El original es lo de menos...
fotografías cortesía de Museo Jumex
Richard Prince volvió solamente una vez a Panamá, el país donde nació, el día que cumplió 18 años. Lo hizo para obtener la doble nacionalidad, pero acabó en la cárcel y tuvo que celebrar ahí su cumpleaños… o tal vez no. También ha dicho que sus padres trabajaban en los servicios de inteligencia de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, cosa que podría ser cierta, pero también mentira. Se sabe que el artista ha convertido su propia historia en un espacio creativo donde lo estrictamente biográfico se mezcla con la autoría; los hechos, con la ficción, y es un hombre al que no le gusta dar demasiadas explicaciones.

Nunca estudió en una escuela de arte ni recibió una formación académica tradicional, pero le atrajo la idea de ser artista y decidió abrirse camino desde los márgenes. Hoy tiene 77 años de vida y más de cincuenta en una carrera dentro del arte conceptual que ha sostenido a partir de preguntas complejas: ¿a quién pertenece realmente una imagen y sus reproducciones?, ¿dónde está la frontera entre la autoría y la apropiación?, ¿quién es artista y quién no?, ¿dónde termina la edición y empieza la censura?, ¿qué es un original?, ¿cuánto de manipulación hay en las imágenes que nos rodean?, e incluso, ¿de qué, cuándo y dónde se vale reírse?

Una retrospectiva sobre una carrera tan larga y prolífica pudo tomar muchos caminos, pero como cocurador de la muestra Cuéntamelo todo en el Museo Jumex, fue el propio Richard quien decidió centrarla en dos de sus series más conocidas: Cowboys [Vaqueros] y Jokes [Chistes], que han sido una constante en su práctica desde la década de los ochenta y siguen en proceso. Esta selección central está acompañada de antecedentes y series posteriores que derivan de ellas y aportan mayor contexto sobre sus procesos artísticos e intereses: Advertising [Publicidad], Girlfriends [Novias], Nurses [Enfermeras], Hoods [Cofres] y De Koonings.

Kit Hammonds, curador en jefe del museo, lo acompañó en esta decisión y durante una visita guiada para 192 habló de lo que hay detrás de esta muestra con más de 130 obras, la primera retrospectiva de Prince en América Latina. Al recorrerla sin suficiente contexto se podría pensar que se trata de arte pop, una corriente con la que Prince comparte un interés por la publicidad y la cultura de masas, incluso cierta estética y sentido del humor. Sin embargo, sus piezas son flechas que apuntan principalmente al espectador como consumidor, pero también como carnada; como creador de imágenes cargadas de significados e intenciones más o menos loables, pero también como sujeto de manipulación de las mismas.
Su mirada aguda se construyó desde muy joven, cuando trabajó procesando imágenes para Time Inc., la editorial de la revista Life. Extrajo de ahí muchas de ellas para sus series y lejos de disimularlo, decidió hacerlo muy evidente, refotografiándolas e imprimiéndolas a gran escala, evidenciando el grano y la tinta deslavada o saturada en distintas zonas de la página. Para las piezas más recientes de la serie Cowboys, que cumple más de cinco décadas creciendo, revisó su archivo y rescató imágenes que había descartado. Las recuperó, a veces partidas por la mitad, y volvió a pegarlas con cinta, no solo para arreglarlas, sino para tapar las marcas y sus slogans, y dejarnos a solas con el atractivo vaquero que, durante décadas, Marlboro nos taladró en la cabeza como imagen de fuerza, valentía y un elegante dominio del entorno, por más desértico y agreste que fuera. Todo para distraernos mientras nos vendían, con tremendo éxito, cigarros cargados de nicotina, alquitrán y varios venenos más. La repetición es otra de las herramientas centrales que usa Prince para obligarnos a pensar cómo se componen las imágenes que forman parte de nuestro imaginario cotidiano y con qué intención.
“El trabajo de Richard Prince no se trata de producir imágenes sino de analizar su lenguaje y sistemas de circulación”, explica Hammonds. “Creo que es una exhibición importante porque contextualiza y analiza la posibilidad de generar y reusar imágenes a lo largo de la historia. Hoy es un asunto casual, todos lo hacemos, pero antes solía ser una actividad profesional y conceptual. Es un proceso en evolución constante”.
De forma paralela a su serie de refotografías, Prince decidió pintar, pero una vez más sin crear imágenes propias, sino trasladando a lienzos caricaturas que encontraba en publicaciones como The New Yorker. Durante la década de 1970 el psicoanálisis se popularizó en Estados Unidos, al igual que términos freudianos como el complejo de inferioridad, la represión y la frustración. La psicoterapia se convirtió en carne de cañón para los comediantes y caricaturistas que empezaron a hacer reír a costa de las élites que podían pagarla, y la publicidad también aprovechó este nuevo conocimiento sobre el subconsciente. Prince inició entonces una línea de trabajo en torno al humor y la sátira social, a través de la reproducción del trabajo de otros autores, artistas e ilustradores, algunas veces de forma literal, pero otras, sacando los chistes de contexto, revisitándolos años o décadas después, y pintándolos en lienzos monocromáticos de enorme escala para poner en evidencia que las bromas que un día hicieron reír, tiempo después se vuelven ofensivas, crueles o simplemente pierden la gracia cuando se exhiben como piezas de museo.

Como parte de esta serie también hay portadas y caricaturas provenientes de la revista Playboy de los sesenta y setenta, escaneadas e impresas a gran tamaño antes de cubrirlas parcialmente de pintura para dejar ver, sólo en parte, anticuadas representaciones de la sexualidad y el sentido del humor en torno a ellas, que al día de hoy pueden o no entrar en el territorio del mal gusto, dependiendo quién las mire.

El coleccionismo está íntimamente ligado a la obra de Richard Prince. Colecciona imágenes, chistes, portadas de revistas, tanto pornográficas como de alta cultura y de novelas de bolsillo; pero ha adquirido también acervos previamente armados, uno de ellos es el del comediante Milton Berle, quien una vez comentó sobre el escenario que tenía un archivo de dos mil chistes clasificados por tema. Richard Prince lo compró en 2013. Los cajones, repletos de divisiones de cartón con títulos como “luna de miel”, “divorcio” y “quejas”, escritos a máquina, son un tesoro para nostálgicos, un testigo de la fragilidad de la memoria análoga. Para contrastarlo, el artista, quien hasta el momento no se había interesado por la fotografía digital, lo retrató con su iPhone y sin demasiado cuidado, incluso puede verse la sombra del teléfono en una de las imágenes de la exhibición. El gesto hace un comentario sobre la forma en que la tecnología ha cambiado la manera en que generamos y almacenamos la información, pero también sobre el sentido de propiedad intelectual. Richard Prince es hoy dueño de un archivo de chistes construido meticulosamente durante años, sin haber escrito uno solo de ellos.

Willem de Kooning fue uno de los artistas que más fascinación le provocó en su búsqueda por convertirse en artista, y en otra de sus series hizo reproducciones o imitaciones de sus pinturas que luego intervino, a modo de collage, con recortes de cuerpos desnudos en fotografías pornográficas, antes de añadirles nuevas capas de pintura. De algún modo, las obras de Prince conservan la fuerza expresionista del neerlandés, al tiempo de haber construido una provocación más al sobreponer extremos opuestos de la producción cultural y sus valores.
Como era de esperarse, Richard Prince ha estado varias veces envuelto en problemas legales por el uso de imágenes con derechos de autor, sin embargo, ha encontrado la forma de salir de cada embrollo añadiendo incluso un toque de cinismo y sentido del humor en sus declaraciones durante los juicios. La grabación de uno de ellos se convirtió incluso en una de sus piezas, aunque no forma parte de esta muestra.
Pero la exhibición sí incluye dos series de trabajo que presentan personajes femeninos, Girlfriends reúne refotografías de chicas posando en motocicletas de los años noventa y dos mil. Los autores de dichas fotografías fueron los novios o esposos de cada una de ellas, fanáticos de las revistas de motocicletas que las enviaban al equipo editorial con la esperanza de ver publicadas sus fantasías erótico-motorizadas.

“La evolución del ‘buen gusto’ o lo ‘apropiado’, está muy presente en ellas. Hay algunas en que aparecen topless, porque era un momento en que eso era considerado aceptable, pero con el paso del tiempo, aún en estas revistas súper machistas, empezaron a cubrirse más”, explica Hammonds. “También es interesante que muchas de ellas aparecen en poses muy ‘clásicas’, y aunque no estén haciendo referencia a la historia del arte de forma intencional, sí son posiciones que están profundamente integradas a ese lenguaje visual”.

En su serie Nurses muestra otra cara del estereotipo femenino: el ideal romántico de la mujer de clase trabajadora que dedica su vida a cuidar de otros, hasta que encuentra el amor en un hombre rico. Las imágenes tampoco vienen de la imaginación de Prince, sino de las portadas de novelas de bolsillo, parecidas a lo que en México conocemos como “libros vaqueros”, que el artista ha coleccionado durante décadas. La diferencia en esta serie es que, en varias piezas, las novelas originales aparecen enmarcadas junto a la reproducción a mayor escala creada por Prince. En su versión, el aura romántica de estos relatos y sus sexualizadas protagonistas, se transforma con un toque siniestro, manchas de sangre y una oscuridad añadida por el artista para modificar la narrativa hacia algo más cercano a una película de terror.
Hay machismo tejido en todo esto, claro, estas imágenes están construidas desde un punto de vista masculino contrapuesto con otro, también masculino, que decide repetir el gesto con el objetivo de evidenciarlo. Con esta nueva provocación, Richard Prince cuestiona, además, qué puede ser considerado un original y qué no, y qué pasa con esa etiqueta cuando una imagen es intervenida por un segundo autor que desconoce el nombre del primero.

“A través de su intervención no nos está pidiendo que las veamos de ninguna manera en particular, está tratando de sacudir las normas que las clasificarían como eróticas, románticas o aterradoras. Su trabajo deja, intencionalmente, esas posibilidades en el aire”, dice Hammonds. “La obra de Pince habla también de nuestros valores, de cómo los definimos y de que muchas veces están atravesados por lógicas de mercado que son también un valor en sí mismo”.
Aunque no es un artista al que le guste hablar en público y mucho menos explicar su trabajo, entre vaqueros, enfermeras, publicidad y motocicletas, Richard Prince hace también un cuestionamiento de los valores estadounidenses, el tan manoseado “sueño americano” y sus símbolos pop. Cuéntamelo todo llega al Museo Jumex durante el muy cuestionado segundo gobierno del presidente Donald Trump, un personaje que ha deteriorado buena parte de esos valores de exportación, en un país que esconde mucha oscuridad detrás de productos de escaparate.

El título de la exposición viene de un chiste que pierde parte de su fuerza cuando se traduce al español: “I went to my psychiatrist. He said, ‘Tell me everything.’ Now he’s doing my act.” De la misma forma, Prince nos invita a hablar y se queda con el material sin revelar a cambio su verdad.
Cuéntamelo todo estará en el Museo Jumex hasta el 7 de febrero de 2027. Conoce más en fundacionjumex.org/es
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