¡Aliento, Vero!

¡Iwériga!

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entrevista Danaé Salazar
fotografía Ximena Del Valle

He visto esa falda volar. De colores vibrantes y aleteo velocísimo, como el del colibrí, la falda de Verónica Palma acelera el ritmo cada vez que sus piernas se encienden.

Su ritmo no conlleva la malicia del tiempo ni la distancia, es brío puro, de ese que es tan natural que parece que naciste dotada. Es talento, sí, pero en muchos casos también un modus operandi completamente ajeno a nuestra cotidianidad y a nuestras ambiciones. 

 

Muchos de los rarámuris como Palma corren porque tienen que hacerlo, porque así llegan más rápido o porque es su única forma de llegar, no hay otra forma.

 

 

Su vuelo es a través de las montañas que atraviesan desde niñas, en medio de la Sierra Tarahumara, con elevaciones que rebasan los 2,500 metros de altura y descensos empinados como cascadas. Son cerros que no tienen senderos ni absolutamente nada que las guíe, que las cobije.

 

Sin embargo, es su camino, el que conocen, una segunda casa. Y lo corren, lo corren sin parar durante toda su vida.

 

El lugar de una corredora rarámuri en la sierra no es el mismo que en el asfalto. Mucho menos en una competencia. Verónica Palma corría descalza, así fue su infancia: corría sin parar. Salió muy chica de su pueblo y desde hace 24 años reside en Ciudad Juárez.

 

La honestidad en las palabras de Vero es latente. Sus respuestas son sencillas y honorosas. Habla tan bajo que hay frases que apenas escucho, parece que susurra, como si tuviera miedo. Durante la plática, me mira poco a los ojos, centra su vista en la ventana mientras la camioneta en la que nos transportamos avanza, mientras el paisaje gris y polvoso de Juárez nos abraza rasposamente.

 

Lo de Vero es un gesto natural, es cadencia. Su falda cae grácil a un ritmo incierto, espiritual.

 

 

CORRER DESCALZA

 

“De niña viví en la sierra, en una comunidad pequeña alejada de los pueblos grandes. Crecí completamente descalza —me acuerdo de que así corría—. Jugaba mucho con los niños porque ellos se cansaban menos que las niñas. A veces me seguían entre varios cuando jugábamos al Coyote —donde tenías que alcanzar al otro—, pero no me podían atrapar. Era muy inquieta, me gustaba andar corriendo, y en los juegos de velocidad siempre ganaba. Me encantaba correr”, susurra Vero. “Una vez, cuando estaba en cuarto grado, me llevaron a participar en una competencia con otra escuela, en otro pueblo. Gané en las dos categorías que participé. Así empecé, siempre me gustó correr”.

 

 

Lo que era un talento nato con el cual jugar —y siempre ganar—,se convirtió en pregunta. “¿Será que soy buena corriendo?” Así llegó a su primera carrera formal, la de Ariweta, una competencia ancestral rarámuri en la que sólo participan mujeres. Sin razón alguna dejaron de realizarla. Verónica se mudó a Ciudad Juárez. Un día vio un anuncio de una carrera por el parque del Chamizal y, como se dice coloquialmente, se coló. Participó sin haberse inscrito, sin número para competir. “En realidad, sólo quería ver qué tan lejos era. Corrí tres kilómetros. Se me hizo muy cortito porque no conocía los kilómetros, no sabía de distancias”, cuenta. Después de eso empezaron a abrirse las puertas y a llegar invitaciones. En su primer 10k, obtuvo podio y había competido, por primera vez, con un número prensado en la blusa. Tenía 22 años.

 

Correr es, por naturaleza, un deporte para resilientes. Para esos que son capaces de visualizar un objetivo y no detenerse —a pesar de todo y sobre cualquier cosa— hasta alcanzarlo. Son obstinados, casi demencialmente obsesivos, pero siempre corren con el corazón en la mano.No hay otra forma de hacerlo.

 

Cuando la falda de Vero vuela —a pesar de todos los problemas y la tristeza que carga, como aquella vez que tuvo que competir a pesar de que su abuela, la que la crió, estaba en el hospital en su lecho de muerte—, es cuando ella siente la vida y cuando palpita la fortaleza de su cuerpo: sabe que éste es capaz de todo. “Correr me ha ayudado mucho. Me siento mejor, siento que mi cuerpo descansa cuando traigo estrés o tristeza. Me siento bien corriendo”.

 

 

DISTANCIA Y TIEMPO

 

Ni el tiempo ni la distancia significan algo para ella. “Cuando corro, solamente siento mi cuerpo”, dice, “si me pide que descanse, lo hago por un rato y sigo corriendo”.

 

Es lo que el cuerpo indique y hasta que el cuerpo hable. Sin reloj, sin chaleco de hidratación, sin ropa high tech, y casi siempre, sin tenis. Vero ha corrido gran parte de su vida con huaraches de plástico hasta que le vino una lesión. Fue por correr en el pavimento con huaraches. En la sierra, en cambio, sus pies no tenían queja.

 

 

Y, de entrenar, no se habla. Era un concepto absolutamente ajeno a Palma hasta hace poco. Ni los maratones, ni los ultramaratones le exigieron nunca seguir un programa. Lo que es correr con el corazón, pienso. “Sólo salgo a correr. Si veo que mi casa —donde arranqué—, está cada vez más lejos, me regreso. A veces me voy hacia los cerros. Los compañeros corredores que viven aquí, en Juárez, me explican cuántos kilómetros llevo”. Su primer maratón fue el de Ciudad Juárez. “Lo terminé rápido”, platica Palma, subiendo el volumen de su voz. “No sabía qué tan lejos era, pero me sentí contenta. Y al final me esperaba uno de mis hijos con su papá, y después su papá también empezó a correr.  Estaba emocionada de ver corredores de otros estados, de otros países. Me sentía adolorida porque lo corrí sin prepararme, sin entrenamiento —y es que yo no sabía qué era entrenar—. Nada más participaba en las carreras, no sabía de distancias ni de tiempos. Aquella maratón llegué lastimada de mis pies por los huaraches”. En esa competencia, de 42.195 km, para poder calificar en la categoría indígena a nivel internacional, no era permitido correr con tenis. “Me sentí emocionada porque logré correr con mis huaraches”, agrega enfáticamente.

 

Algunos curiosos han estudiado el cuerpo de indígenas rarámuris para entender cómo pueden correr tantos kilómetros por tanto tiempo, sin entrenamiento y en condiciones extremas, sin tener repercusiones graves en su cuerpo. Daniel Lieberman, paleoantropólogo de la Universidad de Harvard y maratonista, estudió la biomecánica de los rarámuris, intentando obtener una respuesta científica alrededor de su resistencia física. Encontró pura espiritualidad. En una entrevista publicada en 2021, el escritor comenta: “Para ellos, esto [correr] es espiritual; una forma de oración, un símbolo de cómo funciona el mundo y de dar gracias a su Dios”.

 

El correr de los rarámuris está ligado a su forma de vida, religión y cultura. Corren largas distancias para ir a otros poblados o en busca de alimentos, o para ir a la escuela, pero las competiciones también se han insertado como un elemento en su vida social. Y para otros, como Vero, incluso es un incentivo económico.

 

 

IWÉRIGA

 

El disfrute de correr es personal y compartido. Hasta el corredor más solitario, el más individualista, se espejea en otro corredor. Hay algo que une en la energía que se desprende de cada zancada. Es la energía de la cadencia comunitaria —el que haya participado en una competición, lo entiende—. Verónica disfruta ver a corredores reunidos, “y en el asfalto me gusta ver a la gente que está en el camino echándote el ánimo, porque sin conocerte te está dando fuerzas. También es motivante ver a otros corredores, verlos lograr llegar a la meta, ver el esfuerzo”. En la montaña, en cambio, la sensación es mucho más personal: “disfruto ver la naturaleza, escuchar nuestro propio eco, el río, los pájaros. Aprecio mi cuerpo, mi paso y mi sombra”.

 

El grito del de afuera, del público que observa y siente que, en los pasos del corredor, va él también. El corazón del espectador se involucra, acelera el ritmo. La energía se contagia. En lengua rarámuri, la porra grita ¡Iwériga!, que significa ¡Aliento! ¡Alma! Es enviar el poder de tu alma a otro. Mágico, ¿cierto?

 

 

En el correr está también intencionar. No es cliché sino motor. Para algunos, la intención que se aferra en las entrañas, puede significar ese último empujón que te hará cruzar la meta. En el caso de Palma, más que intención es llevar en la mente a aquellos que la han guiado, “los que me dieron las buenas almas”, dice, un pensamiento más bien espiritual.

 

Las mujeres rarámuris visten, desde niñas hasta que envejecen, faldas largas, plisadas y muy amplias, de colores chillones y bordadas a mano, que ellas mismas confeccionan. En ocasiones usan doble falda, lo que hace al atuendo tremendamente pesado; esto es para dar más volumen o como abrigo para las temporadas de frío. Sipúchaka y mapáchaka, en su idioma, es el nombre que lleva la falda y la blusa que siempre va a juego. Las usan en el día a día y también para correr, es decir, que la actividad a realizarse no hace distinción. “Mi atuendo lo sigo usando porque así crecí desde niña. Mi abuelita me enseñó a vestirme de esta manera. Me gusta correr así, siempre voy a traer mi traje, tiene mucho significado”, me explica Vero. El día que realizamos esta entrevista, ella usaba un conjunto violeta pardo, que es con el que corre y que es un poco más ligero que los que usa a diario.

 

 

THE SPEED PROJECT

 

De los Ángeles a Las Vegas, 550 km en 52 horas y 22 minutos aproximadamente, sin pausa, entre la aridez del desierto, los rayos del sol que penetran con filo de estilete cuando se está en lo más alto, la noche en total soledad mientras tú vas corriendo, prácticamente sola, a lo largo de una carretera oscura y sin final. The Speed Project (TSP) es una carrera de relevos que reta, que impone. En 2024, una iniciativa de Beba Guzmán reunió a seis mujeres rarámuri y las invitó a correr esta competencia. 

 

“El mayor reto fue hacer que esto existiera”, platica Beba. “Empezó mucho antes de TSP: movernos por cuatro destinos en Chihuahua —ciudad de Chihuahua, Ciudad Juárez, Choguita y Tatahuichihi— y mantener contacto con corredoras que viven en la sierra, muchas veces sin señal y sin teléfono, mandando mensajeros. Luego vino lo más complicado: conseguir recursos para todo lo que implica una travesía así: traslados, hospedajes, emisión de pasaportes, visas, la casa rodante y la operación completa”. Lo que logró el equipo RA RA RA—así se nombró el proyecto— fue histórico.

 

 

Todo el mundo vio correr, a través de las redes sociales, a Verónica Palma, Rosa Ángela Parra, Luz Ester Nava, Yulisa Fuentes, María Isidora Rodríguez y Argelia Orpinel: fueron noticia. Era imposible no ver a estas mujeres indígenas con sus faldas haciendo olas a cada paso, sin saber muy bien cómo o porqué estaban ahí. Quedaron en tercer lugar de su categoría: ese año, sólo hubo cinco equipos integrados exclusivamente por mujeres. Pero había, además, una responsabilidad cultural. Y Beba agrega: “que no fuera una participación ‘decorativa’, sino un espacio real para que ellas corrieran y fueran reconocidas como corredoras dentro de la comunidad. El logro fue verlas llegar a Las Vegas y, sobre todo, verlas integrarse a TSP con una fortaleza impresionante”. “Nunca había hecho relevos, fue algo inesperado, pero lo pudimos lograr en equipo. Fue una experiencia nueva, muy bonita. Lejos de la familia, lejos de casa”, platica Vero. “Cuando íbamos en los 300 kilómetros, pensé: ‘creo que ya mero’. Fue agotador, pero se me hizo muy bello que nos hayamos apoyado entre nosotras”, agrega, apenas sonríe. En The Speed Project, cada participante debe correr alrededor de 90 kilómetros, es decir, más de dos maratones, el equivalente a 8 horas y media, aproximadamente, en distintos episodios y en condiciones extremas. “En uno de los tramos que me tocaba correr, me pasó algo raro”, cuenta Vero.

 

“Beba me dijo: ‘tienes que correr hacia allá, todo derecho’. Me fui por el pavimento, por la carretera, pero cuando llevaba siete kilómetros más o menos, me encontré con un policía que sólo hablaba inglés. No le entendía nada. Me paró en seco. Estaba bien asustada, me temblaban mis pies. Le marcó a un compañero que sí hablaba español, me lo pasó y me dijo: ‘Dice mi compañero que usted va corriendo como asustada, y que va muy recio, y además va vestida diferente. ¿De dónde viene?’. Le expliqué que venimos del estado de Chihuahua, que soy una indígena rarámuri, y que estamos participando en un evento, que me tocan correr 14 kilómetros. Me dijo que su compañero nunca había visto a una persona correr con esa vestimenta. Al final preguntó que si necesitaba el apoyo del tránsito. Respondí que no, sabía que podía llegar, y seguí corriendo”.

 

TSP es una prueba de resistencia sí, pero también de trabajo en equipo. Si algún integrante tiene que frenar —por lesión, por cansancio—, alguien más lo tiene que relevar. La competencia no para y los corredores se hacen uno adentro de esa camioneta rodante: para animarse, para alimentarse, para descansarse. Me tocan las palabras de Beba al respecto, cuando le pregunto sobre lo que más atesora del proyecto: “agradecí más que nunca practicar este deporte: porque fue a través de él que pude conectar y compartir con mujeres tan distintas y tan afines al mismo tiempo. Y porque, ahí, nuestro único lenguaje fueron las zancadas y los abrazos”.

 

 

ÍDOLOS

 

Tal vez cuando alguien lleva en la sangre la virtud de inspirar —sin saberlo, sin quererlo—, simplemente por el hecho de hacer lo tuyo con garra, es una de las formas más puras de iluminación. Un verdadero ídolo nace, dicen. Vero no sabe con certidumbre lo que despierta su zancada, su alcance. Lo suyo es algo visceral, natural. Me impresiona el candor cuando habla de correr porque no lo hace desde la parte física del deporte —tal vez ella no se considere una atleta de alto rendimiento—, lo hace desde la sangre.

 

En ella no hay idolatrías, sino respeto. Cuando le pregunto a quién admira o quiénes son sus ídolos, Vero mira hacia adentro. “Tengo una mujer muy especial: María Isidora. Es una rarámuri que ha luchado contra la discriminación, la violencia que se vive en la sierra, donde vive. Allá no hay suficiente alimento y ella ha hecho trabajos de hombre para tener comida en su casa. También la admiro porque es una gran corredora, fue la primera que conocí cuando empecé a correr y es de las primeras campeonas del Ultramaratón de Guachochi. Tiene 49 años y sigue siendo fuente de resistencia. Admiro a todas las mujeres que han salido adelante de todas las adversidades que enfrentan.”

 

 

“CONTINUAR ES NO ROMPER EL RITMO”

 

Lo dijo Ernest Hemingway: para los proyectos largos, ser constante es lo más importante. Y es que, remata Haruki Murakami, “una vez que ajustas tu ritmo, lo demás viene por sí solo”.

 

Vero no se ha detenido. Además de su actuar constante como corredora, ahora promueve carreras en la que invita, principalmente, a los de su comunidad. Durante dos años ha organizado la Carrera Pueblos Originarios, en Ciudad Juárez. “Es en beneficio del comedor infantil rarámuri que tenemos en la comunidad tarahumara. Invité a varios corredores de la sierra, vinieron en un camión lleno, con el apoyo del presidente de la sierra”. Lo que provoca Verónica, corriendo, se lo contagia a otros, y ese efecto dominó es el que le permite seguir. Los que no han participado, quieren acudir el siguiente año, los niños rarámuris se le acercan para preguntarle cómo se le hacer para ser como ella. Palma es ejemplo y constancia.

 

 

Cuando le pregunto si cree que el deporte puede cambiar vidas, asiente. Lo ha vivido en carne propia. Sin embargo, volvemos a la idea inicial: el deporte es un proyecto a largo plazo, es voluntad, pero requiere cierto enfoque. Y para lograr concentrarte en algo, es imprescindible ser constante. “He visto cómo personas con problemas muy fuertes —de adicciones, depresivas, violentas— se han superado gracias a las carreras. Pero también es decisión de cada uno, hay que aferrarse al deporte si lo ves como una salida. En el día a día, hay veces que te sientes sola y sales a correr; eso te relaja y al volver te sientes completamente diferente”, dice. El cambio es radical, se da a nivel cuerpo y a nivel cerebro.

 

Vero insiste en su proyecto a largo plazo. “Corro porque quiero estar bien conmigo misma. Quiero que al verme correr, muchos hagan lo mismo, sobre todo las niñas y niños. Me he dado cuenta de que, desde que empecé, se han unido muchos rarámuris, mujeres y hombres, y sobre todo niñas y niños. Se han acercado a preguntarme: ‘¿cuándo vamos a hacer la siguiente carrera? ¿Me llevas? Yo también quiero correr’. Por eso sigo participando en las carreras, además de que es lo que más disfruto”.

 

 

Danaé Salazar es maratonista y periodista. Curiosa de todos los ápices del cuerpo humano en movimiento y de las capacidades de éste cuando se lleva al límite. Siguió de cerca la carrera de Verónica Palma en The Speed Proyect y eso afirmó su admiración y respeto profundo por las corredoras rarámuris pero, sobre todo, comprobó el poder de la comunidad del running. Actualmente coedita y dirige Revista 192.


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