Xochimilcas: los eslabones que guardan la claves del vergel

#Alrevés192

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texto Sarah Aguilar Flashcka
fotografía Ana Hop

Al final volverían las mariposas… o cómo Xochimilco guarda la memoria del buen vivir (en la ciudad)

 

Se dice que hace unos 10 mil años domesticamos las plantas, pero en realidad fue un proceso en el que nos transformamos mutuamente. Empezamos a vivir imbricados en sus ciclos, incorporamos a la intimidad algunas especies comestibles que eran salvajes y nos quedamos para cuidarlas. También ellas nos arraigaron a nosotros. Xochimilco es así: un vergel de reciprocidad que recuerda que hasta hace poco sabíamos estar en el mundo haciendo que el resto de la vida abundara, pero en los últimos 100 años lo hemos ido olvidando. La palabra doméstico se asocia a la raíz indoeuropea demə, que es casa, construir, pero la agricultura convencional no está construyendo la casa compartida, la está arrasando. ¿Cómo retomamos ese vínculo con lo que nos sostiene, cómo lo reparamos? Hoy todavía están aquí los eslabones que guardan la clave.

Los xochimilcas vivos y los muertos sueñan con flores. “Mi madre me contaba que de niña las orillas de las chinampas estaban llenas de alcatraces, crecían solos. Había muchas amapolas, cempaxúchitl y alhelíes, que antes eran imprescindibles en las ofrendas de muertos”, recuerda Araceli Peralta, xochimilca y cronista de su lugar. También Juan Carlos Velasco, un productor biodinámico joven, oriundo, cuenta que “todavía cuando era niño, en verano, abrían las flores y llegaban las mariposas. Era entrar a cualquier chinampa y blanco, blanco, blanco. Mi abuelito me hizo una trampa para juntarlas y echarlas en una botella”. Su abuela llevaba las flores al mercado de Xochimilco en una carretilla y las intercambiaba con sus vecinos por maíz chinampero, calabaza, chile chicuarote, semillas nativas de unas por semillas nativas de otras. “Cultivar era un proceso largo pero muy bonito. Aprendí que jugar y trabajar en la tierra te hace distinto. La tierra es terca y para abrirla hay que ser fuertes pero nobles. Si te desconcentras, generas plagas. Tienes que estar enfocado”, agrega Velasco.

 

La templanza de las y los campesinos ha guiado las ensoñaciones chinamperas, que siguen resistiendo la devastación ecológica de la zona. Mucha de su fuerza viene de los sabores y los rituales de sus pueblos y barrios: para las mayordomías de la virgen de Xaltocan, del Niñopa o del señor de Chalma, se preparan los tlapiques, que son tamales sin masa, de pescado, de rana y antes de ajolote. Se cuecen al vapor en un comal de barro, envueltos en hoja de maíz. En las lluvias la comida es a base de hongos de la zona de montaña: carne de puerco en salsa verde con hongos clavito, por ejemplo, y tamales dulces de capulín, que también crece en esa temporada. Siempre los atoles. “La comida va de la mano de la religiosidad y cosmovisión que se vive en Xochimilco. Los que somos originarios todavía conocemos muchas familias que saben las recetas, pero hay especies que han ido desapareciendo y se perdió mucho”, lamenta la maestra Peralta.

 

Para comprender lo que se ha sacrificado en nombre del espejismo del desarrollo, hay que ir 600 mil años atrás, cuando varios episodios tectónicos formaron una cuenca cerrada en el altiplano central de México. De allí evolucionó un sistema de cinco lagos: nuestro destino lacustre. Los primeros grupos nómadas llegaron hace 12,000 años y hace 1,100 los campesinos de las orillas al sur del lago comenzaron a cultivar dentro de la subcuenca Xochimilco-Chalco en islotes artificiales. Durante el auge de la zona —de 1200 a 1521 d.C.—, el sistema ocupaba casi 70% del área del lago, con cerca de 55,000 chinampas, emplazadas en 20 mil hectáreas. Y este paisaje cultural antropizado, la naturaleza sostenedora en simbiosis con el trabajo del hombre, alimentó al Imperio Azteca, a la ciudad virreinal y en una medida importante al Altiplano Central —los valles de Morelos, Puebla, México y Toluca— hasta principios del siglo XX.

La ruta acuática más conocida era la que comunicaba a la Provincia de Chalco, al sur, con la Ciudad de México. “Por el canal de Cuemanco se llegaba a canal Nacional, en donde te encontrabas a los que venían de Chalco con sus productos. Se hacía más tráfico porque se juntaban de otros lados y se iban hasta lo que hoy conocemos como el canal de la Viga, que pasaba por varios pueblos chinamperos como Culhuacán, Iztacalco, Mexicaltzingo (hoy todas paradas del metro), hasta llegar a Jamaica. Más adelante estaba la garita de la Viga; allí muchos se quedaban porque se tenía que pagar. Los que seguían llegaban hasta Santa Anita y Puente de Roldán, cerca de la Merced, y allí vendían sus productos a pie de canoa”, traza la investigadora del INAH, Araceli Peralta. “En esta historia de despojo lacustre se cortó la conexión tan simbólica que había entre Xochimilco y la Acequia Real, a un lado de Palacio Nacional”, suma José Gabriel Castro Garza, de la UAM Xochimilco.

 

Cuando se cercenaron los canales, se limitó el comercio directo y se fue forzando la intermediación. Se impuso la dependencia que hoy persiste. Quedan sólo 500 de esas 20 mil hectáreas de abundancia. Quizá el proyecto de recuperar este territorio nos daría una oportunidad para reaprender sobre la autonomía tan necesaria en nuestro mundo amenazado por el cambio climático. Pero mientras tanto, ésta se va contando como una historia sobre la generosidad de Xochimilco, por un lado, y nuestro desatino extractivo por el otro.

 

De la chinampa primigenia al Acueducto de Xochimilco

 

La chinampa no se originó en Xochimilco como se piensa comúnmente. La arqueóloga Linda Manzanilla encontró evidencia de un sistema parecido en la zona de Teotihuacán, que pertenece al periodo Clásico (300-900 d.c.). La chinampa se puede pensar como una estrategia de adaptación y aprovechamiento en el contexto lacustre y es posible que haya surgido en varios sitios simultáneamente. Con carbono 14, en un paraje xochimilca que se llama El Japón, se lograron fechar chinampas arqueológicas de 4000 mil años de antigüedad. Los registros de los arqueólogos Raúl Ávila y Emily McClung dan cuenta de grupos humanos pequeños que ya habitaban la zona del lago. “Todavía no eran xochimilcas, eran asentamientos aislados, sus plataformas eran más pequeñas, pero el paisaje lo transformaron porque ya tenían conocimiento de los recursos, de los ciclos, del territorio; tenían cultivos de diferentes tipos, cazaban y se alimentaban de la fauna lacustre”, explica Peralta.

 

Los xochimilcas fueron la primera de las tribus nahuatlacas que salieron del mítico Aztlán, “hay quienes dicen que eso es Mexcaltitán, otros que se trata de la zona de lagos de Michoacán y los más aventurados sostienen que es más allá del límite de Mesoamérica, en la parte norte de Aridoamérica. Pero la constante es su origen lacustre. Por eso se asientan en una zona de lagos”. La historia oficial marca su salida hacia el siglo X, cuando emprenden una larga peregrinación hasta que se establecen en el sitio ceremonial de Cuahilama, en la parte cerril de Xochimilco, hacia 1196 d.C. El cronista José Farías Galindo menciona que después, en 1352 d.C., se trasladaron al islote de Tlilan, en el centro. “Yo tengo mis dudas porque se ha encontrado evidencia mucho más antigua que la de los propios xochimilcas en el centro de Xochimilco, lo cual nos habla de una secuencia ocupacional simultánea, tanto en el centro, como en la zona cerril”, anota la investigadora.

 

Durante miles de años se tejió una relación armónica entre la cultura hidráulica de Xochimilco y su entorno, pero durante el gobierno de Porfirio Díaz se construyó el Acueducto de Xochimilco como parte del proceso de industrialización de la cuenca. En ese momento se canalizó el agua de los principales manantiales de la zona a la Ciudad de México, principalmente hacia las colonias Roma y Condesa. “En una de sus crónicas Bernal Díaz del Castillo relata la magnificencia y magnitud de estos manantiales, incluso habla de que los borbotones —que habrían alcanzado los 20 metros en temporada de lluvia— rugían. Y si uno va a las Casas de Bomba que quedaron, se miran los tubos de 2 metros de diámetro que fueron necesarios para contener ese caudal”, ilustra Castro Garza, jefe de Procesos Teóricos e Históricos de la Arquitectura y el Urbanismo de la UAM. Desde el punto de vista de la ingeniería y la arquitectura, la obra era una hazaña de la modernidad, pero ambiental y culturalmente fue una condena. “Hasta ese momento los productores estaban muy comunicados y movían todo en canoas. Había también un pequeño tren que venía desde Veracruz y pasaba por San Gregorio Atlapulco, allí también podían cargar su mercancía. El tren lo retiraron para construir el acueducto y el nivel de los canales bajó rápidamente”, explica Elsa Valiente Riveros, directora general de Restauración Ecológica y Desarrollo A.C (Redes). “Todavía mis abuelos me contaban que se iban en la madrugada con sus canoas llenas de verduras a México, así decían ellos. Mi abuela preparaba gorditas, café y frijoles para que a la hora del almuerzo pudieran comer con los peones. El trayecto era largo y llevaban varias canoas. Ya para ese momento había partes de los canales que se habían secado y los peones tenían que bajarse a las orillas y jalarlas con cuerdas hasta que volvían a tener buen nivel para remar. El canal de la Viga precisamente por eso se cerró, porque empezó a bajar tanto el nivel del agua que se convirtió en un gran basurero. Mucha gente empezó a llevar allí hasta animales muertos y llegó un momento en el que era un foco de infección”, recuerda Peralta. Además de que se cortaron las vías de comunicación, se empezó a estancar el agua y los campesinos ya no podían regar sus chinampas. Para abatir la pérdida de los niveles en los canales, la decisión del gobierno fue rebombear agua del drenaje. “En esta relación de profundo desequilibrio con la ciudad, le quitamos el aguacristalina y le devolvimos nuestras cloacas”, sentencia Castro Garza. Los productores, acostumbrados a su agua de manantial, comenzaron a tener muchos problemas de plagas y enfermedades en sus cultivos. Esa oportunidad la tomaron los promotores de agroquímicos que ofrecían ayudar a remediar la nueva crisis, pero llegaron para quedarse. Años después, a finales de los 60, cuando los manantiales ya se habían secado y por presión de la población, se construyó la planta de tratamiento del Cerro de la Estrella, la más grande de Latinoamérica. Las condiciones mejoraron poco y hoy la planta opera a la mitad de su capacidad porque es muy costosa.

Por otro lado, a principios de los 80, se construye la Central de Abasto y les quita mucho mercado a los productores de Xochimilco. Las chinampas son áreas pequeñas, cuando mucho tienen dos hectáreas, y no pueden competir con las extensiones agrícolas de monocultivos a escala. Además, a diferencia de otros productores en otras regiones, los campesinos xochimilcas nunca han recibido subsidios: ni para la producción, ni una compensación por los servicios ambientales que provee la zona. Desde principios del siglo xx, por todas estas razones, ser agricultor se fue complicando. Muchos productores optaron por las trajineras turísticas y otros se fueron de empleados del Estado. “Por eso en el lago de Xochimilco hay muchas chinampas abandonadas. De las cerca de 17 mil chinampas que quedan, solo producen 3,700”, concluye Elsa.

 

Carlos y David

 

“Mi abuelo falleció cuando yo era adolescente y se cortó todo. Hoy me pregunto por qué no seguimos, pero ser campesino se veía como que eres mugroso. Mi papá y mis tíos se imaginaban un trabajo que les diera una jubilación, había otra idea de qué significaba estar bien”, cuenta Juan Carlos de 36 años, que junto con su hermano decidió retomar la actividad chinampera de su familia. David, de 29 años, agrega que “toda la vida de niños fue agricultura, pero creciendo escuchamos que no había que quedarse aquí, que había que salir y estudiar. Nos fuimos alejando de este mundo que nos decían que era el peor mundo que uno podía elegir”.

 

El proyecto urbanizador se acompañó de un relato sobre el crecimiento y el mejoramiento de las condiciones humanas, y en contraposición se heredó la creencia de que el campo y lo rural eran sinónimo de atraso. “Además de quitarle las cosas fantásticas a estos entornos naturales de las inmediaciones de la Ciudad de México, se construyó el desdén hacia lo indígena, lo campesino, lo no urbano. Y eso se apalancó de manera particular reforzando el estereotipo del indígena xochimilca: agachón, sucio, casi primitivo. Se veía en películas de la época dorada del cine mexicano, la más conocida de ellas la de María Candelaria, que exaltaban una idea de lo que era ser pobre desde la óptica dominante”, explica Castro Garza. Esa distorsión sirvió para consolidar el despojo: se siguió extrayendo el agua, pero además, al no controlar la presión urbanizadora del centralismo y el crecimiento de la población, nativa y avecinada, le empezaron a quitar territorio. “Desde los 70 comenzó a incrementarse la población en Xochimilco sin una norma, de una forma muy irregular, y con el sismo del 85 mucha gente de la ciudad buscó lugares más seguros y empezaron a llegar aquí, a pueblos muy pequeños”, observa la maestra Peralta. Para construir los nuevos asentamientos se talan muchos ahuejotes —la especie nativa que con su raíz hace una red e impide que la tierra de la chinampa se caiga—, y se usan materiales y procesos muy agresivos que contaminan aún más el agua.

 

“Con la modificación del artículo 27 constitucional en 1992, una reforma impulsada por Carlos Salinas de Gortari, se agudizó la posibilidad de extinguir el fruto bendito de la Revolución mexicana: el ejido. Y esa fue la gota que derramó el vaso. Se podía acceder a terrenos, propiedad privada subvalorada, y así la ciudad en sí misma se comió paulatinamente a Xochimilco, encapsulándolo”. Hoy, en comparación, están mejor los que no privatizaron su tierra. El ejido de Mixquic, en Tláhuac, por ejemplo, está plenamente conservado y no tiene ningún asentamiento irregular. Más recientemente ha habido mucha migración de otros estados. Estas comunidades vienen principalmente de Puebla, Oaxaca, Estado de México, Chiapas y Michoacán, ellos mismos vienen expulsados de sus contextos rurales por la violencia y el desmantelamiento de su forma de vida. “Y se viene medio pueblo y viven hacinados”, explica Araceli Peralta. “Me he preguntado por qué les gusta Xochimilco. Muchos llegan hablando su lengua de origen y aquí sobreviven como pueden, pero creo que les llama la atención el entorno, que predomina todavía el verde y son escenarios parecidos a los lugares de donde vienen. Por otro lado, esa religiosidad popular que hay en Xochimilco. Tenemos una gran cantidad de fiestas religiosas y vienen de poblaciones con una riqueza espiritual y religiosa muy similar. Pero, aunque haya coincidencias, la ocupación no planificada ha trastocado profundamente los patrones y valores culturales y territoriales. “Sí veo que la gente que viene de fuera no le importa tanto. Pienso que debería haber reglas claras para todos de cómo se debe construir, vivir y sembrar. Antes sí había un tipo de regla no escrita de que si tú siembras, tú generas tu propia semilla, y todo lo que eso implicaba. Como nos conocíamos todos, nos cuidábamos todos. Y ahora ya no es así”, concluye Juan Carlos.

 

Cuando vuelvan los manantiales

 

Lo más importante sería que vuelva la juventud oriunda para reconectarse con su herencia, a salvaguardar su territorio y entonces, en sus propios términos, convocarnos y compartir. “Siento cortadas mis raíces, todo Xochimilco está cortado. Todos traíamos una cultura bien fuerte y nos la arrancaron. Mi hermano me ha hecho observar que en el horizonte de la vista de los canales se ven iglesias, ¿qué quitaron de allí?”,reflexiona críticamente David. “¿Desde los españoles, toda la gente que ha venido a ayudar, en qué ayuda? Casi siempre se apropian del lugar, nos usan de empleados, nos aprovechan por lo que sabemos y cuando ya no les servimos, traen trabajadores de fuera, más baratos, y piensan que es normal que generen su agricultura al margen de nosotros. Siento impotencia porque es nuestra agricultura, nos corresponde a nosotros transmitirla y vivir bien de ella”. A la desconfianza legítima se suman las aspiraciones de la globalización de la cultura. “Si recorres Xochimilco, sigues viendo a los abuelos felices, trabajando su tierra, y son los que mantienen el sistema, pero esa transmisión a sus nietos que quieren ser influencers, por simplificar, se ha hecho muy complicada”, teme Castro Garza. La brecha simbólica entre una generación y otra es muy grande. El empeño de reciprocidad con la tierra no tiene lugar en el dictum contemporáneo de extraer el mayor valor con el menor esfuerzo. Y objetivamente sigue habiendo pocas posibilidades económicas y de mercado para los productores, no ha sido rentable con tantos intermediarios y tantas dependencias. Pero hoy hay más gente y proyectos que están dando esa lucha y la crisis sanitaria visibilizó la importancia de las alternativas al complejo industrial de la alimentación en términos de logística, diversidad, frescura, nutrición, sostenibilidad, creatividad y solidaridad.

En 2017 la FAO incluyó a Xochimilco como sitio SIPAM (Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial), un reconocimiento que se caracteriza por valorar la interacción sostenedora de los pobladores con sus paisajes comestibles: Xochimilco no existiría sin sus pueblos originarios. El simple hecho de mantener la profundidad de los canales es un trabajo que hacen los productores sacando el lodo para sus chapines, la técnica tradicional para germinar. No es exagerado decir que la chinampería ha mantenido la zona lacustre. Pero también hay otros retos: hay que reforestar con especies endémicas, recuperar las especies locales, condicionar las prácticas de producción contemporáneas como los agroquímicos y los invernaderos.

 

Idealmente en la zona alta de conservación no se permitiría la urbanización para infiltrar la lluvia, se incentivaría la captación y se tratarían las aguas residuales en plantas locales que permitan reutilizarla. “Podemos pensar que, si además de todo lo anterior, resolvemos el conflicto de los asentamientos en los cerros, el agua se volvería a infiltrar por capilaridad y abastecería por gravedad la zona baja”, explora con decoro el académico Castro Garza. “Es decir, ¿volverían los manantiales?, le pregunto. “Desde el punto de vista físico, allí están, no están perdidos”, me responde.

 

Así que sí, al final volverían las mariposas.

 

Conoce algunos proyectos chinamperos que echan raíces para sacar a flore este divino vergel.

 


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