El arte del embargo

Condenadme, no importa, la historia me absolverá

1809
texto Ludwig Godefroy
fotografía Fabiola Zamora

«Condenadme, no importa, la historia me absolverá.»

 

Ésas son las ilustres palabras de conclusión de la autodefensa, pronunciadas en 1953, seis años previos a la legendaria revolución cubana, ante el juicio por el asalto frustrado del 26 de julio contra el cuartel Moncada de Santiago de Cuba; palabras de un joven abogado de 27 años, que enfrentaba en aquella época una posible condena a muerte. Su nombre era Fidel Castro.

Escuela de Artes Dramáticas

 

La insolencia es la virtud de los jóvenes, aquella gente que no tiene por qué hacer compromisos, si su objetivo es definir los tiempos nuevos, escribir el futuro.

 

Si mañana nada será como antes, ¿por qué brindarle consideración y respeto a lo establecido?

 

En el choque se manifiesta el futuro, el que llamamos insolencia, simplemente porque tiene que ocurrir en nuestro presente, rompiendo el marco de la larga y respetable tradición.

 

La revolución cubana es la consagración de la insolencia elevada en postura política, única relación que se podía instaurar con su interlocutor cuando ya ninguna relación era posible. La insolencia coronó la ruptura total entre lo antiguo y lo nuevo, entre lo que había sido y lo que tenía que ser, matando a su paso los hábitos del pasado para poder borrar las fronteras sociales.

Escuela de Ballet

 

En Cuba, el mito alcanza la realidad continuamente, y las dos cosas llegan a convivir en un mismo espacio. Cuba, isla física, isla temporal, apapachada por la nostalgia, la de la revolución de 1959 y sus héroes, por un lado, y del otro la paradójica invitación a revivir la leyenda de su época dorada prerrevolucionaria de los 50. Mojito en la mano derecha y daiquirí en la izquierda, a la manera de Ernest Hemingway, se sigue dando la celebración de esos cocteles abundantemente cargados en azúcar y alcohol de caña, planta de la esclavitud cubana que trajo, barco tras barco, la cultura africana al país en la época colonial española.

 

« Soy Cuba,
mi azúcar se la llevaban en sus barcos;
mis lágrimas me las dejaban.
¡Extraña cosa es el azúcar, señor Colón!
Tanto llanto en ella, y, sin embargo, es dulce.»

 

Es lo que describen estas palabras, apertura de una película que trata de la historia de Cuba, desde su esclavitud generada por la cultura de la caña de azúcar, responsable de una profunda fractura social consecuente entre un pueblo vuelto muy pobre a merced de sus ricos terratenientes. Con su revolución cubana, Fidel Castro se opuso a la repetición de este modelo de superioridad racial blanca, derribando a Fulgencio Batista y a toda su burguesía. Escrito en 1964, al salir de un casi conflicto nuclear mundial durante la crisis de los misiles de 1962, en plena Guerra Fría y el momento culminante de tensiones entre Estados Unidos y la URSS, el director soviético Mikhaïl Kalatozov nombra proféticamente su relato: Soy Cuba.

 

En efecto, la URSS iba a tomar un papel protagónico en la isla. Después de cuatro siglos de dominación española, derrotada en 1898 por Estados Unidos, quien tomó el control de Cuba y sus exportaciones de azúcar, había llegado el momento para los soviéticos de dejar de endulzar su café con betabeles para saborear, a su vez, la exquisita caña cubana. Entró en marcha la ineluctable socialización de un país y su sistema entero, hacia el establecimiento del icónico comunismo barbudo de Fidel Castro, provocando el feroz embargo estadounidense de 1960 (oficializado por Kennedy en 1962), a raíz de las expropiaciones norteamericanas y los profundos desacuerdos políticos entre los dos países.

 

En 1961, en este contexto dual, compartido entre euforia del reciente triunfo de la revolución y su clima de utopías al alcance, mezclado con la amenaza del embargo por venir, Fidel Castro y el Che Guevara se imaginaron el proyecto de las escuelas nacionales de arte de Cuba, lugar soñado para desarrollar el talento de los jóvenes de todo el tercer mundo. Los dos acudieron a un partido de golf en el altamente simbólico Country Club de La Habana —lugar de lo más aristócrata en la ciudad de aquella época—, y decidieron convertir este gran parque arbolado en un terreno de juego a favor de la creatividad, llenándolo de vida y estudiantes. Fidel Castro pidió naturalmente el proyecto como: “las mejores escuelas de arte”, pero no se refería nada más a Cuba, sino al mundo.

Escuela de Ballet

 

Al ser de los primeros grandes proyectos de la revolución, al regresar un pedazo de territorio elitista al pueblo cubano, las escuelas de arte tenían que lidiar con el reto de expresar una nueva libertad reconquistada, una reunificación social por venir, así como la definición de la imagen de lo que podía ser una nueva cubanidad. Sostenido en los primeros años por cierta exuberancia de juventud de los nuevos líderes, el colosal proyecto, fruto de un verdadero trabajo revolucionario de reinvento de identidad, desafió las restricciones provocadas por el embargo.

 

Se planearon cinco edificios únicos, gigantes hechos de tabique, propuesta de sus tres arquitectos:

 

Ricardo Porro (artes plásticas, danza moderna y folclórica).

Vittorio Garatti (ballet, música).

Roberto Gottardi (artes dramáticas).

 

Los edificios fueron integrados de forma orgánica a su nuevo entorno, creando así espacios abiertos, sin entrada ni salida principal, libres de deambulación y recorridos, rescatando la esencia original del jardín y su naturaleza tropical, enriquecido por un proyecto a favor de la «Nueva Cultura» hacia la indispensable educación del «Hombre Nuevo», según el Che Guevara. El proyecto se burló de la escasez en cemento y acero de importación que tuvo que enfrentar en este entonces, abriendo el camino al uso de materiales locales y sistemas constructivos ancestrales basados en la bóveda y su curvatura, alternativa a las clásicas vigas consumidoras de concreto armado.

Escuela de Artes Dramáticas

 

La respuesta a la falta de materiales fue voltear hacia el uso de conceptos inspirados en la arquitectura vernácula como punto de partida del proyecto, desencadenando así una nueva modernidad y estética para la arquitectura cubana, transformando las restricciones en aliados y los conocimientos del pasado en futuro.

Escuela de Ballet

Escuela de Artes Dramáticas

 

Hoy, casi 30 años después de la caída de la URSS, las calles de Cuba siguen contando este episodio del advenimiento soviético, donde los coches marcan las diferencias ideológicas que rivalizaron durante la guerra fría: Estados Unidos trataba de convertir el mundo al capitalismo y su enemigo trataba de socializarlo.

 

Por un lado de la calle están los populares Ladas cuadrados, expresión sobria del sistematismo comunista, los cuales vinieron a suplantar los emblemáticos y extravagantes coches vintage norteamericanos, impetuosos y arrogantes de belleza, siempre amados. Los coches son parte de la memoria de este país, y sus dos estéticas radicalmente opuestas son el reflejo de la lucha y del cambio de valores que acompañó la revolución.

 

En 1965 y después de superar el embargo, las escuelas de arte no tardaron en conocer el mismo destino que los coches y enfrentarse a este cambio y a la rigidez del sistema soviético, así que el endurecimiento de la postura política de Fidel Castro y su comunismo. En una situación económica fuertemente subsidiada por la URSS, el proyecto tropezó con la realidad soviética, a favor de una arquitectura racional y eficiente, basada en la prefabricación, reemplazando entonces la curva libre por la línea recta. Las escuelas fueron duramente condenadas y su diseño tan único llegó a voltearse en su contra, juzgado como egocéntrico, y dirigido por una minoría de arquitectos que aún perseguían unos ideales aristocráticos de belleza subjetiva.

Escuela de Artes Plásticas

Escuela de Danza Moderna y Folclórica

 

El proyecto fue considerado improductivo, y ese mismo año (1965), su construcción se detuvo. Solamente dos de los cinco edificios —artes plásticas y danza—fueron terminados por completo.

 

Todas las construcciones fueron declaradas acabadas en sus diferentes estados de avance de obra, más o menos parcial, vueltos entonces estados más o menos avanzados de su nueva condición de ruina, decisión que unió su vida a su muerte en un gesto único. La ruina expresa esta contradicción del tiempo desaparecido a través de la persistencia en nuestro presente, de un elemento del pasado en su estado de recomposición.

Escuela de Ballet

El mito y sus héroes. Al igual que la revolución, cuya naturaleza es morir el mismo día de su triunfo para acceder a su posteridad y así dejar un pedazo de pasado en nuestro presente para siempre; en otras palabras, alcanzar su ruina y de semejante forma el acceso a un tiempo eternizado.

 

Todas las revoluciones son jóvenes, pero ninguna está hecha para envejecer. Es lo que me sopló este mítico Ford Thunderbird convertible verde pistache 1956, una bella y asoleada mañana de junio, al fumarme su escape en el malecón de La Habana, rumbo a las escuelas nacionales de arte de Cuba.


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