Habitar sin dominar: LANZA Atelier

La arquitectura como relación

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texto Danielle Franco
fotografía Santiago Ruiseñor
maquillaje Fernanda Acuña
invitados Isabel Abascal y Alessandro Arienzo de Lanza Atelier
locación AGO Projects


toda la ropa Levi's Blue Tab

LANZA Atelier parte de una premisa clara: la arquitectura se construye al organizar relaciones donde el contexto opera como una condición activa. Su práctica se define por decisiones estratégicas —materiales que no ocultan su desgaste, muros que se curvan, estructuras que se dejan leer—, desde las que se cuestiona cómo habitar sin dominar, construir sin borrar y permitir que la arquitectura se deteriore sin perder agencia. Esa misma lógica atraviesa su manera de trabajar. Isabel Abascal —mitad fundadora de este despacho de arquitectura— me recibe con un té mientras atiende a Tamar, corresponsal del Serpentine, y a Alfredo Salazar-Caro, colaborador y amigo cercano del atelier.

Platico primero a Alessandro Arienzo —la otra mitad de LANZA— y al que coloquialmente le llaman Sandro, antes de que vaya por los niños al colegio. Es la primera vez que responden a destiempo: Sandro aporta estructura desde el otro lado de la mesa, mientras que las respuestas de Isabel se articulan como fragmentos de un monólogo que enuncia sentada frente a mí. Le parece significativo reunir palabras que no siempre se escuchan juntas —afecto, arquitectura, lo doméstico, la familia—, aunque se mezclen, para luego poder ordenarlas y así comienzan ambas entrevistas.

Danielle Franco (DF): Compartir vida, estudio y crianza implica una continuidad casi total. ¿Dónde colocan los límites para que el trabajo no lo absorba todo?

 

Alessandro Arienzo (AA): Desde el inicio, la relación y el trabajo fueron una misma cosa, la sinergia se dio de forma natural. Siempre decimos que LANZA es como nuestro primer bebé, parte de la familia. Para los niños es una extensión del hogar. Es más fácil tener una socia que al mismo tiempo es tu pareja; esa continuidad con la que atendemos la arquitectura es innata a la relación. Las ideas se trabajan todo el tiempo, no sólo en el escritorio, y así se va madurando un propósito, una búsqueda. Eso ha sido muy valioso.

 

Isabel Abascal (IA): La dimensión afectiva de la arquitectura no depende de trabajar en pareja: está presente en cualquier práctica. Para mí, es una disciplina atravesada por la esperanza y orientada hacia la bondad, aun reconociendo que existen ejemplos de arquitectura hostil. El proceso implica avanzar muchas veces sin claridad, hasta que aparecen momentos de empatía y sinergia que permiten dar saltos importantes. Vivir ese proceso en equipo —no sólo con Sandro, con todo nuestro equipo— puede ser duro, pero cuando ocurre la conexión, se vuelve profundamente significativo, mágico. 

 

DF: ¿Qué tipo de discusiones formales o metodológicas sólo son posibles porque existe una relación afectiva prolongada?

 

AA: Isa aborda la arquitectura desde la conceptualización, el vínculo con la historia y la investigación, mientras yo me concentro más en dibujar y resolver. Esa dualidad, junto con tener proyectos activos, vuelve el trabajo mucho más rico. El trabajo comparte lógicas con otros oficios creativos: escribir, hacer arte, componer o improvisar. No es una excepción, sino parte de ese mismo campo de prácticas.

 

IA: Es cierto que no nos han preguntado tanto cómo es trabajar juntos de manera cotidiana. Para nosotros funciona de forma similar a muchos oficios creativos —escribir, hacer arte, componer música, como un helicoide que asciende—: pasas muchas veces por el mismo punto, pero cada vez estás en otra posición, nunca eres exactamente el mismo.

 

DF: ¿Cómo se sostiene una práctica —arquitectónica, artística y afectiva— cuando todas sus escalas están activas al mismo tiempo? 

 

AA: La práctica se sostiene como una trenza: arquitectura, arte y afecto conviven sin separarse. En la familia no hay una frontera entre trabajo y vida, se habla de ideas y se aprende a observar. La curiosidad se cuida y se cultiva, la crianza de los hijos se vuelve parte del proceso, influyendo en cómo se piensa un mueble, un espacio y la vida misma.

 

IA: Siento que la cara que da la arquitectura suele percibirse como una disciplina técnica, fría y académica, pero para mí es profundamente afectiva y está ligada a lo doméstico. Todo el mundo habita espacios, por ello todos tenemos una relación y un conocimiento espacial. Desde que nacemos, habitamos, y por eso abrimos nuestra práctica a muchas más voces.

 

DF: En “Azul y Verde” —exposición actual en AGO Projects—aparece la idea de orígenes compartidos y términos únicos. ¿Qué de ese lenguaje común se traduce a la exposición?

 

AA: Para nosotros, es como haber puesto material de distintas maquetas o proyectos para generar un diálogo entre ellos. Esa heterogeneidad se ve en la muestra, es resultado de dos personas que constantemente ponen sus intereses sobre la mesa y tratan de fusionarlos en un proceso creativo de arquitectura o mobiliario.

 

IA: La arquitectura es un lenguaje propio. Compartirlo con alguien genera un entendimiento profundo y muy particular, capaz de conmover desde la forma, la estructura y la experiencia.  

DF: ¿Qué decisiones formales se modifican en comparación con un proyecto de construcción? ¿Qué es diferente, qué se puede o no hacer en el arte en contraste con el espacio de la arquitectura?

 

AA: Cada proyecto tiene un universo nuevo, así que no hay un método único, algunos se resuelven rápido, otros requieren reposo —considerando su contexto físico y económico—, una temporalidad y un estado mental muy particulares. El mobiliario se piensa como arquitectura y las decisiones parten de una búsqueda genuina por atender cada encargo. Todas las maquetas están siempre muy presentes, nos permiten revisar ideas, vincular proyectos y trabajar en un proceso helicoidal.

IA: En LANZA es central subvertir significados arraigados y pensar que pueden funcionar al revés. Eso ocurre también en el mobiliario, por ejemplo aunque la mesa es un objeto fundamental para reunirse, se convierte en un campo de preguntas. Nuestra step table, con alturas variables, cuestiona qué es una mesa y si existe una forma correcta de usarla, abriendo la exploración tanto tipológica como material.

 

DF: Históricamente, los pabellones están asociados a la idea de ser embajadores culturales de la arquitectura en un espacio ajeno. Parten del jardín, de la idea de Edén, incluso de pensar el espacio exterior desde el lujo o desasosiego ¿Cómo se lleva a la práctica este fenómeno en la temporalidad y el contexto global actual?

 

AA: Me entusiasma que México esté presente, pero más que representar una arquitectura nacional, la práctica se plantea desde una mirada global y sin fronteras. Trabajar en Inglaterra implica reaccionar a otro contexto, clima y forma de construir, haciendo la arquitectura flexible y líquida. Para el estudio, el pabellón del Serpentine es una síntesis, una graduación de diez años de trabajo. La propuesta aparece como una planta aparentemente sencilla pero condensa un ciclo completo de ideas y aprendizaje.

 

IA: Aunque la práctica del estudio está profundamente arraigada en México, LANZA no se concibe desde la idea de fronteras ni de representación nacional. Trabajar en Londres no implica asumir un rol de embajador, sino entender la arquitectura como un intercambio de ideas que se nutre de múltiples geografías, disciplinas y tradiciones ¿Cómo podría alguien decir que viene solo a representar a un territorio? Eso sería muy reduccionista. Lo hermoso es reconocer que la arquitectura permite estos intercambios, el valor del proyecto está en ese encuentro: reunir miradas diversas alrededor de un concepto, más que representar una identidad fija o nacional.

 

DF: ¿Qué decisiones toman cuando saben que el proyecto parte de una premisa efímera? ¿Qué aspectos de su práctica quedan fuera conscientemente? ¿Qué aprendieron del proceso que no se traslada a otros proyectos?

 

AA: El proyecto exige decidir rápido a partir de una agilidad y bagaje previo, cotidiano. Se eligió el tabique por su relación con el contexto inglés y por su carácter universal, usándolo de forma temporal, sobrepuestos, sin cemento, asumiendo la potencia de lo efímero, cuyo registro termina siendo permanente y poderoso. Entre el poco tiempo, la cualidad de un programa tan abierto y la segunda vida del pabellón, el aprendizaje está en calibrar: seguir siendo más fondo que objeto.

IA: En el Serpentine, el ladrillo se aborda desde la subversión, de reconocerlo para llevarlo a sus límites. En los proyectos del estudio suele trabajarse con un material principal para explorar hasta dónde puede llegar, cómo se puede invertir su sentido, relacionarlo con la historia y al mismo tiempo, proyectarlo hacia el futuro. Hay que entender que el jardín no es naturaleza, sino una alegoría de ello. Dentro de los Kensington Gardens, el pabellón se piensa desde esa lógica: no como un muro serpenteante literal, sino como una alegoría del muro y la serpiente inscrita en un jardín.

DF: LANZA tiene una línea muy particular vinculada al deterioro natural de los espacios, al uso y al desgaste, algo que aparece en otros proyectos. ¿Qué relación hay entre esta forma de construir y lo que presentarán en el Serpentine?

 

AA: El pabellón dejará que el material envejezca. Los tabiques no se sellarán y reaccionarán al clima de Londres según su orientación, generando distintas pátinas. Eso nos interesa mucho. La arquitectura como testigo, registro de dónde vivimos, de nuestro ambiente, eso le otorga una vida propia. También nos encanta el uso y la manipulación del objeto como un archivo de humanidad. Trabajamos con materiales locales, nobles, manteniendo la pureza del origen, explorando sus posibilidades a partir de un material principal mediante un proceso constante de prueba y activación. Llevarlo a hacer cosas que remiten incluso a lo egipcio, es parte del juego constante.

 

IA: Para Serpentine, la premisa es que la gente reconoce los muros de ladrillo como algo opaco y masivo, pero la propuesta parte de pensar el muro como algo que se puede disolver, que puede ser más leve y sutil, casi translúcido como una cortina y así transformar su función tradicional.

 

DF: La propuesta de su pabellón insiste en la repetición y en sistemas modulares. ¿Qué les interesa sostener mediante este discurso en un encargo excepcional?

 

AA: El pabellón se construye a partir de un sólo elemento, la columna, cuya repetición forma un muro permeable que permite asomarse. Al incorporar referencias históricas —como los muros curvos de Egipto—, se genera un diálogo entre la práctica del estudio y la historia de la arquitectura. En LANZA el interés está en articular ideas que nacen del dibujo, la ingenuidad y la investigación, logrando una muy valiosa simbiosis entre lo atemporal y lo contemporáneo.

 

IA: La propuesta parte de una experimentación. Durante la investigación, la etimología de “paraíso” —asociada a la idea de muro y de alrededor—, permitió leer los jardines históricos como espacios rodeados por muros. Nuestra propuesta es transformar el muro de un elemento de separación a uno de unión. En el pabellón, esta idea se materializa en un muro serpenteante, que se convierte en el protagonista espacial.

DF: Por último, me gustaría cerrar la entrevista con la siguiente pregunta: ¿cómo se siente habitar una genealogía donde la obra debe dialogar con ese peso histórico? ¿Cómo recae y cómo se asimila?

 

AA: Es una reflexión constante, casi como trabajar en otro idioma y en otro lugar —Sandro se sonroja—. Creo que todavía no nos termina de caer el veinte. La responsabilidad se siente con fuerza por el lugar que ocupa como referente para otros, por ejemplo, las juventudes, pero también como un logro: el pabellón es una síntesis muy propia del estudio, que cierra un ciclo de diez años y abre la mirada hacia otros contextos.

 

IA: Para mi, las alegorías permiten explorar y reconfigurar significados. En el contexto actual —climático y sociopolítico— la dimensión afectiva de la arquitectura se vuelve fundamental, compartir una comprensión profunda de la belleza es muy poderoso: implica justicia social, ecología y un conjunto de valores que se sostienen juntos. El ritual de la serpiente, de Aby Warburg, plantea una lectura del mundo como un sistema simbólico interconectado, donde distintas culturas comparten gestos, imágenes y significados. La serpiente —ya sea Quetzalcóatl o San Jorge y el dragón— activa sentidos distintos según el contexto, pero abre un espacio común de interpretación. 

Antes de despedirme, intercambio algunas palabras con los presentes. Menciono que un molde de mi rostro permanece en Londres, integrado a Mil veces un instante obra de Teresa Margolles, que consiste de un tzompantli compuesto de casi 800 rostros trans mexicanos, e instalado en el Cuarto Pilar de Trafalgar Square. Pienso en cómo una parte de la historia personal puede desplazarse y transformarse sin que el cuerpo esté presente, expuesta al clima y a un destino incierto —como los tabiques del pabellón de LANZA—. Sandro me devuelve una retroalimentación: “esas experiencias se viven como un experimento abierto, se completan con la mirada de personas de otras latitudes; el valor está en observar qué sienten, piensan y hacen quienes las habitan”.

 

En ese tránsito y en vísperas de cerrar el Año Chino de la Serpiente —posterior a la cobertura de Art Week—, nuestros cuerpos, materiales y memorias, al igual que la arquitectura de LANZA, cambian de acuerdo a su contexto. Así también se hace al mudar de piel: ésta se transforma, se reescribe y permanece en movimiento.


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