Un sueño que germina en los Altos de Jalisco, borroso y sin barreras limitantes, pero que llegó a cambiarlo todo. Se llama La Hacienda, un proyecto ambicioso y sorprendente, creado para darle visibilidad al tequila y sus procesos de hechura, pero que también reúne arquitectura, gastronomía y arte. La Hacienda es la casa de tequila Clase Azul México, su nuevo hogar, con 22 hectáreas de paisaje volcánico y, en el centro, tres naves que albergan los pilares de la marca tequilera: tradición, artesanía, pertenencia.
Aquí, cada eslabón es una herramienta para seguir creando, el engranaje funciona en conjunto, con poder y en pro del resultado final: el agave azul como punto de partida, la arcilla que contiene las licoreras y la materia prima que yergue la arquitectura. Visitar La Hacienda es conocer las entrañas de tequila Clase Azul.
Desde la tierra para el visitante. “La Hacienda refleja nuestra profunda gratitud hacia la tierra”, explica Arturo Lomelí, fundador de la casa tequilera, “cada elemento proviene de México y cada decisión fue tomada con la intención de honrar e invertir de vuelta en el país que nos lo ha dado todo”.
Se trata de un ejercicio de dualidades, un vínculo entre lo ancestral y lo industrial —arquitectónicamente hablando—, entre el enorme peso de los materiales con los que fue concebida y la bondad del espíritu humano que da vida a cada rincón del lugar. Ahí reside la energía del proyecto.
La Hacienda se recorre a pie. Hay un elemento sorpresa detrás de cada puerta: la de la fábrica de tequila y su maravilloso proceso de cocción y molienda hasta la destilación del líquido, o la de la cerámica, donde se vive la elaboración de cada licorera, desde la arcilla en bruto hasta la última pincelada a mano. El recorrido termina con dos puntos álgidos: la visita a la Cava de Íconos —donde suceden las catas de los productos más especiales— y OYA, el restaurante, la nueva gran apuesta de Clase Azul, que apunta a ser una revolución gastronómica en Guadalajara.

LA UNIÓN HACE LA HACIENDA
Cinco firmas de arquitectos, comisionados por Lomelí, dieron vida —encuerpo y forma— a un sueño. Aunque cada uno tuvo a cargo una edificación distinta, el diálogo entre ellos resulta en una visión colaborativa y armónica: Atelier ARS, Elías Rizo Arquitectos, Estudio Macías Peredo, Tacher Arquitectos y Huber Design Studio.
El proyecto arranca en 2016 y se inaugura en 2026. La escala es industrial, pero integra técnicas artesanales y no sólo rescata materiales de la región, sino que tiene el objetivo de honrar el territorio donde se encuentra. “Necesitábamos cinco hectáreas y el terreno tenía que estar en los Altos de Jalisco”, recuerda Arturo. “Tenía que estar cerca del aeropuerto de la ciudad de Guadalajara, tener un pozo de agua e, idealmente, contar con un casco viejo que no encontramos, así que hicimos nuestra propia interpretación, una versión moderna, pero retomando la forma en la que se construía en México en la antigüedad”.
El complejo integra la producción y almacenamiento de Clase Azul, así como la creación de sus botellas —emblemáticas, hechas de cerámica—, una boutique y el espacio dedicado a la gastronomía, OYA.
Este lugar deja atrás cualquier tipo de estigma que tengas de una hacienda tequilera. Está hecha con gente de Guadalajara, con arquitectos de Guadalajara, con la esencia de todo el territorio jalisciense. La proyección es impresionante. “Para llegar a algo así [hablando de La Hacienda], solamente puedes hacerlo cuando unes las ideas, las perspectivas y el amor por México. Y eso, además, no lo puede hacer una sola persona”, agrega Lomelí.
La Hacienda transmite ese sentimiento de pertenencia desde el tequila como foco y centro de este gran universo que se extiende hacia la arquitectura y la gastronomía. Es una nueva casa para las industrias creativas. Desde su concepción, el objetivo de Lomelí era sumar y crear un espacio colaborativo de talentos.
“Siempre he visto a Clase Azul
como la plataforma que nos
permite impulsarnos y elevar otras
manifestaciones artísticas y culturales”.
—Arturo Lomelí

LA PERTENENCIA ES UN ARMA
La Hacienda se enraíza a la tierra de los Altos de Jalisco, se funde con ella, la penetra desde lo conceptual, lo visual y lo real. Sus tres grandes edificaciones son parte de un concepto que claramente busca transmitir la cercanía a esta región especializada en el hacer tequilero.
El arraigo a la tierra es el punto de partida en la apuesta de Lomelí. “Es el eje central que te permite estar contenido para después dar vueltas en la periferia del mundo, y poder volver siempre a tu lugar: regresas a donde perteneces. Para volar hay que tener raíces profundas. Nosotros hemos volado por todo el mundo, pero no se nos olvida que nuestras raíces son mexicanas, que nuestra cultura está inmersa en uno de los referentes más grandes que tiene México: el tequila”. Tal vez el distanciamiento con tu propia tierra es lo que terminó dando otra perspectiva sobre la misma.
Aquí, además, se dialoga con la naturaleza y se le considera parte esencial del proyecto. “Hay muchos guiños arquitectónicos casi obvios: los arquitectos dejaron fugas visuales a la naturaleza. Estamos inmersos en un territorio muy especial, por eso el masterplan fue hecho para impactar lo menos posible a la naturaleza. No sólo la respetamos, sino que reforestamos plantando más de 10,000 árboles”, cuenta Arturo.

HACE 29 AÑOS
La Pinta y el Teporocho fue un tequila amateur, envasado en una botella con un sombrero, y con el que Arturo empieza su aventura como emprendedor. Corría el año 1997. “Todos los sedimentos se le caían”, recuerda sonriente Lomelí, quien aprendió del negocio mientras lo construía. En 2000 cambia el nombre a Clase Azul.
Uno de los momentos cruciales en la empresa, que detonó el cambio de rumbo, fue cuando llegaron a Los Cabos (2006). “Veníamos de tener base en Cancún, que representaba 40% de las ventas totales, pero después del huracán de 2005, éstas se desplomaron”. Los Cabos tenía otro tipo de consumidor que exigía cercanía y autenticidad. “Entonces descubrimos la industria de lujo. Nos dimos cuenta de que muchas de las decisiones que habíamos tomado en la empresa, nos habían llevado a estar más alineados con los pilares de la industria de lujo que con la de vinos y licores”, platica Arturo.
Desde entonces, Clase Azul empezó a imaginarse de otra forma. Su público tenía (y quería) conocer cómo, dónde y por qué se hace el tequila. La idea inicial era hacer un Tequila Park en Los Cabos, y desde ahí educar sobre el destilado. Afortunadamente la idea migró a su raíz, y comenzó a germinar el proyecto de La Hacienda, pero en Jalisco. “Llegó el momento en que dijimos: lo que ahora necesitamos es un santuario en donde podamos explicar y compartir lo que somos. En 2006 nos mudamos a la zona de Los Altos y empezamos a trabajar con la familia López. Nos dieron una apertura real de conocimiento. Les ofrecimos asociarlos, pero no se dio. Fue cuando decidimos construir nuestra primera fábrica en Atotonilco, y ahí arrancamos”, recuerda.
“Clase Azul se distribuye en 118 países en todo
el mundo. Uno de los mensajes más importante
es que todo ese retorno económico regresa a
México. Invertimos ese dinero en nuestro país
porque amamos nuestra cultura.”
—Arturo Lomelí
VALENTÍA PARA EMPRENDER
No es falsa modestia, sino un estricto sentido de liderazgo que supone dirigir una empresa que ha triunfado —y por todo lo alto— en Estados Unidos y Asia, pero que de cierta forma se concentró en el exterior. Ese es el reto actual: “Mi más grande dolor —porque es autoimpuesto—, es que no seamos una marca mexicanamente reconocida en la actualidad”, apunta Arturo, rememorando ese sentimiento de no poder ser profeta en tu propia tierra. “Guadalajara es mi casa, es mi cuna. Es donde crecí. Hace algunos años pensaba: ¿por qué costará tanto trabajo transformarse en donde naciste? ¿Por qué será tan difícil ser profeta en tu propia tierra? Nosotros no hemos tenido una adecuada plataforma de comunicación de lo que somos. Hemos ganado espacios y reconocimiento sumamente importantes, que muy pocas marcas mexicanas tienen en el mundo. Pero irónicamente, no lo tenemos en México. Estamos trabajando duro para cambiar esa idea.”
Aunque Clase Azul siempre ha estado muy bien posicionada en Estados Unidos, Arturo recuerda que no creían en su autenticidad, no los consideraban productores de tequila, no creían que Clase Azul fuera su creación. En respuesta a eso surgió este santuario. “Queríamos demostrarle al mundo de las bebidas alcohólicas que sí somos productores, que no solamente hacemos el tequila, que también hacemos la cerámica, que producimos nuestra propia tapa, que nos estamos expandiendo hacia la gastronomía.” En ese sentido, ser independiente y liderar tu propio proyecto proporciona una libertad de crear sin límites que es fantástica. Sin embargo, se necesita valentía para hacerlo posible. “Hemos tenido mucha suerte”, platica Lomelí. “Séneca decía que la suerte es cuando la preparación encuentra la oportunidad, y como empresa tenemos muy arraigada la cultura de seguir preparándonos para ser mejores. Somos creadores, lo traemos en los genes”.
Como una red de seguridad, Clase Azul se ha fortalecido a través de la gente que forma parte de este gran equipo. El factor humano es su pilar y su corazón. Arturo lo sabe, lo decreta como el timón que ha sido desde el inicio de este proyecto. “Una de mis virtudes es el liderazgo. Sé construir equipos de alto rendimiento, equipos con perspectivas diferentes para buscar objetivos comunes. De hecho, es una de las decisiones que he tomado personalmente: cómo impactar de manera más positiva a través de unir equipos. Soy un patriota y sé que esto no se puede construir solo”.
“La licorera de Clase Azul es un lienzo capaz
de expresar, a través de su propio cuerpo, un
diálogo que enaltece la cultura desde múltiples
perspectivas. Es un ícono mexicano, y la pasión
con la que cada proceso se realiza de manera
cuidadosa y completamente a mano, le otorga
un valor que se percibe.”
—Sofía Solamente

EL CUERPO Y ELLAS
La licorera de Clase Azul no es folclor gratuito ni estrategia de venta. Surgió en 1999 como un objeto que pudiera tener un doble uso, cobrar vida en florero o candelabro. La idea de tener un producto upcycling no era común en aquellas épocas dosmileras. “Al principio pensamos en utilizar talavera”, recuerda Arturo, “pero debido a su composición de arcillas y al proceso al que se le somete, genera mucho plomo. Entonces empezamos a investigar sobre la cerámica de alta temperatura”. Dieron en el clavo y empezó una nueva aventura que es inseparable del producto final.
En 2024 se integra al equipo Sofía Solamente, la cabeza en la creación de las botellas, no sólo en la parte del objeto, sino del concepto. “Crear siempre será mi parte favorita”, dice Sofía, “traducir la estrategia al lienzo de nuestro cuerpo cerámico, entender los diferentes volúmenes de cada plataforma con intención y, sobre todo, con plena conciencia de los procesos que debemos medir y cuidar para lograr una ejecución impecable. Disfruto crear, conceptualizar una emoción, una idea que refleje y se traduzca en el lenguaje de Clase Azul”.
La licorera en cerámica es la expresión que, a primera vista, presenta un producto: el líquido. Sin embargo, es un concepto mucho más sofisticado y profundo: “representa el extraordinario trabajo de todas las personas que hacen posible cada pieza […] es un lienzo capaz de expresar, a través de su propio cuerpo, un diálogo que enaltece la cultura desde múltiples perspectivas”, apunta Sofía.
Este objeto, que cuando surgió nadie quería llevarlo a cabo por la complicación en su hechura, terminó convirtiéndose en un ícono mexicano. Su proceso se realiza completamente a mano y, en palabras de Sofía, ese nivel de dedicación genera un significado que trasciende su función, convirtiéndola en una pieza única y coleccionable. “La licorera de Clase Azul cuenta historias, preserva tradiciones y nos recuerda que el valor del toque humano siempre será irremplazable”, agrega Solamente.
Sofía es parte de un grupo de mujeres que lideran, junto con Lomelí, la casa tequilera —la otra pieza clave es Viridiana Tinoco, maestra destiladora—. Arturo dice que pudo seguir desarrollando su masculinidad a través de la integración de la energía femenina en la empresa. “Trabajar con tantas mujeres me hace un individuo mucho más completo; disfruto y aprecio conocer la perspectiva del lado femenino”.
LO QUE VENGA
Mi cita es con Arturo en Casa de los Leones, en Polanco. Es el nuevo recinto de tequila Clase Azul en ciudad de México. Entramos a la par y recorremos la casa juntos. Es un lugar sin igual. Nos sentamos a tomar té y la plática se extiende. El factor humano aparece continuamente en nuestra conversación como uno de los pilares de su empresa. La trayectoria de Arturo ha sido larga y, como todo buen emprendedor, ha tenido que sortear todo tipo de montañas rusas. Sin embargo, después de 29 años de la creación de su empresa, aún existe esa curiosidad de seguir experimentando. El mejor ejemplo es el santuario que recién inauguró en mayo: La Hacienda.
Su coraje como empresario abrió paso a la exploración del ser humano. Es entonces cuando las barreras entre lo personal y lo profesional pueden empezar a diluirse… para bien. “Afortunadamente no estoy fragmentado. Lo que hago en la empresa lo hago en mi vida, y lo que hago en mi vida lo implemento en el trabajo. No hay barreras”, dice. El orquestador va a seguir dirigiendo, uniendo los eslabones para que éstos ajusten el tempo y mejoren el ritmo. “Me mueve seguir uniendo esta empresa para saber que de adentro tenemos que mostrarnos hacia afuera.” Y lo va a hacer sin prisa, tomando todo el tiempo del mundo, acompañando los procesos sin empujarlos. “Hoy me siento ecuánime. Las fichas del juego las tengo yo y las voy a jugar sin prisa. Creo que esto es algo que llega con la edad”, finaliza.

“En Clase Azul, todas las ideas
deben honrar el toque humano,
el tiempo, la excelencia y el
respeto por todos los procesos.”
—Sofía Solamente
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