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Tenía 20 años; él, 17. Nos conocimos una semana antes. Él me abordó. En realidad me estuvo observando durante todo mi turno en la tienda de ropa en la que trabajaba. Cuando salí, fui a la farmacia a comprar agua. Sabía que me seguía y yo disminuía el paso para que mi trayecto no se perdiera entre los estantes y la gente. Acordamos ir a un antro gay. Fingí que lo conocía. Había mentido. Esa semana fue una tortura. Cómo le haría para no ser identificado, para ser anónimo. El día llegó. Viernes. No podía llegar tarde a esa primera cita. La urgencia por sentirlo, por besarlo y por tocarlo me provocaba temblores, sudores extremos y, por supuesto, una inconfundible necesidad de probarlo y devorarlo.



Repetimos una y otra vez ese mismo lugar. A veces nos ganaba la urgencia y después de tan sólo una cerveza salíamos a nuestro sitio predilecto para disfrutarnos. En otras ocasiones nos pasábamos la noche entera bailando, hasta que prendían las luces y los seres abandonados buscaban lo que quedaba de otros seres abandonados para no irse solos. Jugábamos a emparejarlos. Yo casi siempre acertaba.





Hoy tengo 36. Él, 33. No sé qué haga. Nunca supe si entró a la universidad, si cumplió su sueño de ser fotógrafo. Si regresó a Tijuana o se quedó en la ciudad. Yo sí que he cambiado. Pero de repente, me encuentro aquí, solo contra la barra, sosteniendo mi cerveza, tarareando las mismas canciones que me sabía de memoria hace 16 años. Moviendo mi pie al son del pop que sigue siendo actual. Observo a las parejas, intento descubrir quién está ahí en su primera cita, quiénes se acaban de conocer y quiénes están a punto de dejar de ser amantes.



Al final, cuando las luces se encienden, el ritual es el mismo. Almas solas buscando el consuelo de lo que queda ahí. Hoy, igual que hace 16 años, cuando las luces se encienden, para muchos la noche apenas empieza.
Cada viernes una historia nueva sobre los recintos de la noche.
Animales Nocturnos/ San Luis Club/ Barba Azul/ Mama Rumba / Salón Los Ángeles
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