El diseñador de las estrellas…
retrato Sandra Blow
fotografía de archivo cortesía Mitzy
asistente de fotografía Carlotto Rose
Unas horas después de que dejé su casa, Mitzy subió un post a Instagram que incluía un video y un par de imágenes hechas con inteligencia artificial. En las imágenes, la actriz Consuelo Duval usa vestidos de gala decorados con piel falsa. El video era un clip de La Familia P. Luche. El episodio en el que van a la reunión de ex-estudiantes y Federica es arrinconada por sus compañeras, que le presumen su ropa de diseñador.
“A la que le falta decirnos quién te diseñó el vestido es a ti”, dice una de las arpías.
“Ah, ah… ¿Mi vestido? Mi vestido es de… es… ¡Es de Mitzy!”, miente Federica.
“¿De Mitzy? ¡De Mitzy-rvienta quiso decir!”, responde la otra, y el resto de la mesa ríe.
Esta escena siempre me ha fascinado, pues revela la relación que sostiene el público general con la moda, al mismo tiempo que confirma la celebridad del diseñador. Como suele ser el caso con los programas de comedia, La Familia P. Luche es una parodia de las clases populares del país.
Confrontada por el mundo de las marcas, al que desconoce pues no tiene acceso a ellas, Federica, una mujer de clase media baja, se esfuerza por recordar algún diseñador de moda, y el único que se le viene a la mente es Mitzy. No lo conoce porque sea su clienta —el vestido que lleva es uno que compró en la preparatoria—, sino porque sale en la televisión. El chiste funciona porque la gente sabe quién es, y lo sabe porque es el diseñador de moda más famoso de México. O mejor dicho: el único diseñador de moda mexicano que es famoso. Famoso en serio.
El género de modisto especializado en la farándula se bifurca en dos: el que se queda tras bambalinas y el que se vuelve una celebridad por derecho propio. El segundo es una innovación del Hollywood dorado de los años 30, que se inventó a la par de su star-system y tuvo su primer exponente en Adrian. Dicho fenómeno llegó a México una década después con Armando Valdés Peza. Él fue el primer diseñador de vestuario y moda mexicano que devino celebridad; su fama provenía de vestir a María Félix. Lo sucede Julio Chávez, conocido en primera instancia por su trabajo en el cine de rumberas en los 50. El siguiente en la línea es Mitzy, “el Diseñador de las Estrellas”.

La atención multitudinaria lleva siempre a la parodia: es su prueba de fuego. Quien no aguanta las burlas no está hecho para el show. En la descripción de su post, Mitzy escribe lo siguiente: “Para que no digan que Mitzy no vistió a la Sra. Federica Dávalos de P. Luche. Sí era de Mitzy, no de “Mitzy-rvienta”, seguido de un emoji llorando de la risa. En los comentarios todos celebran que se lo haya tomado con humor. La apropiación de la injuria es clave para navegar en el complicado oficio de la fama.
Mitzy es una presencia regular en los medios; se han dicho infinidad de cosas de él; sin embargo, se ha escrito muy poco sobre su trabajo en la moda, y de la relación que sostuvo con ese gremio. Al recabar información para este perfil, encontré mucha, pero de muy poca calidad. Resulta difícil construir un relato único y coherente sobre su persona.
Tal es el ethos de la farándula: revelar mucho sin dejar que sepan nada. Hace tres años cumplió 50 de trayectoria y ahora amenaza con su retiro. “Este año quiero irlo cerrando todo”, dice, al inicio de nuestra conversación. Nos avisa que es probable que esta sea una de las últimas entrevistas que dé. Por ello, en esta ocasión quisimos hacer algo distinto: enfocarnos, quizá por vez primera, en su carrera como diseñador.
Mitzy nació el 10 de mayo de 1955 en Pueblo Viejo, un remoto rancho en el municipio de La Huacana, Michoacán. Su nombre de nacimiento es Zebedeo García Cárdenas. Según su biógrafa, Federica Sodi, siendo adulto lo cambió legalmente a Jorge. Su madre tenía varios oficios. Su padre se dedicaba al campo, luego se hizo policía, después los abandonó. Lo asesinaron cuando Mitzy era niño. Llegó a la Ciudad de México el 12 de octubre de 1970 a los 15 años. Vino siguiendo a unos paisanos que buscaban una mejor vida. Se instalaron en un cuarto paupérrimo cerca de La Villa, más pobre aún que su vivienda original. Se fue a los pocos días, sin planes en la mente. Vivió en la calle. Por ocho meses sufrió hambre, frío, acoso; se hizo llamar Jorge tras las burlas por su nombre, Zebedeo. Después lo acogió un sujeto, y la pasó peor con él. Tres años después conoció a un joven andrógino llamado Francis. Su vida mejoró un poco.
Metieron al sujeto a la cárcel y Mitzy se quedó solo en el departamento en el que vivían. Francis se mudó con él. Tenía tres años menos y comenzaba su carrera como artista, haciendo imitaciones en El Don, uno de los pocos bares que presentaban shows travestis. Entonces el travestismo era una falta a la moral. “Eran tiempos muy difíciles, de mucha discriminación”, dice Mitzy. “Si te agarraban vestido de mujer por la calle, te metían al Torito y ahí te tenían hasta que te saliera barba, y llamaban a algún pariente para que te viera y tuvieras que explicarle por qué te encerraron ahí”.
Francis ganaba dinero con su show, de eso se sostenían ambos. Necesitaba vestuario para su imitación de Bette Midler. Diseñó un vestido inspirado en la bandera americana y le pidió a Mitzy que se lo hiciera con unas telas y una máquina de coser que había en el departamento. Quedó espantoso. “Más bien parece vestido de la Pepsi Cola”, dijo Francis. Mitzy le tapó los fruncimientos con broches y cristales y a Francis le gustó. A su regreso del bar le dijo que éste había sido un éxito, que “todas se lo querían comprar”. “Capaz que nomás fue una”, admite Mitzy, y luego reflexiona: “Francis era muy positivo, una persona extraordinariamente inteligente. Tenía mucha confianza en sí mismo, todo lo veía bien. Yo no. Lo admiré desde el primer día y aprendí mucho con él. Me enseñó a diseñar; era un excelente diseñador, mejor diseñador que travesti. Y me enseñó a vender, a cobrar, a confiar en mí mismo. Yo veía mis vestidos muy equis”..

Hay un diálogo al que seguido vuelve el diseñador en otras entrevistas. Cuando eran jóvenes, Francis insistía con que se iban a volver “ricos y famosos, ricos y famosos”. “¡Ay, no tenemos ni para tragar y tú con tus ricos y famosos!”, reclamaba Mitzy. Y el actor contestaba: “Bueno, al menos ya no vamos a ser ni pobres ni ignorados”. Francis conservó ese primer vestido, a pesar de la resistencia de Mitzy, que quería que lo vendiera. Se volvió su ropa de trabajo hasta que se deshizo. Pero antes de eso, pidió otro más, y otro más. Mitzy cosía lo que Francis diseñaba. Francis vendía sus vestuarios después del show.
“Así comienza la leyenda de Mitzy”, dice el diseñador.
“¿Cómo surgió el nombre de Mitzy?”, le pregunto.
“Es una historia muy fea que no voy a contar nunca”, responde.
“No la quiero contar. Solo te diré que antes era ‘Mitzi’ con i latina. Lo que pasó fue tan horrible que me lo quise cambiar, pero ya me había dado a conocer con ese nombre. Así que lo volví ‘Mitzy’, con y griega, para cambiarle algo”.
Eran tiempos de vodevil y cabaret. Mitzy se adentró en ese mundillo junto con Francis. Francis no tardó en hacerse de un nombre y se incorporó al ballet de Los Imperio, unos coreógrafos que hacían los números para las películas de ficheras, un género recién inaugurado sobre la vida nocturna de la ciudad. No era el primero; antes existió el cine de rumberas, y su diseñador fue Julio Chávez. El cine de rumberas siempre sufrió persecución y desapareció a la mitad de la década de los 60, entre la moralización del medio urbano que emprendió el regente Ernesto P. Uruchurtu. Uno de sus últimos despliegues autoritarios fue la demolición de varios cabarets, so pretexto de la prolongación del Paseo de la Reforma. Entre ellos se fue el teatro Tivoli. Diez años después, en 1974, se estrenó Tivoli, una película que narra los últimos días del teatro antes de su clausura. Esa fue la primera película de ficheras: un nuevo género de comedia erótica que comienza con un intento por explicar(se) cómo desapareció su antecesor.
En ese periodo Mitzy vistió a Rossy Mendoza, Lyn May, Norma Lee y muchas más. Luego conoció a Gloriella, que lo introdujo por completo al vedetismo. Por ella vistió a las ficheras de verdad. A las de la pantalla las vistió por Sasha Montenegro. La conoció por injerencia de Francis y luego ella lo presentó con el productor Guillermo Calderón. Iban a filmar Bellas de noche II y Noches de cabaret. Su prueba fueron tres vestidos. La pasó con creces. Por unos años hizo los vestuarios de Cinematográfica Calderón. Según anota el investigador Arturo Rico (El Desvestuario, 2024), Mitzy se dedicaba exclusivamente a vestir a las estrellas de cada película. La más rara es Muñecas de medianoche, en donde traviste a Jorge Rivero y Rafael Inclán.
Conoció a Verónica Castro por un secretario de Rossy Mendoza. Castro ya era “El rostro del Heraldo”, había trabajado con Chabelo y tenía un espectáculo en Villa Jardín, pero aún no era una estrella. Empezó a trabajar con Mitzy encargándole vestuarios sencillos, que con los años aumentaron su presupuesto y complejidad. También conoció al estilista Alfredo Palacios. Por unos años los tres se hicieron compañía. “Se juntaron el hambre, la miseria… y la otra”, bromea Mitzy. “Hicimos un pacto: que el que triunfara primero iba a apoyar a los otros dos, y la que triunfó primero fue Verónica”

La actriz se estableció por completo con la telenovela Los ricos también lloran. Llevó a Palacios con ella. A Mitzy aún no; su ropa no se ajustaba al personaje. Al acabar la telenovela, Castro dio un espectáculo musical en el club La Madelón, en la Zona Rosa, y Mitzy se volvió su vestuarista otra vez. La premier tuvo a varias celebridades en su audiencia y fue un éxito. El diseñador ubica en ese momento el inicio de su consolidación. Sin embargo, se suspendió a las tres presentaciones, pero Castro había comenzado un nuevo proyecto: el programa nocturno Noche a Noche.
Noche a Noche se transmitía de lunes a viernes en horario estelar. Contaba con cinco productores distintos, uno para cada día de la semana, y la jornada duraba 10 horas, todos los días con la misma intensidad. Se había vuelto una competencia entre los productores. En cada emisión, la actriz estrenaba vestido. A pesar de las sugerencias, se mantuvo fiel a su promesa e insistió en que Mitzy fuera su diseñador. Así es como ingresó a Televisa. A pesar de su excelente recepción, el programa sólo duró siete meses al aire: de mayo a diciembre de 1980. Era una carga laboral excesiva para una madre soltera que también tenía vida familiar.
Ese año, Mitzy se hizo de una extensa clientela entre las estrellas de la televisora. Destaca la cantante Olga Guillot, que le pidió tres vestidos para su concierto en Siempre en Domingo, y lo presentó con honores cuando Raúl Velasco le preguntó quién la vestía. En línea pueden encontrarse las imágenes de dos: uno negro, cruzado al frente, con una capeleta que cuelga por su espalda, bordado con canutillos plateados y dorados, rematado con flecos del mismo material; y otro azul de manga larga con hombreras y una lluvia de canutillos que se desprende de los brazos de la cantante. Un tanto parecido al que Bob Mackie elaboró para Mitzi Gaynor en 1969, cuando cantó “Let Go” en su especial de televisión.
Curiosamente, el día que platicamos, Mitzy tenía el libro retrospectivo de Mackie sobre su escritorio (Unmistakably Mackie de Frank DeCaro.) En varias ocasiones lo ha mencionado como una de sus grandes influencias, junto con Valentino Garavani, Thierry Mugler, Gilberto Granillo —que vistió a Juan Gabriel para su primer concierto en Bellas Artes— y Julio Chávez.
En la década de los 80, la alta moda mexicana se concentraba en El Palacio de Hierro. Entre su catálogo había diseñadores sobrios y aburguesados —como Enrique Martínez y Manuel Méndez— cuyo mercado era la alta sociedad. Al margen de la industria, estaban los diseñadores del espectáculo y las reinas de belleza. Mitzy destacó pronto en ese sector.
Aparte de Noche a Noche, Mitzy atendía a artistas y clientas particulares, vestía distintos espectáculos y se incorporó a Discos y Cintas Melody, la disquera de Televisa. Ahí se encargó, junto con Alfredo Palacios, de cambiarle el look a sus artistas. Al revisar el catálogo de la disquera, es fácil encontrar varios nombres que lo han acompañado: Angélica María, Beatriz Adriana, Dulce, Thalía… Algunas cantantes de la vieja guardia como Lucha Villa o María Victoria, que antes se habían vestido con Julio Chávez, se volvieron sus clientas también. La relación entre ambos, que nunca fue buena, se volvió aún más tensa.
Chávez tenía la idea de que, al desaparecer los teatros de revista, “ya no quedaría nadie a quien vestir”. En 1992, decidió prenderle fuego a su trayectoria con la publicación de Vestidas y desvestidas, su autobiografía, en la que arremete contra sus clientas y sus colegas. De Mitzy dice: “otro que se hizo gracias a mí”. Las agresiones continuaron de manera esporádica hasta su muerte en 2013.
A ratos, Vestidas y desvestidas es un documento triste, pues al leerlo uno advierte la semejanza entre ambos. Los dos crecieron en el campo. Los dos vivieron eventos traumáticos cuando dejaron sus casas siendo adolescentes. Los dos comenzaron sus carreras haciendo vestuario para espectáculos sórdidos, destacaron en un género de cine subalterno y tenían un estilo francamente similar. Los dos fueron “El diseñador de las estrellas”. Mitzy era y sigue siendo su digno sucesor. Es una lástima que nunca haya podido verlo. Hoy en día, al preguntarle, sigue sosteniendo su admiración por él: “Julio Chávez era mi ídolo. Mi máximo como diseñador”.

La moda mexicana siempre ha sostenido una relación extraña con la fama; a pesar de que la desea, y en cierto modo la necesita, sólo la acaricia sin terminar de tomarla nunca. Esto tiene una explicación. Y es que, como diseñador, la fama conlleva un estigma.
Actualmente, la única manera de volverse famoso en este país es pasar por la televisión, no importa cuánto hayan crecido las redes sociales. (Véase por ejemplo el caso de Wendy Guevara, que no explotó hasta que ganó La Casa de los Famosos.) Sin embargo, la celebridad mexicana siempre acarrea la mancha del mal gusto. O más que mal gusto: el gusto de las clases bajas. Emilio Azcárraga Milmo lo explicó en su tiempo y mejor que yo: “Nuestro mercado en este país es muy claro: la clase media popular. La clase exquisita, muy respetable, puede leer libros o Proceso para ver qué dicen de Televisa”.
Esto explica, en parte, una cuestión que hace unos 20 años azoraba a los críticos de moda, miembros de dicha “clase exquisita”: ¿por qué no hay un “Valentino mexicano”? (O cualquier otra antonomasia.) Una respuesta es que, aún si lo hubiera, se negarían a reconocer su talento por el simple y sencillo hecho de que, para tener la proyección necesaria, tendría que salir en televisión. Es lo que le pasó a Mitzy.
Recientemente, ha habido una revaloración de Thalía y Verónica Castro en algunas revistas de moda, cuyos estilos sólo han podido apreciarse una vez que mantuvieron distancia con la televisora. Fuera del contexto de la farándula mexicana nos damos cuenta de que su estilo era interesante, “icónico”, y que influyó en la educación estética de los creativos del país. En otras palabras: nos ha tomado unos 30 años admitir que Mitzy es, de hecho, un gran diseñador.
Hacia la década de los 90, él ya se había establecido como modisto y empresario; aparte de su taller había abierto una boutique con la reina de belleza Diana Magaña (Diana by Mitzy), donde también vendían modelos de importación. A pesar de ello, no mantuvo contacto con el resto de la industria, salvo por algunas activaciones financiadas por el gobierno para proyectar la moda mexicana en el extranjero, ferias comerciales para novias y quinceañeras, y desfiles de caridad.
“Es fácil notar que hiciste tu carrera en paralelo a los demás diseñadores”, le comento. “¿Fueron ellos quienes cultivaron esta distancia o fuiste tú?”.
“Era un círculo demasiado cerrado”, dice. “Hasta me inscribí en el Patronato Moda Pro México, pero entrar a ese círculo era imposible, y ellos hacían sus cosas sin mí. Insistí hasta que dije ‘me vale gorro’. Mejor hice mi propia pasarela, y triunfé con El Desfile de las Estrellas. Las conocía a todas, ¿para qué los quería a ellos?”.

El Desfile de las Estrellas es una pasarela anual en la que distintas celebridades modelan las creaciones de Mitzy. Antes de que fuera una pasarela establecida, este desfile se encontraba en los programas de Verónica Castro. En La Movida (1991), particularmente. Seguido, ella sacaba a colación, de manera muy casual, quién le había hecho el vestuario a la invitada. Algunas veces esto era “una pregunta del público”; otras, si la artista no lo había dicho antes, la conductora pedía “un aplauso para el vestido también”, obligando a revelar a su autor. Siempre era Mitzy. Varias artistas, como Thalía o Rocío Durcal, lo listan como su diseñador de cabecera, pero la mención consagratoria vino de María Félix, quien lo presentó como “un muchacho mexicano que borda como los ángeles […] su bordado es extraordinario. ¡No hay nadie que te lo pueda hacer más hermoso que él!”. Cinco años después, volvió a vestirla para La Tocada. Ahí, mientras la actriz presumía uno de los chales que le había confeccionado, afirmó que “las cosas que hace son una maravilla… y las plumas y las lentejuelas y los brillores…”.
“María Félix me escogió porque quería que la vistiera el mismo que vestía a Vero”, me explica el diseñador cuando le pregunto sobre su experiencia vistiendo a la actriz. “Yo tenía sentimientos encontrados; estaba feliz por vestirla, pero también estaba temeroso. Ya que iba para su casa de Hegel pensé ‘pase lo que pase, al menos voy a conocer a La Doña’, pero cuando llegué a quien me topé fue a su hijo, Enrique Álvarez Félix. Y me dijo bien déspota: ‘¿Tú qué haces aquí?’, y yo le dije que tenía cita con su mamá. Entonces la llamó y le dijo que no, que de ninguna manera. Y ella me defendió. Yo me esperaba todo lo contrario, pero le dijo: ‘a mí Mitzy me va a vestir y ya lo decidí, es un programa para los mexicanos y yo quiero que me vista un mexicano’. Que me defendiera me dio mucha seguridad, e hizo que se creara una… se podría decir, ¿amistad? Iba a verla seguido y cada que la veía hablábamos de cosas muy personales; yo llegaba a las cinco y me iba de ahí a las 12, eran pláticas muy buenas. Según ella, esta iba a ser la primera vez que la vestía un mexicano. Y yo le dije ‘¿Cómo? ¿No estaba este diseñador que te hacía todo, Valdés Peza?’ y ella me dijo que no, que él dibujaba los diseños, pero que quien la vestía era una española”.
Efectivamente, Armando Valdés Peza consideraba que la costura era una actividad “execrable” para un artista como él. Se encargó de la imagen de María Félix en las primeras décadas de su carrera y se hicieron famosos al mismo tiempo, en una época previa al ascenso de la televisión. Antes de eso, nuestras estrellas y su entorno tenían otro tipo de fama: había glamour. Él mismo se encargó de cultivar la leyenda de María Félix, dando informes de sus andanzas llenos de anécdotas fantasiosas y juicios hiperbólicos sobre su belleza; se convirtió en su promotor de facto. La actriz vivió cuatro años en Europa, de 1948 a 1952. Y a pesar de ser una temporada prolífica, él nunca pudo separar sus nombres; su fama, con todo y su excepcional talento, era un apéndice de la de ella. Cuando volvió a México, su dependencia se reforzó. Casi toda su presencia en los medios la usaba para alabarla. Con la decadencia del cine de oro en los 60, él se refugió en el teatro, y ella en su matrimonio con Alexandre Berger. Separados, ella se estableció en el jet set europeo y él perdió su fama. Murió en 1970 intentando recuperarla. Incluso hoy, se le sigue recordando como “el que vestía a María Félix”.

“En una entrevista, Olga Breeskin dijo que había notado un patrón amistoso contigo: primero con las vedettes, luego con Verónica Castro y después con Thalía”, le digo al diseñador. “¿Cuándo y cómo dejaste de ser ‘el que viste a’ para labrarte un nombre propio como diseñador y celebridad?”.
“Cuando Thalía y yo nos hicimos cómplices, ella me enseñó mucho; me enseñó a buscar la nota para estar siempre vigente, a generarla. Si no hablaban mal de nosotros es que algo había pasado, o que no gustó”, explica Mitzy. “Siempre he dicho que al árbol, mientras más mierda le echan, más frondoso crece. Desde que llegué a la ciudad sufrí, como típico provinciano, los ataques más perversos que te puedas imaginar, y aprendí a que se me resbalaran los comentarios. A nosotros nos valían las críticas, pero nos hicieron fuertes. Ahí me hice fuerte”.
En retrospectiva, la semejanza entre sus carreras es obvia: cuando se aliaron a inicios de los 90, Thalía tenía poco de haber dejado Timbiriche para perseguir una carrera como solista y también estaba construyéndose una identidad propia; en su caso, lejos de las fantasías infantiles que vendía la agrupación. El primer paso fue crear un look nuevo que ratificara su independencia como artista y su mayoría de edad como mujer. Tenía 19 años. Se pintó un mechón en el pelo, posó más atrevida, su ropa se ciñó al cuerpo y se fue acortando conforme estrenaba álbumes, con canciones cuyas letras sugerían que ya tenía vida sexual. Mitzy fue el artífice detrás de la mayoría de esos conjuntos. Según comenta, ella hacía una propuesta inicial y él solo pulía algunos detalles para confeccionarla después. Era un proceso similar al del inicio de su carrera con Francis. Una suerte de ética del diseño de moda. Explica: “Una parte muy importante de mi vida fue consentirlas a todas, chiquearlas. Nunca les hice lo que yo quería, sino lo que ellas me pedían. Ellas llegaban y yo les decía: ‘¿Qué quieres, mi reina?’ y lo íbamos resolviendo”.

Después de La Tocada, Verónica Castro decidió tomar un descanso de la televisión. Esto coincidió con el final de la Trilogía de las Marías que dio a Thalía reconocimiento mundial. La relación entre Mitzy y la cantante se reforzó. Al mismo tiempo que él tomaba nuevos proyectos en teatro, como la obra Aventurera, producida por Carmen Salinas. Para entonces, ya había establecido bien el personaje con el que se presentó ante el público en los años siguientes: un diseñador “chistoso y vale gorro” que seguido se enfrasca en distintas polémicas con las famosas para luego, mágicamente, estar reconciliado con ellas. Esta estrategia le sirvió mucho para navegar sin demasiadas fricciones por los años en los que se dedicó a la crítica de moda.
Parafraseando a Gabriel Zaid, el secreto de la fama consiste en convertirse en un objeto que llame la atención de mucha gente. Dicho objeto es el personaje: un desdoblamiento entre la persona y su imagen, que blinda al individuo de lo que se diga de la celebridad. Dicha celebridad, para mantenerse vigente, debe generar escándalos para que lo volteen a ver. En las palabras de Mitzy: “buscar la nota”. En distintos medios. Siempre actual.
“Estudiando la historia de la moda en México, varios diseñadores se quejan de que, tras acabarse un medio, se acaban sus carreras también”, le digo a Mitzy. “De tu caso siempre me llamó la atención que pasaste sin problemas del show travesti al teatro, del teatro a la tele, y ahora al internet. ¿Cómo desarrollaste este desapego?”.
“Con Thalía. El tema con ella siempre era su vestido de novia, queríamos que fuera larguísimo y que ganara el Premio Guinness”, explica. “Fuimos a la catedral de San Patricio a medir; la cauda iba a llegar desde la puerta de la entrada hasta el altar. Pero ya a la hora de la hora, a Tommy (Mottola) no le pareció. Entonces de los, no sé, 100 metros que eran, le fuimos cortando de mitad en mitad hasta que quedó de 18. A mí me dio muchísimo coraje. Me sentí ofendido, humillado, porque llevábamos un año trabajando en él. En el centro de la cauda iba un medallón engarzado con sus nombres, era lo más espectacular del vestido. Cuando me hizo recortarlo, lo primero que corté fue el medallón. Lo corté con rabia porque pensé que ese medallón me iba a hacer pasar a la historia, pero no. Fue el vestido. No me dio el Premio Guinness, pero me dio fama internacional. Y ya estaba ahí. ¿Luego que sigue? Pues mantenerte en lo mismo. Por eso ser un diseñador de controversia, insurrecto… es lo que me trajo hasta acá”.
“Viendo hacia atrás, después 50 años, ¿queda algún pendiente, algún arrepentimiento?”.
“No me arrepiento de nada. Ni me quedé con ganas de nada. Fui a Hollywood y no me gustó. No me gustó eso de ‘fírmale acá y acá y acá y no puedes decir nada porque lo que digas será usado en tu contra’. Tampoco me hizo falta nadie; las vestí a todas. Recibí el reconocimiento de las más grandes, y también su amor. Y el recuerdo de su amor es invaluable. A Rocío Durcal la vestí hasta el último momento. A Dulce también, desde el principio; nunca se vistió con nadie más. El amor que ella me dio no tiene precio. Hay mujeres que me han amado, y yo he sentido su amor. Sasha Montenegro, Irma Serrano… ella también me abrazó, me apapachó, me dijo que no iba a permitir que nadie me faltara al respeto. ¿Cómo pagar todo lo que me dieron? Puedes preguntarle a quien quieras; te hablaran maravillas de mí, pero es porque yo las amé primero. Eso que logré con ellas fue el amor. Nunca las vi como mis clientas; eran mis amigas, mis hermanas, mi todo. Siempre las admiré como mujeres, y lo que más admiro, lo que siempre me ha inspirado, es la mujer. Y lo único que me llevo, la parte que más me llena, es el amor de todas ellas”.
Carlos Didjazaá (Ciudad de México, 1998) es periodista. Para ganarse la vida también da clases y vende libros. Actualmente escribe uno sobre la historia de la moda en México y colecciona diseño de moda mexicano.
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