Las posibilidades infinitas de crear desde la naturaleza...
fotografías cortesía de Lazarillo.mx
Un par de voces se van intercalando y las ideas de dos mentes empiezan a complementarse hasta volverse una misma. Entré en plática con Maxine Álvarez y Natalia Ramos, fundadoras de Maremoto —madre e hija y creadoras indomables—, con la curiosidad de conocer el material con el que trabajan, y salí con una nueva perspectiva sobre el accidente, el refugio y el fuego.

El hogar no siempre se forma de cuatro paredes y la temperatura no siempre se mide en sensación. La especialidad de este dúo consiste en resignificar lo aprendido y encontrar nuevas maneras de moldearlo mediante formas fluidas, siluetas redondas y materiales que conectan con la naturaleza. Hacer tierra nunca había tomado tanto sentido literal como metafórico, hasta conocer su proceso de recolección de tierra para las pastas de cerámica: salir al campo, buscar un suelo adecuado, probar su plasticidad, tenacidad y resistencia, llevarlo al taller y descubrir, después de varias pruebas, si puede soportar el fuego. Un proceso que han hecho con costales con minerales de Mazamitla, Tapalpa o Francia, que pueden, o no, soportar los 1,280 o 1,300 °C. La incertidumbre forma parte del aprendizaje: escuchar qué permite cada territorio antes de convertirlo en objeto. Para ellas, la tierra no es un recurso que se extrae y transforma sin memoria, porque establecen una conexión con ella. En Domaine du Boisbuchet, Francia, Álvarez y Ramos excavaron junto a un lago hasta encontrar una tierra que les habían dicho que no servía. Preguntar, probar, insistir y compartir sostiene su trabajo.

Sus ganas de experimentar son evidentes; en su práctica también aparecen las cenizas. Un guamúchil podado en casa abrió camino a una investigación que eventualmente sumó arrayán, guayabo, bugambilia y bagazo de agave en la cerámica. Las plantas se secan, se queman en la chimenea y sus restos se ciernen para convertirse en esmaltes. El negro de una planta puede regresar como verde, café o azul. Cuando Maremoto trabaja con una tierra o una ceniza, también trabaja con el lugar de donde provienen.

Esa hambre por vincularse con el paisaje se manifiesta en Casa Ceniza, el espacio que Maxine fundó en 2020 en Guadalajara, y que se formó al mezclar taller, galería, aula y mancuerna para una comunidad de cerámica. Por sus puertas han pasado creadores de Japón, Francia, España, Estados Unidos y México, en un intercambio de técnicas y maneras de acercarse al material.
Maremoto yace en una conversación íntima. Maxine se especializa en el torno y la investigación de tierras y esmaltes; Natalia, formada en cine y en escultura, llegó a la cerámica desde la construcción manual. A pesar de tener pasos distintos, sus procesos se cruzan para llegar a un objetivo en común. Lo tangible puede tener vida propia. Esa filosofía está muy presente en su cotidiano y en su trabajo. Un cuenco puede contener una piedra; una repisa, una vela, unas llaves o una flor; una forma junto a otra puede convertirse en una pequeña familia. Natalia indaga el refugio como ese espacio donde la pieza y quien la observa consiguen comunicarse. Una taza hecha por una amiga puede convertir un desayuno en compañía. Para Maxine, la capacidad del objeto de contener, sostener y arropar, se vuelve práctica de cuidado y vulnerabilidad.

El fuego les ha enseñado a convivir con aquello que no pueden controlar. Después de años dedicados a pulir con “perfección”, ahora buscan una crudeza más espontánea y permiten que el accidente participe. Una quema puede modificar un rojo, atrapar humo o revelar una superficie sorpresa. Sus piezas se mueven entre lo utilitario y la escultura. El accidente deja atrás la percepción del error y se vuelve un sinónimo de atrevimiento y una “grieta de luz”.
Viajar es siempre una oportunidad para abrir un panorama nuevo y las Maremoto lo saben. Una residencia en Japón les mostró otras maneras de quemar y una relación particular con la delicadeza; Francia, nuevas formas de convivir y crear; Milán abrió nuevas preguntas para Natalia desde la escultura con metal. Esos aprendizajes se mezclan con las tierras mexicanas, las cenizas recolectadas aquí y el fuego de casa.

Lo llamativo del paisaje las sigue hasta Mazamitla, donde pasan temporadas en su cabaña sin electricidad entre luciérnagas, fogatas y silencio, y planean construir un horno de leña. También investigan el nopal para trabajo en la cerámica y sueñan con una pieza colectiva hecha entre muchas manos. La dirección de Maremoto es clara y sin rodeos: crecer sin perder la escala humana y perseguir la idea de que la materia puede reunir personas. Distintos elementos forman parte del proceso, junto con la familia y quienes llegan de lejos. Trabajar con la naturaleza se convierte así en una manera de volver a la raíz.
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