Cartier: #LaCulturaDelDiseño

7 íconos de la maison

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fotografía Fernando Etulain
texto Isabel Abascal
toda la joyería y relojería Cartier

Siete piezas de la maison Cartier. Tres fueron diseñadas hace más de 100 años, tres más en la segunda mitad del siglo XX, y tan sólo una en las últimas dos décadas. Sin embargo, todas consiguen conjugar lo clásico con lo contemporáneo a partes iguales. Pequeñas criaturas inmortales con una historia que contar.

 

También el mejor diseño mexicano parece haber estado ahí desde siempre, decidido a quedarse para siempre. Este artículo reúne siete joyas nacionales inestimables de la arquitectura y el diseño mexicano que comparten ciertos rasgos estilísticos con los siete emblemas del imaginario de Cartier.

 

Trinity y el Espacio Escultórico

Dicen que una noche del año 1924 Jean Cocteau soñó con los anillos de Saturno. A la mañana siguiente, el poeta francés le pidió a su amigo Louis Cartier un anillo triplemente saturnino que lo conectase para siempre con el planeta de la melancolía. Tres aros de tres oros: amarillo, rojo, platino, que Cocteau lució para siempre en su dedo meñique.

 

Para sentirse en otro planeta, la Ciudad de México guarda lugares tapizados con la lava basáltica solidificada del volcán Xitle. Entre ellos, el Espacio Escultórico [ubicado en el Centro Cultural Universitario de la UNAM, Ciudad de México]. “Un reloj solar, mandala telúrico; centro ceremonial prehispánico del siglo xx, espectáculo para espectáculos, susceptible de múltiples lecturas y funciones”, en palabras del filósofo Joaquín Sánchez MacGrégor.

 

Una obra de arte público monumental a cargo de los artistas Federico Silva, Helen Escobedo, Hersúa, Manuel Felguérez, Mathias Goeritz y Sebastián, que quiso plasmar, en concreto martelinado, un sueño cósmico.

 

Juste un Clou y el Atrapanovias

Ya lo dice su nombre. La magia de Juste un Clou reside en ser lo que es, simplemente un clavo. En un mundo en el que no siempre decimos las cosas claras, encontrar un objeto que hace honor a su nombre siempre es reconfortante. Eso debió pensar el joven diseñador italiano Aldo Cipullo, allá en la Nueva York de los años 70, cuando desarrolló esta pulsera, estandarte de la Nail Collection.

 

Esa sonrisa que arranca la sencillez de Juste un Clou —Justo un clavo—, es la misma sonrisa que, en las clases de francés de la escuela, me inspiraban la palabra papa: pomme de terre —manzana de tierra— y la palabra ochenta: quatre-vingts —cuatro veintes—. Hermosas en su literalidad.

 

En mi primera visita al mercado de Oaxaca, un amigo me convenció para que colocase el dedo en un juguete aparentemente inofensivo, el Atrapanovias. Resultó ser exactamente eso, un objeto que sirve para atrapar a una novia, o a un novio, y no dejarlo ir más. Mal imaginaba yo que acabaría quedándome en México y casándome con mi amigo. Así la fuerza de las palabras.

 

Ballon Bleu y la escultura de Kiyoshi Takahashi

Así dice Julio Cortázar en sus Instrucciones para dar cuerda al reloj:“Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente.”

 

Quizá para tratar de evitar la muerte, los relojes han ido perdiendo sus coronas de cuerda. Esas diminutas y generalmente estriadas piezas que desde su posición a las 3 horas pueden cambiar el curso del tiempo. En Ballon Bleu, sin embargo, la corona vestida de azul se vuelve protagonista. Una joya giratoria enmarcada dentro de una circunferencia de metal.

 

La corona y el anillo que la protege se acarician apenas. Se besan como se besan las dos piscinas de mármol de Carrara que Félix González Torres imaginó un día y que sólo llegarían a realizarse después de su muerte. Así también se besan las dos esferas truncadas que Kiyoshi Takahashi realizó para la Ruta de la Amistad. Era 1968 y el escultor japonés radicado en México contribuía al más largo corredor escultórico del mundo con la obra Sol. Un sol doble y blanco que, observado a la velocidad del coche, parece estar completo.

 

También la velocidad es una trampa del tiempo. No tenga miedo.

 

Santos y la Biblioteca Vasconcelos

Antes de Santos Dumont, nadie había volado a bordo de un avión a motor. Habrá quien diga que los hermanos Wright, pero ésa ya es otra historia. “Por cielos nunca antes navegados”, decía la medalla de oro que el presidente de Brasil —Alberto Santos Dumont era brasileño— envió al aviador cuando éste logró la proeza de rodear la torre Eiffel en un tiempo récord con su dirigible Número 6.

 

Y sin embargo, a Santos le faltaba algo. Así se lo confesó a su amigo Louis Cartier. En una época en que los caballeros usaban reloj de bolsillo, el piloto necesitaba un reloj que pudiese consultar fácilmente mientras volaba.

 

Santos de Cartier nace con su geometría cuadrada, sus manillas azules, sus grandes números y sus tornillos expuestos en contra de la tradición relojera de ocultarlos. Es esa voluntad de mostrar lo que suele estar oculto que me hace pensar en la Biblioteca Vasconcelos [del arquitecto Alberto Kalach, 2006, Ciudad de México] con sus reflejos azules y sus estanterías metálicas repletas de libros volando, como Santos Dumont, sobre el vacío central.

 

Love y el Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo

La expresión del amor no es una pareja inseparable. Todo lo contrario. La pulsera Love está formada por dos arcos semiovales que se atornillan uno a otro para quedar unidos. Lo cual implica inevitablemente que también pueden desensamblarse —el destornillador viene incluido en la caja de compra.

 

Es 1930 y el joven arquitecto Juan O’Gorman recibe un encargo muy especial. Diseñar una casa para el artista Diego Rivera y otra casa para su mujer, la pintora Frida Kahlo, ambas con estudio [en el barrio de San Ángel Inn, Ciudad de México]. El osado proyecto significó un antes y un después para la historia de la arquitectura en México. Quizá también para la historia de las relaciones amorosas en México.

 

Dos volúmenes de concreto. El mayor: rojo y blanco, Diego. El menor: todo azul, Frida. Ambos conectados por una ligera pasarela que los comunica en su parte superior. Vivir juntos, pero ser independientes. Una pareja que contrajo matrimonio dos veces. Una pulsera eterna diseñada en 1969.

 

Tank y la Silla México

El que fuera —probablemente— el arquitecto más inventivo del siglo xx, ni siquiera era arquitecto. Buckminster Fuller y su obra multidisciplinar escapan, de hecho, a cualquier intento de categorización. Uno de sus textos más famosos de 1983, comenzaría diciendo: “War is obsolete —La guerra es obsoleta—”. En su entendimiento visionario del futuro, para que la humanidad pueda progresar es necesario que ocurra una transformación del weaponry al livingry. Es decir, que la energía que se invierte en el diseño bélico se reconduzca hacia el diseño de lo doméstico.

 

La Primera Guerra Mundial aún se estaba librando en Europa el año en que Louis Cartier se inspiró en un tanque militar para crear el reloj Tank. Dos piezas paralelas definen su geometría: las angarillas de oro que equivalen a las orugas. El contraste entre esas líneas brillantes y el brazalete de piel remite a la relación entre la estructura de acero cromado de la Silla México y su cálido asiento de tule. Concebida por Diego Matthai en 1970, la Silla México también se inspira en un diseño de sobra conocido, la tradicional silla mexicana de madera. Puro livingry.

 

Panthère y los icpalli

Una mujer pantera. Sofisticada, ágil, fuerte y creativa. Jeanne Touissant en 1914. Cuando Jeanne conoce a Louis Cartier, lo invita a ir a Kenia a ver panteras. Ella parecía salida de la acuarela que George Barbier había pintado para Cartier donde una mujer esbelta sostiene un larguísimo collar. A sus pies, mitad espíritu protector y mitad animal de compañía, descansa un gran felino.

 

Poco más hace falta para que el espléndido animal se convierta en la seña de identidad de la marca Cartier. Presente en muchas de las joyas de la maison, la pantera se transforma en reloj en 1987 de la mano de un brazalete flexible con movimiento sinuoso. La textura inolvidable de esa pulsera es la textura del trenzado de tule con que se confeccionan los icpalli (asientos) de Txt.ure. La técnica artesanal es la misma que se usaba en la época precolombina cuando las panteras mexicanas, los jaguares, recorrían sin miedo las selvas. No hay dos asientos de tule iguales. No hay dos jaguares iguales. Y además cada uno de los quizás 4 800 que quedan en libertad, es una joya preciosa.

 

cartier.mx

 

#ALV192

 

 


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