Graciela Iturbide, Heliotropo 37

#MañanaEsHoy

1403
fotografía Fabiola Zamora
texto Juan Carlos Martín


film

dirección Juan Carlos Martín
fotografía Leo Calzoni
producción Renné Sotelo
música Manuel Rocha
edición Jeanette Russ
sonido David Fournier
diseño de audio y mezcla Matías Barberis
post producción Eduardo Lamas
casa productora Terciopelo Films
colorista Raúl Ballester

Mi mamá fue a la primera persona a la que escuché hablar de Graciela Iturbide cuando yo era muy niño. “la Chata”, le decían. Mi madre la conocía porque sus hijos, Manuel y Mauricio Rocha y yo, asistíamos a la misma escuela. El Cipactli fue uno de esos experimentos educativos de los años 70 que intentaban huir de una educación convencional y priista, que era lo que privaba entonces. En el Cipactli creíamos en la posibilidad de un país más justo, más libre, menos clasista, menos conservador. Teníamos la sensación de que cambiar al mundo era posible.

 

Mi madre hablaría siempre con una enorme admiración por Graciela, como mujer y como artista; le llamaba la atención que fuera de las primeras divorciadas que ella conocía, eso le producía una mezcla de miedo y curiosidad. Graciela estudiaba cine en el CUEC, cosa que era muy extraña y única para la época, además de ser la achichincle del gran fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo.

 

La presencia de Graciela gravitaba en nuestras pláticas familiares; por esa época acababa de hacer un libro de fotos con textos de Luis Carrión García (uno de los mejores amigos de mis padres), acerca del festival de música de Avándaro, siendo, tal vez, el único registro serio que existe del evento.

 

 

Ya luego en mi adolescencia, cuando Manuel, Mauricio y yo jugábamos en el mismo equipo de fútbol y yo acababa de entrar a la escuela de Cine, fue cuando volví a verla. Pasábamos tardes enteras en su casa del “barrio rico de Coyoacán” (como a ella le gusta decirle). Era la casa de Graciela y Pedro Meyer y contaba con una impresionante biblioteca. Ahí tuve la oportunidad de descubrir a Brassaï, Robert Frank, Sebastião Salgado, Josef Koudelka, Nan Goldin y a infinidad de fotógrafos.

Impulsados por todo lo que estábamos descubriendo, varios de nosotros convencimos a Pedro Meyer de organizar un taller de foto, y así empezó el taller de los lunes, un espacio para discutir de foto y hacer imágenes. Por ese taller pasaron Emmanuel Lubezki, Gabriel Orozco, Manuel y Mauricio Rocha, Carlos Somonte, Eniac Martínez, Rubén Ortiz, Laureana Toledo… estábamos ávidos de aprender y la presencia cercana de Graciela y su trabajo eran un lujo, un impulso, un ejemplo para todos.

 

Mi siguiente encuentro con Graciela sucedió en 2008, año en el que fue reconocida con el premio Hasselblad de Fotografía, un equivalente al Nobel de literatura. Manuel, su hijo, me propuso hacer una pieza en video —él haría la música— que se presentaría durante la ceremonia. De manera espontánea tomé los libros de Graciela y me puse a jugar con mi cámara de Super 8. Tuve entonces la oportunidad de concentrarme en sus imágenes y de entender la profundidad de su trabajo: donde la poesía, la muerte, la literatura y la luz encuentran formas únicas de expresar su misterioso y apasionante mundo interior.

 

Finalmente, hace unos días, la Revista 192 me invitó a hacer una nueva pieza de video y una entrevista para hablar de su retrospectiva en la Fondation Cartier, en parís. Han pasado casi 50 años desde que escuché el nombre de Graciela Iturbide por primera vez, y en ese tiempo su trabajo y su personalidad no han hecho otra cosa que crecer.

La entrevista sucedió en su estudio, construido por su hijo Mauricio (tal vez el mejor arquitecto mexicano de mi generación), una “fabriquita de ladrillo” en el barrio “pobre de Coyoacán”. Un espacio que le permite trabajar, ver buenas películas con sus nietos y recibir a los curadores para mostrar las impresiones de sus fotos. Pasamos unas horas mágicas filmando el lugar; bebimos tequila, fumamos cigarros y yo disfruté, enormemente, tener la oportunidad de platicar con una leyenda.

 

toda la joyería Cartier

Juan Carlos Martín (JCM): Cómo empezó la idea de este estudio…

 

Graciela Iturbide (GI): Vivo en este barrio desde hace mucho tiempo. Mi casa, que está a una cuadra del estudio, la hizo mi hijo Mauricio (Rocha) cuando tenía 25 años. Un día vi que vendían este terrenito, y, como yo ya no quepo en mi casa porque es muy pequeña, le dije a Mau que lo compráramos y me hiciera una fábrica de ladrillo, porque me encanta el ladrillo. “Una fabriquita en la que yo no vea para afuera y que sea de ladrillo.” Un lugar solitario para estar bien encerradita y poder trabajar.

Quería varias plantas: un espacio abajo, otro para ver películas con mis nietos —para que aprendan a ver películas buenas como del neorrealismo italiano—, y el piso de arriba donde está todo mi acopio de prints, para cuando vienen de algún museo y quieren ver copias fotográficas. Aquí vengo a trabajar, y como viajo mucho, divido el tiempo entre mi casa (donde tengo los negativos) y aquí.

 

JCM: ¿Cómo fue tu relación con Manuel Álvarez Bravo? ¿Cómo empezó, cómo te influenció y qué aportó a tu vida esa experiencia?

 

GI: Empecé a estudiar Cinematografía en el CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos) y ahí daba clases Manuel Álvarez Bravo. Yo tenía solamente un libro de él que había comprado en La Lagunilla, de cuando expuso durante las Olimpiadas. Un día lo vi comprando material fotográfico y yo también estaba en la cola, así que me acerqué a él y le dije: “ay maestro, yo sé que usted da clases en el CUEC, ¿puedo ir a sus clases?” “Claro que sí, Graciela”, me dijo. Al día siguiente yo ya estaba instalada en sus clases. A los dos días me dijo, “oiga, Graciela, y ¿usted quisiera ser mi achichincle?” Para los que no sepan quién es un achichincle, es una palabra náhuatl que significa “el ayudante del albañil, ayudante del pintor, el ayudante de todo”. Yo le respondí,“pero maestro, claro que quiero ser su achichincle”. Empecé a ir todos los días con Álvarez Bravo. Dejaba a mis hijos en la escuela y me venía al barrio del Niño Jesús (donde él vivía) y por eso yo vivo aquí.

 

Más que enseñarme de fotografía, Álvarez Bravo me enseñó de la vida. Cuando empecé a trabajar con él, entendí quién quería ser yo. Fueron sus pláticas acerca de los muralistas, de los pintores, sus lecturas, la música que escuchábamos en la tarde (que era ópera), lo que me permeó. Él era un hombre totalmente poético y aprendí a apreciar todo eso. Vengo de una familia muy conservadora y había tenido una educación completamente represiva, a tal grado que yo quería estudiar literatura y ser escritora, pero mi padre me dijo: “no, no, no, una mujer no puede ir a la universidad, las mujeres son para casarse, atender a sus hijos y demás”. Soy la mayor de 13 hermanos y, curiosamente, la mayor, que nunca sucede, es la que se salió del redil.

 

Estuve interna muchos años en una escuela que se llama El Sagrado Corazón, donde tenían una biblioteca del Siglo de Oro español, porque, como te imaginarás, en la escuela de monjas no había literatura moderna. Yo podía tomar todos los libros de la biblioteca y, curiosamente lo que me comunicó con Álvarez Bravo fue las lecturas que yo había tenido en ese convento: El Quijote, Quevedo, todos estos autores que por gusto había leído. Y es que muchos de los títulos de las obras de Álvarez Bravo tienen que ver con los autores del Siglo de Oro español.

 

Álvarez Bravo me enseñó la libertad de ser lo que uno quiere, sea para mal o sea para bien. Entré por la puerta grande, sin querer, fui a estudiar Cine, me encontré con él y para mí fue como “existe otra vida, la que yo quería, lo que yo siempre había tenido en mi corazón”.

 

JCM: ¿Y en qué momento, ya estando trabajando con Álvarez Bravo, empezaste a hacer tus fotos y te diste cuenta de que tenías un ojo y que la fotografía producía algo que te conectaba con la vida?

 

GI: Yo estudiaba Cine y realmente quería ser cineasta, pero para una mujer en los años 70 era muy difícil. Se necesitaba mucha fuerza física para sostener una cámara de 16 o de 35 mm, por ejemplo. No tuve ningún problema con los hombres; de hecho, yo soy feminista y mis compañeros y maestros fueron lindísimos conmigo. En ese momento estaba casada, tenía tres niños, pero iba en las noches a estudiar al CUEC. Hice dos peliculitas chiquitas, una es sobre José Luis Cuevas. Además, para hacer cine necesitabas de un equipo muy grande y, ya estando con Álvarez Bravo, vi que era más fácil viajar con una o dos cámaras e irte por el mundo, en soledad.

Yo soy solitaria, vivo en mi universo. Vi que con la cámara de foto podía ir por el mundo, conocer mi país. Y eso es lo que empecé a aprender con Álvarez Bravo: primero en las fiestas que iba con él aquí cerquita, y después ya por mi cuenta, conociendo lugares como Juchitán, como la tierra Seri o como Chalma. De esta forma, para mí era más fácil acercarme porque tenía complicidad con la gente, vivía con ellos; en Juchitán con las mujeres, que era maravilloso porque no nada más tomaba fotos, sino que vivía con ellas, dormía en sus casas. Era muy fácil para mi caminar por las calles, estar en las comunidades, establecer contacto con ellos, aprender. Siempre he dicho que la cámara es un pretexto para conocer el mundo.

 

JCM: ¿Por qué has preferido la foto análoga a la foto digital?

 

GI: Yo hago fotografía análoga. Como tú sabes, nunca he hecho fotografía digital y ahora Sony me regaló de premio una camarita digital y todavía no la puedo abrir y sacar de la caja. Tengo un ritual con la foto análoga —de revelar, ver mis contactos, cortarlos, ponerlos en una caja, después rechazar lo que no quiero.

 

La cámara me da la oportunidad de conocer el mundo y la cultura del mundo y de tener relación y complicidad con las gentes. No nada más en México, en todo el mundo —en la India, en Madagascar, en Italia—. La cámara te ayuda y también te protege.

 

JCM: ¿Crees en algo?

 

GI: Soy agnóstica, no creo en nada, pero me gusta leer la Biblia, sobre todo el Cantar de los Cantares. Soy muy mística, me gusta San Juan de la Cruz, Sor Juana Inés de la Cruz, Santa Teresa y los sufís. Y más ahora que fui a las Islas Canarias y vi que estaban los volcanes, la lava, el mar, entendí la evolución del hombre. Ahora sé que vengo de un chango y estoy feliz de venir del mono porque es una evolución maravillosa.

 

JCM: ¿Qué papel tiene la imaginación en tu fotografía?

 

GI: Cuando empecé a hacer la serie de “Los pájaros”, leí un libro de San Juan de la Cruz que tiene un poema muy bonito que se llama “El pájaro solitario”. Se trata de un poema muy místico que tiene que ver con el vuelo de los pájaros y con lo que ellos llaman Dios. Todo esto me ha alimentado en mi fotografía. Creo que la imaginación es el pozo donde llueve la fantasía, porque para un fotógrafo, para una persona que tiene una disciplina creativa, la imaginación es muy importante.

 

Cuando ves algo que te maravilla, en ese instante sucede una especie de cedazo donde lo que has leído, lo que has aprendido, la música que has escuchado, se congregan en tu imaginación, y eso tiene que ver con la gente que admiras, con la gente que has querido, con la gente que está en tu corazón, con aquello que tú eres.

 

JCM: ¿Qué es lo que te hace vibrar cuando tomas una foto, qué te emociona?

 

GI: Reacciono ante la sorpresa. Puedo ir caminando por las calles de México, en las comunidades indígenas donde empecé, o en Roma, o en Madagascar, y cuando la sorpresa me toca, es cuando aprieto el botón de la cámara. Si no tengo sorpresa, no puedo ser fotógrafa. Tiene que haber algo que me maraville porque lo que me ayuda a tomar fotos es la pasión y la sorpresa, pero sobre todo la sorpresa.

 

JCM: Y como fotógrafa, como ese ser solitario, ¿Cómo trabajas? ¿A qué horas del día sales a buscar tus imágenes?

 

GI: En Roma salía a las cinco y media de la mañana, tomaba un croissant con un café con leche y caminaba por toda Roma. Me sorprendía la ciudad trabajando. Lo único que tenía en mi mente era ir a donde había muerto Pasolini, porque leí mucho sobre él, sobre todas sus películas, sus ensayos, su poesía. Me encanta su vida. Él es un hombre anárquico. Me encanta la anarquía.

 

JCM: Cuando emprendes un viaje, ¿hay algún libro en tu cabeza, algo que has estado leyendo, anécdotas que se manifiestan a la hora que disparas?

 

GI: Generalmente cuando voy de viaje no tengo ningún plan. Por ejemplo, si voy a la India, empiezo a leer cosas del país, empiezo a hablar con la gente en cuanto llego, empiezo a tener complicidades, y ahí me voy involucrando de acuerdo con lo que estoy leyendo y de acuerdo con lo que estoy viendo. O viceversa, tomo libros que me acaban de explicar lo que yo presiento, como para terminar de completar mi visión, que sea un poquito más auténtica. Pero no es que me prepare; más bien voy un poco como virgen. Y ahí empiezo a…

 

JCM: … A dejar que tu esencia se manifieste.

 

GI: Exacto, que con la sorpresa salga de mí lo que tiene que salir. Luego empiezo a leer, a reflexionar, a escribir mis notas o mis sueños, que tienen que ver mucho con lo que vivo.

 

JCM: ¿Y por qué siempre el blanco y negro? Ahora la muestra que presentas en París, en la Fondation Cartier es color, que es algo nuevo.

 

GI: En el color ves de otra manera: tienes que ver que si el amarillo va con el naranja o con el morado. En blanco y negro no, todo es una abstracción. Las luces, las sombras y lo negro están en tu cabeza, y así lo aprendí con Álvarez Bravo. El color me cuesta trabajo porque siento que no es la realidad. Yo veo la realidad en blanco y negro. Abstraigo. Cuando fotografío en color, tengo que fijarme en los tonos, en las luces.

 

 

La Fondation Cartier me pidió hacer una serie en color. Entonces, he estado fotografiando piedras, volcanes y lava, me fui a Tecali a fotografiar el color, las piedras de todas estas grandes construcciones. Traté de buscar las que menos color tenían, pero el cielo me traicionó. Me encantan las piedras porque vas conociendo el mundo y pasas del ser humano al paisaje que acompaña al ser humano, y ahorita estoy mucho en el paisaje.

 

JCM: ¿Cómo se acercó a ti la Fondation Cartier para esta exposición?

 

GI: Mira, trabajo mucho con Alexis Fabry, que tiene una editorial que se llama Toluca en París y que hace libros de autor de fotógrafos; él representa mi trabajo en Paris Photo. Alexis está muy cerca de la Fondation Cartier y a través de él me buscaron. Han sido gentes muy profesionales, muy, muy finas, que se han encargado de venir por los negativos, por algunas impresiones, y han sido muy delicados para poder hacer este trabajo. Pero para mí fue una sorpresa, nunca me imaginé teniendo una retrospectiva tan grande. Estoy muy contenta, sobre todo por la movilidad de estas personas y porque es un espacio bellísimo. Hemos trabajado casi todo este año y ha sido muy intenso.

JCM: ¿Tiene un significado especial para ti ir a París a presentar este cuerpo de trabajo?

 

GI: Por supuesto que es una satisfacción para mí exponer en este lugar, es una sorpresa. Me intriga cómo se verán mis fotos a color ya que estén colgadas. Es una gran exposición porque hay alrededor de 300 piezas. Habrá tres pisos divididos entre lo clásico, lo de color y unas fotos grandes que va a hacer Jean Pierre, un impresor belga que es maravilloso. Entonces voy un poco también a la sorpresa.

 

JCM: ¿Que significado tiene para ti la cámara?

 

GI: La cámara te da el pretexto de conocer el mundo, te resuelve muchos problemas internos. Por medio de la cámara resuelves muchas inquietudes, porque a través del visor veo todo lo que me cuestiono. Por ejemplo, cuando fotografié la matanza de cabras, sin mi cámara no hubiera podido hacerlo. Ver a las cabritas llorar, ver cómo las mataban, era muy duro. La cámara te da un filtro, te enseña, pero también te ayuda a que el dolor no sea tan fuerte. La cámara te salva. Para mí es casi más fácil ver a través del visor que ver sin él. Mi cámara me da algo que no me da la realidad, porque a través del visor veo otras cosas que he aprendido en libros, en la ciencia.

 

JCM: Tengo un libro de Jung que se llama Sincronicidad y que habla sobre cómo las coincidencias no se pueden explicar, porque para explicar un fenómeno se tiene que repetir en la realidad, y la coincidencia se sale de la realidad.

 

GI: Eso es en lo que creo, exactamente. Sueño muchas veces lo que voy a fotografiar, y creo que justamente eso es la sincronicidad.

 

JCM: Quiero preguntarte sobre tu relación con los objetos, porque todo lo que tienes en este estudio parece tener un significado especial.

 

GI: Cuando viajo y algo me llama la atención, lo traigo a mi estudio. Muchas cositas de México, libros, cositas prehispánicas… pero los objetos son como caprichos, no es que yo sea coleccionista. Si veo algo de lo que me enamoro, me lo traigo. Lo que generalmente busco son objetos que representen sorpresas, pero ninguno tiene significado particular, todo es casual. Son objetos que me voy encontrando por la vida, como las fotos que van saliendo, van surgiendo en el mundo.

 

JCM: ¿Me puedes hablar de esta serie de fotografías y de su relación con la muerte?

 

GI: Hace tiempo tuve una experiencia muy fuerte porque yo fotografiaba angelitos muertos y un día me encontré a la muerte en el camino (mientras muestra una fotografía). Fue cuando murió Claudia, mi hija. Ahí sentí que la muerte me dijo: “Basta, Graciela, ya no estés tomando niños muertos”. Fue como una terapia para mí y dejé de fotografiar eso.

 

JCM: ¿Cómo sientes que ha cambiado México, desde que empezaste a tomar fotos a la actualidad?

 

GI: Ha cambiado mucho. Cuando iba a las comunidades era muy fácil, tanto en Juchitán como con los indígenas, con los seris. Vivía con ellos, estaba en sus casas porque necesitaba tener una complicidad. Ahora ya casi no voy a las comunidades porque hay mucho narco. Por ejemplo, a las mujeres de Juchitán, que siempre traían sus joyas —que es como su banco, porque son monedas de oro, es la dote que les dieron—, el narco se las arrebata, así que ahora usan bisutería. Hay muchos tiroteos en restaurantes, muchos crímenes, muchos feminicidios. No es el México que conocí.

 

Las costumbres también han desaparecido un poco. En algunos lugares como Juchitán no, porque son de tradiciones muy fuertes, hablan zapoteco y tratan de guardar sus tradiciones. Con los seris fui hace poquito a verlos. Ya son pocos, son más pobres que cuando yo iba, y están mucho más apartados.

 

También por la moda ha cambiado. Por ejemplo, los muxes, en Juchitán —fui de las primeras en fotografiar a estos muchachos en el año 79—, son homosexuales y desde que son niños está aceptado por las madres y los padres. En ese entonces se vestían de mujer, pero eran más discretos. Ahora ya no me dan ganas de fotografiarlos porque se llenaron de parafernalia y ya no es tan auténtico. Evidentemente la cultura moderna ha influenciado mucho en todas las tradiciones de nuestro país.

 

Heliotropo 37

 

 

La exposición Heliotropo 37, de la fotógrafa Graciela Iturbide, se presentará de febrero 12 a mayo 29 de 2022, en la Fondation Cartier pour l’art contemporain en París, Francia. La exposición abarca trabajo que va de los años 70 hasta el presente e incluye un portafolio inédito de fotografías a color que fue comisionado específicamente para esta exposición. Heliotropo 37 es un homenaje al trabajo de Graciela y un ejercicio de retrato al dejar registrar fotográficamente su estudio, construido por su hijo, el arquitecto Mauricio Rocha, encargado también de la escenografía de la exhibición.

 

 

www.fondationcartier.com/graciela-iturbide


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