Representada por guadalajara90210
fotografía Nora Stultz
talento Ana Paula Santana
Como chilango, cada que voy a Guadalajara siento una vibra creativa especial. Desde afuera parece existir una comunidad, todxs están abiertxs a platicar de sus proyectos, a compartir sus procesos, sus contactos, a hacerte parte de una forma diferente (comparando con CDMX) de crear. Y en un análisis posterior, tras platicar con estos artistas, se alcanza a ver que están en un espacio de amplias posibilidades materiales, de oficios que se resguardan y que están abiertos a la colaboración en la medida en la que se integran nuevas generaciones. Basta con darse una vuelta por el Mercado de San Juan de Dios, Tlaquepaque o Tonalá, para observar que la talabartería, el vidrio soplado, la hojalata, la cerámica, siguen siendo oficios que se transforman y se consumen por el público general. La comunidad no ha sido opcional, ha sido una forma de crear los espacios que históricamente la ciudad no ha tenido y que, de un tiempo para acá, han ido creciendo.
Estación Material es uno de estos espacios que afianza a la ciudad como un epicentro para el arte contemporáneo; exhibe el trabajo de la creciente oferta artística local y a muchos otros ponentes de México, generando un diálogo que sale del formato de feria convencional. En mancuerna con Material, tenemos en la mira a cinco artistas que comparten territorio: Ana Paula Santana, Napoleón Aguilera, Cynthia Gutiérrez, Isa Carrillo y Denise Julieta. La sede para 2026 será, nuevamente, Plataforma, en la colonia Americana, y no seguirá un formato de booth. El espacio se configurará como un recorrido abierto, lo que permite encontrar conexiones entre artistas y mantener un diálogo franco frente a lo que se presenta.

ANA PAULA SANTANA
“El arte tiene tres etapas. Una es que yo quiera decir algo, otra es hacerlo y publicarlo, y otra es que tú lo entiendas”. Esa última instancia escapa completamente al control del artista. “Tú vas a leer algo y vas a percibir algo muy diferente a como lo va a percibir otra persona.” Lejos de considerar esa distancia como un fracaso, la entiende como una condición.
El camino de Ana Paula Santana hacia el arte comenzó lejos del taller. Estudió Comunicación y dio sus primeros pasos en el periodismo cultural, una práctica que la condujo naturalmente a la radio. Durante un tiempo creyó que se dedicaría a la literatura —estudió también Letras y continuó su formación con un posgrado en sogem—, pero fue el trabajo con el sonido lo que transformó su manera de entender el lenguaje y abrió su camino hacia el arte contemporáneo. AP: “Pensé que iba a ser poeta, pero haciendo radio entendí que el sonido es un medio que me gusta mucho, que también me puedo acercar a la palabra, pero de una manera más abstracta.” A partir de esa intuición comenzó a experimentar con el radioarte, una exploración que más adelante la llevó a estudiar una maestría en Arte Sonoro en la Universidad de Barcelona. Hoy su trabajo se desplaza entre la instalación, la escultura y el sonido, aunque evita pensar esas disciplinas como compartimentos separados. Más bien, las entiende como distintas posibilidades para desarrollar una misma investigación.
Desde hace varios años esa investigación gira alrededor de una sola pregunta: la voz humana. No le interesa únicamente como herramienta de comunicación, sino como un fenómeno que pone en tensión la relación entre cuerpo, memoria y presencia. Su tesis de maestría estuvo dedicada a la voz en la radio, pero las preguntas que surgieron entonces continúan apareciendo en su práctica cotidiana. ¿Qué ocurre con una voz cuando deja el cuerpo que la produce? ¿Qué permanece cuando únicamente queda la grabación? AP: “Si tú estás grabando mi voz, después de que le pongas play va a ser mi voz. Entonces la voz no es cuerpo, porque yo ya voy a estar en otro lugar. Pero la voz también es vibración, y la vibración es materia.” Esa aparente contradicción es el territorio que habitan muchas de sus piezas. La voz funciona como una presencia desplazada: alguien ya no está ahí, pero su vibración sigue ocupando un espacio.

Esa reflexión también alcanza la experiencia cotidiana. Santana recuerda que basta hacerse una pregunta en silencio para descubrir que incluso el pensamiento posee una voz. Desde ahí, explica, surgieron muchas de las obras que ha desarrollado durante los últimos años. AP: “La voz también es esta forma de hacernos presentes y de estar en conexión con más gente”, dice. Es, además, “un vehículo de las ideas que nos lleva a ser empáticos uno con el otro”.
Más que desarrollar proyectos aislados, la artista trabaja a partir de investigaciones de largo aliento que avanzan durante varios años. Actualmente desarrolla una dentro del Sistema Nacional de Creadores, un proceso que convive con piezas más inmediatas, realizadas para exposiciones o ferias. Sin embargo, la frontera entre ambas nunca es definitiva. Una obra menor puede abrir una línea completamente nueva de investigación.
Así ocurrió con “Toponimia”, un proyecto que nació después de producir una pieza visual aparentemente independiente. AP: “La vi enmarcada y pensé: esta pieza la hubiera hecho así. Y eso me llevó a otro proyecto que actualmente es muy grande.” Para Santana, las ideas nunca permanecen inmóviles; evolucionan conforme aparecen nuevas preguntas.
Le pregunto si genera trabajo consciente de la audiencia o si lo hace para ella, y explica: AP: “el arte tiene tres etapas. Una es que yo quiera decir algo, otra es hacerlo y publicarlo, y otra es que tú lo entiendas”. Esa última instancia escapa completamente al control del artista. AP: “Tú vas a leer algo y vas a percibir algo muy diferente a como lo va a percibir otra persona.” Lejos de considerar esa distancia como un fracaso, la entiende como una condición inevitable del hecho artístico. AP: “Lo puedo hacer para mí, pero se convierte en arte en el momento que lo hago público.”

Inevitablemente, Guadalajara también atraviesa su trabajo. Es una fuente constante de materiales, conocimientos y formas de colaboración. La cerámica, por ejemplo, forma parte de su historia familiar: su madre ha sido ceramista toda la vida y su hermana también trabaja con ese material. Antes había ocurrido algo similar con la imprenta, oficio de su padre. Ambos universos terminaron filtrándose en su práctica artística. AP: “He trabajado con materiales inmediatos, de mi contexto inmediato, es una ventaja poder preguntar alguna duda técnica a mi mamá o mi hermana”, explica. La proximidad con talleres, proveedores y saberes técnicos convirtió la cerámica en una herramienta natural para pensar la escultura.
La ciudad misma terminó moldeando otra dimensión de su trabajo: la comunidad. Frente a una infraestructura institucional más reducida que la de la Ciudad de México, Santana describe una escena donde buena parte de las iniciativas nacen de los propios artistas. Ella creó Oficio y Experimentación (OYE), un espacio dedicado a conciertos, talleres y pro- yectos vinculados con el arte sonoro y las prácticas experimentales. Antes también se formó en el Laboratorio Sonoro, otro proyecto autogestivo. A.P: “La mayoría de las cosas que pasan en Guadalajara son gestionadas por los mismos artistas”, afirma. Esa colaboración cotidiana responde a una afinidad creativa y a una manera compartida de producir: montar exposiciones, intercambiar conocimientos o simplemente reunirse para ayudar a terminar una pieza antes de una fecha límite.
La música y la literatura acompañan constantemente ese proceso. Entre sus referentes aparecen Brian Eno, Patti Smith, Abraham Gragera, Chantal Maillard, así como artistas sonoras como Concepción Huerta, Leslie García, de Interspecifics, AP: “me inspiro siempre de otras mujeres”. La escritura continúa orbitando alrededor de su práctica y quiere regresar a ella. Nunca ha dejado de estar presente; simplemente ha encontrado otras formas de hacerse escuchar.
Rodrigo De N. Colmenero está cumpliendo 10 años de trabajar en comunicación de moda. Ha hecho de todo: editado medios, dirigido campañas, entrevistado a sus máximos y sobrevivido al freelanceo editorial —comprobando que sí hay forma de hacer camino—. Lleva los mismos 10 años dando clases, promoviendo la crítica, la autorreflexión y las tareas sin IA, aunque a ratos le parece una misión imposible.
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