Una colección que grita, y grita fuerte
fotografía en estudio Paola Ortiz Álvarez
asistencia de fotografía Héctor Valencia Zamora
fotografía en evento Isaacs Canseco
El lunes previo a su presentación en Volvo Fashion Week México, María Ponce nos recibió en su estudio. Bajo un techo pintado de nubes, un perchero reunía piezas de tul amarillo, superficies metalizadas, prendas acolchadas, bolsos y ornamentos que se extendían por la habitación. Un gabinete de curiosidades que ofrecía una primera pista sobre el universo de la diseñadora, donde objetos cotidianos conviven con otros que parecían pertenecer a una realidad distinta.
Dos días después, las prendas abandonaron el estudio para ocupar la pasarela en Estudios Maravilla. Al fondo, Las Meninas de Diego Velázquez aparecía dentro de un marco monumental. Era difícil no recordar aquella pregunta que internet puso en boca de la infanta Margarita: “¿Velázquez yo soy guapa?” El cuadro, con su conocido juego entre quien observa y quien es observado, establecía un contrapunto con las figuras que comenzaron a desfilar, los asistentes y el propio equipo detrás de la colección, cuerpos y siluetas en constante transformación que reclamaban una mirada distinta.
“Lo común es que una película comience de menos a más pero en esta colección comenzamos de más a más”, explica Daniel Furlong, responsable del estilismo. Entre drapeados, texturas y volúmenes, María reconoce un vocabulario “más maduro y más firme”, que define como “radial, arquitectónico y cupular”. Siluetas que se resisten a cualquier clasificación que no sea la de: Money, Success, Fame and Glamour!, himno que también acompañaba la pasarela. Como resume Furlong: “Esta colección grita y grita fuerte”.
Para Furlong, el proceso “fue como jugar siendo niño”. Su cercanía con María Ponce permitió que la colaboración partiera de una amistad y un lenguaje compartido. “María y yo somos como almas gemelas”, comenta el estilista, quien reconoce en ambos universos una sensibilidad “mágica, surrealista, mexicana, maximalista y vibrante”. María lleva esa complicidad a un terreno más íntimo: “La visión compartida es como hacer el amor”. Después de años de diálogo y afinidad creativa, este encuentro representa también la posibilidad de “encontrar una tribu y crear en conjunto”.

De vuelta en el estudio, los accesorios evidenciaban un proceso tan importante como la confección misma. Furlong incorporó headpieces y otras piezas de su creación, concebidas especialmente para esta presentación. En la pasarela, algunas estructuras se extendían alrededor de los rostros; otras adquirían formas florales o tentaculares, modificando las proporciones de las siluetas. El calzado y los bolsos de WESTIES participaron también de esta construcción deliberadamente excesiva.
Frente a una estética contemporánea que ha encontrado en la pulcritud casi aséptica una fórmula recurrente de sofisticación, María insiste en el color, la textura y las siluetas que se niegan a pasar inadvertidas. En su trabajo, la exuberancia responde a una libertad creativa que se resiste a reducir sus posibilidades expresivas y hay algo significativo en que esa libertad encuentre lugar en el trabajo de una diseñadora trans.
Osvaldo Padilla señala que “cada modelo aporta una historia, una identidad y una forma distinta de habitar la pasarela”. Esa pluralidad se extendió más allá de quienes desfilaron: entre los asistentes coincidieron reinas de Drag Race, Miss Mickey Cundapí y Zemmoa, figuras de una escena diversa cuya participación en la moda y la cultura mexicana no se limita a ocupar el front-row.
“No es solo moda, también es política”, señala Furlong. Ante el entorno actual, resulta especialmente relevante reconocer la presencia de creadorxs, colaboradorxs y protagonistas de la producción cultural. Si Las Meninas nos invita a preguntarnos quién observa y quién es sujeto de contemplación, esta pasarela permite extender la pregunta hacia quién tiene la oportunidad de construir la representación.
Hacia el cierre, una figura blanca con velo y flores evoca a una novia michoacana, mientras “Viento”, de Caifanes, desplazaba la atmósfera hacia una sensibilidad distinta. El desfile parecía dar lugar a algo más íntimo. Padilla considera que “un cierre de pasarela se vuelve memorable cuando deja de ser únicamente una presentación de moda y se convierte en una declaración de identidad”. Más que el aplauso inmediato, le interesa la posibilidad de que una imagen permanezca en la memoria.

Para Furlong, esta pasarela representaba también “un homenaje a nuestras versiones más jóvenes que soñaban con trabajar en un gran desfile”. Una declaración que devuelve el espectáculo a quienes lo hicieron posible y propone otra lectura del maximalismo de María Ponce: la posibilidad de encontrar relaciones inesperadas entre elementos y personas que conforman una misma historia y generación.
Detrás de las proporciones imposibles, los tocados extravagantes y el artificio, permanece la ilusión compartida de quienes alguna vez imaginaron formar parte de ese universo. Una imagen en la que, por un instante, se antoja detener el tiempo.

Sigue el trabajo de la diseñadora en: instagram.com/maria.ponce.n
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