómo vive: con atención a lo que crece despacio, sin necesidad de controlarlo todo.
Dirige Material, la feria que mueve a la escena artistica cada febrero en la Ciudad de México. Lo que eso implica —producción, relaciones, semanas de adrenalina social— sería suficiente para definir a cualquiera. A él no. Después de la feria entra en modo vegetativo puro. La parte social es lo que más le cuesta. No lo dice para parecer interesante: lo dice como quien lleva años entendiéndose a sí mismo y ya no siente que tenga que justificarlo.

Creció en Querétaro, en una casa que operaba como contracorriente tranquila de la ciudad conservadora que la rodeaba. Su papá tenía el lugar lleno de diseño moderno de los 70 —era como muy disco— y sabía de todos los pintores renacentistas con una soltura que hacía de cada visita a un museo algo que valía la pena. Las mujeres de su familia son, en sus palabras, las personas más resilientes y con el amor más grande para vivir que conoce. No le busca más explicación. Pero en cuanto pudo, se fue de Querétaro.
El mundo del arte lo encontró de una forma que no tenía planeada. Terminó acompañando montajes en ferias internacionales —el lado de la producción que el público nunca ve— y entrar al Grand Palais en París y encontrarse con grúas moviéndose dentro del edificio, cargando obras, fue uno de los momentos más increíbles de su vida. Dice que le explotó la cabeza. Se nota que todavía le explota un poco. En esa época también aprendió a coleccionar: cómo leer la carrera de un artista, qué hay detrás de un galerista, dónde vive el valor real de una obra.
Sin embargo, hoy casi no colecciona. Prefiere apoyar proyectos, artistas, causas —desde un lugar más cercano a la filantropía que a la acumulación—. Le gusta viajar un poquito más ligero. Lo que le mueve es más hacer que tener.

lentes Carrera camisa Martin Rose x Nike
Cada mañana, antes de que empiece el ruido, medita, prepara su café y se toma un tiempo con su pareja. Eso, tan simple, lo disfruta muchísimo. La belleza también vive en lo mundano. Ahí, en ese rato quieto, con el filodendro ganando terreno centímetro a centímetro, está la versión de Marcos que más le interesa ser.
El objeto que no posa | Federico Stefanovich
Hay un aerógrafo en el estudio de Federico. Sigue en su caja original, sin abrir, sin usar. No lo heredó como recuerdo ni como símbolo: lo heredó porque su papá lo acumuló igual, porque así son los diseñadores, porque a veces los valores se transmiten en los objetos que nunca llegan a usarse.
Federico creció en un departamento distinto al de todos sus amigos. No distinto en tamaño ni en dirección: distinto en lo que había adentro. Muebles de diseñadores, objetos icónicos, un gusto muy particular que su padre —diseñador industrial, fundamentalista de la función— fue construyendo piezas a piezas. Philippe Starck, Alessi, el diseño italiano. Europa como referente máximo, como aspiración. Eso fue lo primero que aprendió sobre el diseño: que los mejores estaban afuera.

lentes Carrera
Lo segundo que aprendió fue que eso era una trampa. Hoy trabaja desde un estudio cerca de Balderas y Reforma, haciendo iluminación que las galerías venden como escultura, que la gente compra como arte y usa como objeto. Le gusta que esa línea esté borrosa. Lo que no le gusta —y sobre lo que tiene una opinión bastante clara— es seguir mirando hacia afuera cuando México tiene exactamente lo que su trabajo necesita: el que trabaja la piedra en Puebla, el que funde bronce en la ciudad, el que sopla vidrio en Jalisco. Procesos que en Europa desaparecieron hace décadas bajo la lógica industrial y que aquí siguen vivos en la esquina. Eso no es nostalgia: es ventaja competitiva.
No le interesa la mexicanidad de catálogo —colores, Catrina, Frida, papel picado—, sino la que viene del material y del proceso. La que no se declara, sino que se hace. En eso, sin saberlo o sabiéndolo perfectamente, se alejó del ídolo original y construyó uno propio: no el diseñador europeo que importa estética, sino el artesano local que domina el oficio.
Hay algo más que revela quién es Federico antes de que abra la boca: no compra ropa, compra objetos. Prefiere una pieza única de diseñador a cualquier cosa de consumo rápido. Colecciona brújulas, cuchillos, discos, ceniceros encontrados en La Lagunilla. Y acumula —herramientas, tornillos, cajas, empaques— con la misma lógica que le critica al mercado: la del frasco de salsa Prego que guardas porque el vidrio es bonito y terminas con 200 en un cajón que no sirven para nada. Lo reconoce. Se ríe. Lo sigue haciendo.

Sus ídolos no tienen nombres famosos. Son principios: lo hecho a mano, lo que tiene historia, lo que permanece. Un objeto con alma, dice, sin sonar místico, sino casi técnico. Para él la imperfección no es defecto: es prueba de que alguien puso las manos ahí.
El aerógrafo sigue en su caja. Quizá algún día lo use. Quizá no. Pero ahí está: el ídolo más honesto de Federico, el que nadie elegiría para una entrevista, el que no tiene manifiesto ni estética definida. Sólo la permanencia silenciosa de algo que se quedó porque alguien no pudo tirarlo.
Nunca se llega tarde en realidad | Johanna Murillo
En la primaria, cuando una maestra de inglés le ofreció elegir personaje para una obra de Robin Hood, Johanna Murillo no dudó: quería ser el sheriff de Nottingham. No Robin Hood, no Lady Marian. El villano. Alan Rickman la había asustado en la película y algo en esa incomodidad se le quedó grabado. Desde entonces, lo que le llamaba la atención no era el protagonista, sino el que ocupa la escena de otra manera.
Johanna no quedó en la audición de un curso de verano en Pachuca que montaba Grease. Se coló a los ensayos de todas formas. Y fue ahí, sin papel, sin permiso, parada en un rincón viendo a otros ensayar, donde sintió por primera vez que el tiempo se detenía. La sensación de voy tarde desaparecía. Lleva 20 años en la actuación y todavía puede describir la textura de la madera del escenario cuando se abría la cortina.

Sus ídolos musicales llegaron igual, por la puerta lateral. Blind Melon ya había perdido a su vocalista cuando Johanna los descubrió. Shannon Hoon murió de sobredosis en 1995, a los 28, y ese misticismo de figura que no sobrevive a sí misma, lejos de enfriarle el entusiasmo le añadió capas. Lo estudió. Estudió su voz. En los 90 en Pachuca, sin Spotify ni algoritmos, eso significaba ahorrar todo el mes para un cassette y pasarse las semanas siguientes con el librillo en la mano, pegando pósters en el cuarto. La obsesión se construía con tiempo y dinero contado.
Lo que más la mueve, sin embargo, no son las figuras trágicas, sino las que abrieron camino. Agnès Varda estuvo sentada frente a ella en la cena de un festival y Johanna no se atrevió a dirigirle la palabra. Lo que la paralizó no fue la celebridad, sino la escala de lo que esa mujer representaba: el discurso, la articulación, la claridad, la capacidad de haber impuesto su mirada en un momento en que dirigir una película siendo mujer implicaba una improbabilidad brutal. Para Johanna, que una mujer dijera voy a hacer esto y lo lograra —con todo lo que eso costaba— siempre fue la forma más alta de inspiración. Varda, Campion, las directoras iraníes. No las admira sólo por la obra, sino por el gesto previo: decidir.
Todo esto convive con una confesión que ella hace casi de pasada, pero que pesa. En sus 20 quería escribir una película. Era lo que originalmente quería hacer. Pero llegó la vida, llegaron las cuentas, llegó el relato de que actuar era el trabajo real y escribir podía esperar. Se creyó el cuento. Hoy, con 20 años de carrera y una hija con quien acaba de ver Persépolis, está escribiendo su primer guion. No sabe si será una película. Por ahora eso no importa. Lo que importa es que tardó, pero no demasiado. Exactamente como sus ídolos le enseñaron.

lentes Carrera
La belleza no caduca | Olivia Villanti
Hay una imagen que Olivia vuelve a mencionar cuando habla de ropa como si fuera la prueba de algo: el tío de su esposo, que lleva sus camisas 20 años y, cuando la tela se gasta, cambia los cuellos y los puños, pero conserva la camisa. No lo dice como anécdota, lo dice como ideal. Como la relación que debería existir entre una persona y lo que viste su cuerpo.
Eso es Chava Studio. No una propuesta de temporada ni un concepto de marca, sino una filosofía que se puede tocar. Sus camisas se hacen con telas de Alumo, el mismo fabricante suizo que usaba The Row en sus inicios. No lo menciona como credencial, sino como argumento: el valor de una prenda vive en lo que no se ve. Piezas que pasan por un único filtro antes de existir. ¿Esto va a importar en 20 años? Si la respuesta no es clara, no va. Porque Olivia no se llama a sí misma diseñadora, sino constructora: alguien que organiza elementos, refina cada detalle hasta que algo se vuelve inevitable.

lentes Carrera camisa rosa Chava Studio blusa roja Saint Laurent
Creció en Rhinebeck, Hudson Valley, zona de granjas y universidades de arte donde la rareza era moneda corriente. Estudió danza con la influencia de Pina Bausch —teatro de movimiento, emoción sin disculpas, la mujer como territorio sin simplificar— y llegó a Nueva York a intentarlo en serio. Cuatro o cinco horas de clases al día, castings, mesas de bar de noche. Hasta que reconoció lo que ya sabía: abandonar el baile, dice, fue como una muerte. Y desde esa muerte construyó todo lo demás, incluyendo una comprensión muy particular de lo que significa hacer algo que valga la pena: no lo que deslumbra hoy, sino lo que permanece.
Sus ídolos lo confirman. Bausch, porque con la mujer era todo a la vez —fuerte, sensible, emocional, tranquila— sin reducirla nunca. Phoebe Philo, porque entiende cómo las mujeres quieren vestirse y proyectaba eso con una confianza que hacía que todas quisieran ser esa mujer. Helmut Lang de los 90, que define un momento exacto de cómo la gente quería verse y todavía hoy se sostiene. Todos comparten algo: hicieron menos para que durara más.
La tienda de Chava está en la colonia Ampliación Daniel Garza. Para entrar hay que presionar un botón y subir un piso. Adentro alguien te habla de las telas, del proceso, de por qué esta camisa tiene un bib sin costura visible. No estás comprando una prenda, estás recibiendo un argumento. La experiencia, dice Olivia, tiene que casarse con el producto. Porque si vas a invertir en algo, necesitas una historia. No quieres entrar, tomar una bolsa y salir. ¿Qué historia es esa?

La distorsión es el mensaje | Tito Fuentes
Tito lleva tatuada en el pecho una frase que se le atribuye a Miles Davis: It’s not the instrument, it’s the motherfucker behind it. No un tatuaje de manera literal, es más bien un mantra que carga como verdad de vida. Y si hay alguien que la ha puesto a prueba, es él.
Quizá nunca fue el más técnico. Lo suyo no es la nitidez ni la ejecución impecable: es la distorsión. Acordes amplios, sucios, contundentes. Cuando descubrió a Pete Townshend entendió que lo que hacía falta no era destreza, sino autenticidad: sonar como uno mismo, aunque eso significara sonar roto. Se apropió de lo que tenía. Hizo de la autenticidad una firma.
Y hoy, esa idea resuena de una manera que él mismo no habría podido imaginar. Después de años de consumo, de una vida de gira que empezó a los 21 y se tragó más de la mitad de su vida, Tito pasó por varias cirugías, complicaciones severas, un coma. Su voz ahora suena distorsionada también —congestionada, raspada por las intervenciones—, pero sigue componiendo, sigue grabando. Porque él cree algo que suena casi ingenuo, pero que en su boca es una declaración de principios: una rola es buena aunque la grabes con un bajo de una cuerda.

lentes Carrera collar Tito Fuentes x Sofía Herrera
saco Vivienne Westwood anillo Chavis Mármol
Sus ídolos tampoco fueron los virtuosos. Fueron los que cambiaron las reglas sin pedir permiso. Rick Rubin, que sin tocar un instrumento tradujo su paz interior en sonido brutal. Geoff Emerick, el ingeniero de Abbey Road que metía micrófonos dentro de los instrumentos y comprimía la batería de Ringo hasta que sus jefes en EMI casi lo corren. George Martin, que venía de producir discos de comedia y terminó siendo el arquitecto sonoro de los Beatles. Todos ellos hicieron lo mismo: jugaron. Y jugar con el sonido —experimentar, romper, torcer— es lo que a Tito le da sentido.
De Molotov hay que decir una cosa que pinta perfecto quién es: sus papás no sabían que tocaba en la banda. Mientras los papás de otros los regañaban por escuchar esa música, a él le tocó confesar que era él quien la hacía. Pero eso fue antes. Lo de ahora es otra cosa. Tito pasa los días en su casa. Pinta. Hace ejercicio. Está en mejor forma física que nunca. Está con sus hijos —una de 13, uno de 10— de una forma que la gira nunca le permitió. Tiene una marca de ropa con sus propios diseños y está haciendo todo lo que Molotov no le dejaba espacio para hacer.
Apenas se está conociendo. Como si la persona que estuvo arriba de los escenarios durante décadas hubiera sido otro. Y, en cierto modo, lo era. Lo que queda ahora es el motherfucker detrás del instrumento —sin el escenario, sin la gira. Solo él, su casa, sus hijos. Y su distorsión, todavía sonando.

El acto de revelar no termina | Ana Hop
Hay cosas que las familias no cuentan. No por secreto, sino por costumbre: la vida avanza, se deja atrás lo que pesaba, y un día ya nadie sabe qué preguntar. Ana Hop creció así, en una casa donde el presente era cómodo y el pasado no tenía lugar en la conversación. Jugaba tenis, iba a un colegio privado, escuchaba a los Red Hot Chili Peppers porque le regalaron su primer cassette. Una infancia perfectamente normal. Aunque sin grandes relieves.
Quizá por eso la cámara. Estudió Comunicación, aunque con el mínimo entusiasmo suficiente para continuar, hasta que llegó la clase de Fotografía: era la única en la que se quedaba horas después, sola en el cuarto oscuro, sin que nadie se lo pidiera. El primer lugar que sintió verdaderamente suyo. La maestra le dijo que era muy buena y Ana se lo creyó. A veces es así de simple.

No es de asombrarse, entonces, que uno de sus ídolos sea James Nachtwey —ese testigo imposible que mete el cuerpo en las guerras más brutales del siglo y aun así halla el encuadre exacto. Lo que le fascina no es el heroísmo, sino el ojo: la capacidad de estar en medio del caos y poder ver. Y es que tal vez Ana no sea una fotógrafa de guerra en el sentido literal, pero sí es alguien que ha pasado ocho años dentro de la vida de un familiar con esquizofrenia, construyendo la confianza necesaria para mostrar lo que un diagnóstico plano normalmente esconde. El campo de batalla es lo único que cambia. La exigencia de estar presente, no.
El fotolibro es su obsesión y no lo disimula. Le gusta porque obliga a sostener una historia completa, a tomar decisiones sobre qué va y qué no, a editar sin red. Es un formato que no se puede ver de reojo. Y entiende la lógica de Magnum mejor que muchos: que la historia manda, no el fotógrafo. Que el ego es el primer obstáculo.
Sus proyectos más personales son todos variaciones del mismo gesto: darle imagen a lo que no la tiene. Una serie sobre mujeres a las que un médico les robó algo irreparable, publicada en El País, que terminó con el médico detenido. Y el más íntimo: está fotografiando la vecindad donde creció su padre, ese hombre que nunca habló de esa parte de su vida. Lo hace para su hijo Julián. Para que haya una imagen donde antes sólo hubo silencio.

lentes Carrera
Después de todo, que Ana tenga cierta resistencia a la palabra ídolo, parece bastante normal. Prefiere hablar de cosas que la rompieron y la ayudaron a reconstruirse. El camino se revela solo. Y lo dice sin drama, casi con gracia.
El verdadero ídolo es el marisco crudo —y la resistencia— | Ricardo Verdejo
Para Ricardo, el éxtasis culinario no se construye en tres actos ni con foams de laboratorio. Él es más simple, más visceral. Nacido en Chile, hijo de una geografía donde el océano dicta el ritmo, su primer ídolo no fue un chef, sino el producto en estado puro. “El marisco crudo me sigue robando el aliento. Siempre”. Esa devoción lo llevó a rechazar la lógica del fine dining como dogma: él mismo no es un cliente habitual de restaurantes de manteles largos. ¿Por qué iba a hacer él, entonces, lo mismo?
Su verdadera escuela fue la pandemia. Sin restaurante fijo, se convirtió en un chef pop-up nómada: París, Londres, Nueva York, Colombia… pero con una regla hip-hopera: improvisar con lo que hay. “Llego a un lugar y pregunto: ¿qué tienen hoy? No traigo mi receta, traigo mi flow”. Así, su cocina se volvió un freestyle ético: vegetales de temporada, trazabilidad real, granjeros como cómplices. “Si el granjero me dice que las zanahorias están increíbles, hago un plato con zanahorias. Punto”.

lentes Carrera chamarra Adolfo Domínguez Primavera-Verano 2026
Sus ídolos son humanos, no mitos. Rodolfo Guzmán, por aguantar cinco años al borde del quiebre antes de que Boragó explotara. Y Mariana Villegas —su esposa, su socia—, quien le demostró que era posible abrir Charco en la CDMX sin renunciar a su integridad. Pero también hay otros: Bone Thugs-N-Harmony, de Cleveland, cuya cadencia lo marcó desde chavito; los Violadores del Verso, que le enseñaron que “uno hace las canciones que quiere escuchar”. Pues él hace los platos que se quiere comer. Incluso su escape mental es físico: la petanca. Ese juego francés de bolitas de acero lo obliga a detener el mundo por dos horas. “Sólo pienso en cómo mover esta bola para que haga algo extraordinario”. En ese gesto minimalista —precisión, silencio, tierra— vive la misma filosofía que guía su cocina: menos poses, más presencia.
Verdejo ya no suena chileno. Tampoco mexicano. Su acento es latinoamericano: “Gente que no se agüita, que trabaja y sigue adelante”. Latinoamérica unida. Ésa es su ídolo colectivo. Y su taco perfecto: el de tripas bien doraditas, lleva de la roja y de la verde, por supuesto. De las dos.

“Always breaking character” | Alejandra Guilmant
Cuando la ves —y especialmente si conoces su trabajo—, podrías hacerte una idea romántica y crear una narrativa de cómo fue la primera vez que Alejandra experimentó una emoción seductora gracias a una editorial de moda. Pero la realidad es que seguramente sucedió en la fila de la caja del súper, esperando a que su mamá pagara las compras. Fue ahí: donde siempre estaban las revistas.
Editoriales over the top, modelos en escenarios imposibles, fotos que contaban una historia que no tenía nada que ver con el mundo de afuera. Tal vez porque la sacaba de una realidad que, en ese momento, ella percibía como simple. Y no recuerda ni las revistas específicas ni el nombre de las modelos. Tampoco importa: ya había pasado algo.

Su casa era de ésas en las que no dejan ver a los niños la tele normal. Sólo Canal 11 y películas. Eso significó haber crecido con Rocky Horror The Movie Show, Velvet Goldmine, música como Ray of Light de Madonna, que fue su primer cassette, y Bowie transformado en Ziggy Stardust. Todo empujando hacia la misma idea: que una persona podía ser varias, que el cuerpo era un territorio maleable, que disfrazarse no era mentir, sino lo contrario. Lo que le prendía de Bowie no era la música primero, era la imagen: ver cómo es la persona transformada y en full makeup.
Otro de sus ídolos fue su abuelo, un veterano de guerra británico. Un día, siendo niña, fue a verlo actuar en A Midsummer Night’s Dream, con su grupo de pantomimas. El hombre entró al escenario vestido de hada. Sin drama, sin disculpas, con toda la seriedad del caso. Ahí estaba: un señor mayor que había visto lo que había visto, completamente transformado, actuando de hada frente a su nieta. La gracia no era el disfraz, sino que era él. Que ese hombre, ese abuelo, lo hiciera así.
Todo eso convive con que hoy, en su vida diaria, Alejandra va de negro, tenis y camiseta. Ropa atemporal y piezas que llevan con ella 10, 15 años. En su trabajo la visten; fuera de él, se trata de comodidad y punto. La contradicción es perfecta y no le molesta para nada, porque lo que le interesa no es la coherencia estética, sino la flexibilidad. Definirse demasiado, dice, es una trampa: “entre más te defines, cristalizas una personalidad a la que después le va a doler considerablemente romperse”. Ella prefiere moverse. Prefiere la sorpresa y el calor.

lentes Carrera
Últimamente pasa sus tardes escribiendo un cortometraje sobre el metro de Ciudad de México. Y es que al metro lo ve como un espacio filosófico, en donde estás rodeado de gente, pero completamente solo, resolviendo en silencio las cosas que más pesan. Una ciudad dentro de la ciudad, con su propio folclor, su propio ritmo. Y quiere dirigirlo ella misma, sin fecha, sin presión. Como todo lo suyo: con las manos abiertas. Rompiendo su personaje, un día a la vez.
Menos superficie, más armonía | Carla Ortega
Hay una historia que llegó a Carla en fragmentos, filtrada por el tiempo y por el Alzheimer: la de su abuela francesa, que sobrevivió dos guerras mundiales, crió sola a dos hijos, aprendió cuatro idiomas y terminó siendo asistente personal de Rockefeller en Nueva York. Que esa historia haya llegado de todas formas, así de vívida como lo hizo, dice algo sobre qué tipo de historias son las que persisten en su memoria. Sus ídolos son las mujeres, no sólo su abuela de la que ya dijimos algo, ni su otra abuela, la materna, que invirtió sola en la bolsa cuando eso no era cosa de señoras. Todas ellas. Y no como homenaje: como brújula. Tiene sentido que sea así, viniendo de alguien que lleva dos décadas en una industria construida sobre lo que a primera impresión pudiera considerarse como la superficie.

Productora de moda, consultora, autora del Libro Amarillo de El Palacio de Hierro — pieza que abrió al mercado mexicano puertas que Nueva York tenía cerradas—. Para posicionarla trajo a David Gandy, a Sølve Sundsbø cuando empezaba, a Albert Watson. Pero el movimiento que más le importa no está en esa lista: fue poner a Carmen Dell’Orefice en espectaculares del Periférico. Modelo activa, más de 80 años, cabello blanco. Antes de eso, nadie ponía una mujer así en moda masiva en México. Cuando Dell’Orefice entró al set, recuerda, le temblaron las piernas. Y no por su carrera, sino por lo que había dentro. Y es que eso es lo que Carla entiende por estética: no vanidad sino idioma, no una primera impresión, sino una proyección de energía. La misma razón por la que admira a Paolo Roversi —sus fotos son obras de arte, no imágenes de moda— y por la que Peter Lindbergh fue siempre su sueño imposible: porque hay fotógrafos que hacen fotos bonitas y hay fotógrafos que construyen una emoción. La diferencia es exactamente ésa.
Lo que sigue de ahí es consecuente. En una industria que vive de convencerte de modificarte, ella ha elegido una y otra vez lo contrario. Y no por indiferencia, sino porque aprendió, de sus abuelas y de una modelo octogenaria con más presencia que nadie en el set, que lo cultivado adentro es lo único que no caduca. Que cuando se van los otros atributos, uno se topa con su esencia. Y si construiste algo ahí adentro, quizá lo que encuentres sea algo hermoso. Eso es lo que para Carla Ortega es la estética. No lo que brilla: lo que permanece.

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