El descenso como estado meditativo
fotografía David Franco para 13/Trece
estilismo Sophia Garduño
arte Enrique Méndez by Tizarte
maquillaje y pelo Isra Quiroz
todos los relojes Omega Seamaster Planet Ocean
Un silencio que no había experimentado en ninguna otra situación de la vida: no es la sensación de aguantar la respiración, tampoco la de descender esos metros indescifrables bajo el agua, sino el hechizo que sucede cuando Camila Jaber pide permiso al mar para deslizarse debajo de las olas. Es magia pura.
Esa magia, tal vez un hecho incomprensible para muchos, se convirtió en un nuevo récord nacional en apnea, en diciembre de 2025: Camila descendió 90 metros aguantando la respiración por casi tres minutos, en el Blue Hole, en Long Island, Bahamas —el tercer agujero azul más profundo del mundo con una profundidad de más de 200 metros.
Camila acaba de cambiar de estadía. Su residencia actual es en Cape Cod, en Nueva Inglaterra, Massachusetts, una zona donde la comunidad oceánica es importante por su cercanía con el Atlántico, y donde Jaber da seguimiento a su carrera en el deporte, pero también en el altruismo en pro de los océanos.
En esta historia está la complexión atlética, pero también el gesto cándido del que sueña. En sus ojos, claridad y precisión; en el nado, que es su forma de expresión, la pasión es total. Camila no sólo convive con el agua, sino que ha encontrado en los mares un motivo de vida. “En el agua es donde me siento más viva”, dice. Esta es la voz sumergida de Camila Jaber, salpicándolo todo.

Danaé Salazar (DS): ¿Qué te atrae de lo profundo, Camila?
Camila Jaber (CJ): A lo largo de mi vida he estado en búsqueda constante por mi pasión, por el significado de las cosas. Es mi lado que sobrepiensa todo, que al final me lleva a ver más allá, a esta búsqueda de lo profundo en lo profundo. Y eso lo digo figurativamente… pero de forma literal, el deporte que elegí —la apnea— me acerca al mar, a ese ecosistema vivo, a sus especies y a todo lo que esconde, a sus misterios, pero también a los míos. La apnea es un deporte que implica estar en contacto extremo con lo que estoy sintiendo, con lo que estoy pensando, con cómo está mi cuerpo cada día. También me da sensibilidad para estar al tanto de lo que me rodea —de los seres humanos y del ecosistema marino alrededor—. La composición de todo eso me lleva a buscar cada vez mayor profundidad.
DS: ¿Qué tipo de imágenes te vienen a la mente cuando bajas, cuando subes?
CJ: En este deporte, que implica aguantar la respiración, la idea es entrar en un estado meditativo. Un estado de silencio, de concentración, de centro. Y eso me hace ser muy sensible a mis sentidos, a preguntarme qué estoy escuchando cuando voy bajando, qué estoy viendo, cómo se siente el agua que está rozando mi cara. Pero cuando abro los ojos, veo específicamente esa línea que me va guiando y el azul que está detrás. La apnea es muy especial porque dependiendo de dónde haga los buceos, puede ser un azul infinito o negrura total. Hay ocasiones en las que me he encontrado con una nube de medusas, como si fueran partículas suspendidas en el espacio. Es cuando se hace la pausa y pienso en esta inmensidad como algo que va más allá de nosotros. Es ahí cuando se aceptan y se dejan a un lado los miedos, los nervios y las dudas. Es como si estuvieras entrando a otro mundo. Dentro de esa infinitud, el espacio se abre y me ayuda a acercarme, cada vez más, a mi meta.
DS: Pero entonces, ¿sí ves, sí escuchas?
CJ: Veo y escucho. En los últimos años, además de ver literalmente lo que está enfrente, intento que lo que veo se vuelva una imagen borrosa, algo más general. Trato, como en la meditación, de ver el espacio que hay entre mi cuerpo y la línea. Es decir, qué hay detrás de esa línea que me guía: es ver el espacio entre las cosas. Intento concentrarme para pensar menos y, entonces, poder estar más presente en el buceo.

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DS: ¿Qué se siente estar en un lugar donde no hay voces, donde no hay ruido, tal vez poca luz? Me imagino que es especial.
CJ: Cada buceo es distinto. Hay buceos en los que ese día mi cuerpo está un poco más agitado, donde mi mente está pasando por más cosas, donde hay más peso. Pero en un buen buceo sientes mucha paz y un silencio que se vuelve compañía. Sumergirte en el mar a profundidad es estar rodeado de un cuerpo de agua que te arropa. Cuando vamos bajando, la presión va aumentando, entonces cada vez te sientes un poquito más abrazada por el agua. Eso lo hace muy especial; dejas mucho de ti en la superficie, todo lo terrenal y el viaje se vuelve un recorrido profundo a tu interior, a tus sueños.
Pero hay otra línea, la de la competencia, que es muy técnica y donde hay que seguir ciertos pasos, las reglas del juego. Intento no darle peso a esa parte, sino a las sensaciones. Es un balance: el ego entra en juego. Y en la apnea tienes que poner a un lado el ego y las expectativas, y dejarte llevar por el momento.
DS: ¿Alguna vez has tenido deseos de no querer volver a la superficie?
CJ: No de no querer volver, pero sí de que el buceo no acabe. Si me siento bien y mi entrenamiento me está dando la capacidad de hacerlo bien, quisiera que no acabara.
DS: Cómo saber cuál es el día perfecto para sumergirte, ¿todo es intuición?
CJ: Hay días en que todo se alinea, desde mi rutina hasta las estrellas. Cuando el mar dice “bienvenida” y logro que mi mente esté en el lugar correcto. Hay otros en donde no, donde tengo que tener un poco más de resiliencia, empujar más. El reto en la apnea es qué tanto insistes y saber cuándo hay que decir no. Es un juego de estrategia y de conocerte. Creo que las mujeres tenemos esa sensibilidad, es tu intuición diciéndote que quizá no es el día.
DS: Tienes que tener un conocimiento de ti misma impresionante.
CJ: Y de tus miedos, de lo que te mueve, y por eso el ego también juega.
DS: ¿Y eso también sucede en días de competencia? ¿Puedes decir, “hoy no compito, será mañana”?
CJ: El día de competencia puedes decidir no empezar; o durante el buceo expresar que no te estás sintiendo bien y regresar. El timing y la periodización en entrenamientos de alto rendimiento es muy importante y, como en otros deportes, tienes el pico al que entrenas y, si lo atrapas, lo atrapas. Es decir que, si en el entrenamiento todo ha sucedido satisfactoriamente, es muy probable que la competencia resulte positiva.
DS: ¿Cómo es el entrenamiento de una apneísta?
CJ: Mi entrenamiento consta de fases. La etapa base es de mucha gimnasia y yoga, también volumen en alberca, que es natación. Después se va acercando un poco más la parte de profundidad, en donde empiezo a hacer buceos poco profundos, pero muchos, con más volumen y repeticiones. Y conforme se va acercando la competencia, empiezo a hacer más profundidad (buceos target). Luego descanso. En cada fase hay un entrenamiento mental, que consta de meditaciones y journaling, donde registro cómo me voy sintiendo —eso también es parte fundamental del deporte.
“La quietud en la inmensidad del agua se volvió muy atractiva y me convenció de que quería estar en las profundidades y dedicarme a la apnea.”


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DS: Lo atletas tienen que ejercitar la mente.
CJ: Todos los deportes de alto rendimiento tienen que tener la parte psicológica muy bien establecida. Y me imagino que parte de la obligación es meditar. Lo he escuchado cada vez más en atletas que están en el tope de su disciplina.
DS: ¿Cómo es estar en las profundidades abisales donde la presión aplasta?
CJ: Lo que es muy especial del ser humano es que nuestro cuerpo puede estar sometido a estas presiones —a esa profundidad—. Nuestro organismo tiene una serie de reflejos que nos permiten bucear a esta profundidad, y recordar eso me hace sentir cercana a otros mamíferos marinos que también están buceando. Al final de cuentas, la apnea es un buceo que también hacen los delfines, las focas o las ballenas, que respiran en la superficie, toman aire y van para abajo. Tener esa similitud con especies tan mágicas es muy especial. Por otro lado, cuando aguantas la respiración, el tiempo empieza a correr distinto, cada segundo se puede alentar o acelerar y suceder todo en un instante.
DS: ¿Cómo es la quietud en las profundidades?
CJ: Es interesante porque, en un mismo lapso, suceden muchas cosas. Sientes el agua, escuchas su movimiento, la vida que transita en el fondo —las especies marinas viven otro ritmo de vida y todo es un poco más suave, sin prisa—. También hay cambios de temperatura y de profundidades, donde puedes escuchar, además, el ruido de los seres humanos a tu alrededor. Sucede mucho y percibes todo, pero al mismo tiempo se mantiene muy pacífico y en silencio.
DS: El mar ha sido para ti una especie de maestro, ¿un ídolo? ¿Qué te ha enseñado el mar?
CJ: Me encanta que lo pongas así porque cuando me dijeron que esta edición de 192 trataría sobre ídolos o ídolas, pensaba en las mujeres que han marcado mi vida tanto en el deporte como en el activismo. Pero plantear al mar como una maestra es algo muy especial. En momentos de crisis personales es cuando decidí dedicarle mi vida al mar, es decir, que le iba a dedicar esta entrega y pasión, esta búsqueda de algo más.
Eso me ha llevado a vivir experiencias únicas en el agua, a tener encuentros con animales que te voltean a ver y con quienes puedes tener un juego, como un delfín o un león marino. Además, he visto la resiliencia del mar ante los daños que enfrenta y los cambios por los que está pasando: el océano mantiene su constancia y fortaleza. La mar y la agua han sido maestras que me han guiado a tomar decisiones y abrir caminos. Esa es la fuerza del mar.
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DS: ¿Hay alguna otra mujer que te haya influenciado?
CJ: Las mujeres en mi familia han sido muy importantes. Vengo de una familia de matriarcas. Mi abuela, mis tías, mi mamá, mi hermana, mis primas, han sido siempre ese refugio y esa guía. Tuve una tía que influyó mucho en lo que decidí hacer profesionalmente y este amor por la naturaleza y sentirme parte de esta magia. Su labor era el rescate de fauna silvestre que se vendía ilegalmente; crecí rodeada de los animales que rescataba. Si no hubiera sido por ella, no hubiera abierto los ojos a los misterios del mar, y no hubiera tenido la confianza y seguridad de poder nadar a 90 metros de profundidad aguantando la respiración.
DS: ¿Quiénes son tus mujeres ídolas?
CJ: Cristina Mittermeier, la fotógrafa de SeaLegacy. Es mexicana y ha hecho un gran trabajo a través de su storytelling. O Mitzy Cortés, del colectivo Futuros Indígenas —ganadora del Citizen Global México 2022—, que hace trabajo colectivo ante la crisis climática, asegurando que ese problema se puede solucionar a partir de los pueblos que defienden su territorio. También aquellas mujeres que luchan y que buscan algo más allá, esas que no sólo quieren mejorar el mundo allá afuera, sino que lidian con familias, hogares y relaciones interpersonales, son las que me marcan e inspiran.
DS: ¿Alguna vez te ha dado miedo morir en lo que haces? ¿A qué le tienes miedo?
CJ: No me da miedo morir. Hace poco tenía mucho miedo a la incertidumbre, un poco más alineado al deporte, a mi carrera, a los cambios de la vida.
DS: ¿Cómo describes llevar el cuerpo al límite, rebasarte a ti misma?
CJ: En el deporte, llevar al cuerpo al límite es algo muy tangible. El límite en la apnea, a profundidad, cambia un poco y no se trata de rebasarlo, sino de entregarte. Es aceptar, dejar ir las expectativas, dejarte llevar por el entrenamiento, por todo lo que ya trabajaste. Existe ese contraste entre la parte base, que es esa fuerza y empujar, y la de dejarte llevar y entregar, que es casi tan difícil como lo otro.
En la apnea tienes que convencerte de dejarte ir —en inglés, la palabra es surrender—, que es esa entrega absoluta: soltar el control. Llevar el cuerpo al límite en la apnea es, además, explorar la capacidad humana de poder acercarte a la profundidad y a lo desconocido: qué tan profundo puedo llegar, qué tanto puedo mejorar mi capacidad humana acuática.
DS: La parte física de llevar el cuerpo al límite la construyes en el entrenamiento, pero cuando bajas es…
CJ: Es silencio, es no pensar. No hay esfuerzo porque el cuerpo está preparado para hacer esa profundidad y solamente tienes que guiarte con la mente. Cuando hago un buceo donde estoy intentando ir lo más profundo que he ido, lo que me lleva es la mente: es la que toma control y la que te ancla.
DS: ¿Te consideras un ídolo?
CJ: Cuando empecé a practicar este deporte, no vi venir este momento de éxitos. No imaginé que a tantas personas les llamaría la atención la idea de aguantar la respiración y descender a la profundidad.
Descubrí la apnea en la adolescencia, un deporte donde la mente está a todo lo que da. Poco a poco llegaron las competencias y los récords. A partir de ahí empecé a seguir mi sueño, la idea de poder ir más profundo. Al mismo tiempo, muchas personas empezaron a ver mis videos descendiendo y les resonaban, les transmitían calma. Pero no me considero una ídola en el sentido de que yo continúo en la apnea y el buceo porque me apasiona. No puedo vivir sin la apnea.
“En un buen buceo sientes mucha paz y un silencio que se vuelve compañía. Dejas mucho de ti en la superficie, lo terrenal, y es entonces cuando el descenso se vuelve un recorrido profundo a tu interior, a tus sueños.”

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DS: ¿Cuál dirías que es tu cualidad más definitoria, como persona y como apneísta?
CJ: Soy persistente y resiliente. Ambas cualidades son fundamentales en el deporte, y más en la apnea. Y es que son años de entrenamiento para alcanzar una meta de dos o tres minutos de buceo, donde todo se resume a segundos.
Cuando las cosas no salen bien, poder recuperarte y volver a intentarlo, aunque tengas el corazón roto, es de valientes. En la apnea todo es tan preciso y tiene tantos detalles, pero al mismo tiempo hay que relajarse, aunque el reloj siga avanzando. Eso le da todo un nivel de complejidad.
DS: ¿Cuánto es el tiempo que más has estado bajo el agua, más allá de la combinación con la profundidad?
CJ: Cinco minutos. Pero es otra disciplina en donde nada más estás aguantando la respiración, flotando en la superficie, independientemente de la profundidad. Cuando te sumerges en la profundidad, al estar moviéndote, lo vuelve mucho más difícil y el tiempo es una limitante.
DS: ¿Cuál es la situación más compleja a la que te has enfrentado bajo el agua?
CJ: Este año (2025), rompí un récord nacional. Completé la profundidad y, al llegar a la superficie, tuve una falla en el protocolo —aunque había hecho la profundidad, me descalificaron—. Todavía me quedaba un día, el último día de competencia… fue un momento de frustración, pero también de pasar la página y volver a intentarlo. Ha sido de los retos más difíciles porque no tuve tiempo ni para sentirme mal, ni arrepentirme, ni nada. Así como cuando no tienes tiempo de llorar porque estás muy ocupada. Cuando me dices complejo, pienso en sentimientos encontrados, dualidades.
También me viene a la mente la primera vez que vi una ballena jorobada debajo del agua… entré al agua muy suave, todo en apnea y casi en la superficie con el visor puesto. Cuando las topamos, su ojo se encontró con el mío. Me volteó a ver. Son las reinas del mar, su travesía para dar a luz es kilométrica. Fue un sueño absoluto verlas. Y fue uno de esos momentos complejos, porque cuando pienso complejo, me remite a no saber cómo procesarlo.
DS: ¿Qué sentiste cuando viste las ballenas?
CJ: Obviamente lloraba por dentro del visor.


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DS: Es una magnitud difícil de imaginar.
CJ: Son tan especiales, tan etéreas, tienen toda esa vida secreta. Creí que cuando entráramos al agua, ellas iban a seguir su camino, estar en su mundo y no mirarnos, pero fue lo contrario. Las ballenas estaban muy pendientes de nosotras. Mi comportamiento en el agua tenía un impacto en el suyo. Lo que yo hacía ahí y cómo me movía, lo que comunicaba con mis movimientos, influía en cómo se sentían las ballenas, en cómo reaccionaban. Dejé una impresión en ellas, tanto como ellas la dejaron en mí. Compartimos este mundo de una forma muy sensible, mucho más de lo que nos damos cuenta.
DS: Has mencionado que la apnea es una forma de expresión creativa, ¿por qué?
CJ: La apnea se practica con el cuerpo, pero lo guía la mente y la intención que le pones a cada buceo. En mi caso, he tenido la oportunidad de hacerlo con la intención de compartir un mensaje debajo del agua, y eso se ha vuelto una forma de comunicar lo que me importa.
Por otro lado, en un buceo de competencia —al tener un tiempo específico, una disciplina, una estrategia, una forma que se cuida—, emprendes un intento de comunicación no verbal. O cuando aguanto la respiración y debo estar enfrente de la cámara, me obliga a tener una con ciencia del cuerpo y control completo.
DS: ¿Me podrías explicar cómo funciona el corazón y su importancia en este deporte? Porque es el corazón el que termina dando ese último empuje de oxígeno a los demás órganos para que puedan seguir trabajando.
CJ: El corazón bombea sangre con oxígeno al resto del cuerpo, es su trabajo. Pero en la apnea, el corazón, debido a una serie de reflejos del cuerpo y por una serie de reacciones que tiene nuestro metabolismo al aguantar la respiración, disminuye su ritmo. Esto se llama bradicardia —que es la frecuencia cardiaca más lenta de lo normal, generalmente menos de 60 latidos por minuto (lpm), que es común en atletas o durante el sueño— y también sucede en la apnea. Es algo que intentamos entrenar para que nuestro consumo de oxígeno sea más eficiente.
También hay una reducción de flujo sanguínea a las extremidades, que se llama vasoconstricción y, además, existe todo un tema con los glóbulos rojos. Todo esto son reacciones del cuerpo que nos dan la capacidad de poder bucear a la profundidad, como los mamíferos marinos.
Por otro lado, está lo que sucede en los pulmones cuando esta presión va aumentando y el volumen de aire va disminuyendo, es decir, cómo se protegen los pulmones para no colapsar. Es una respuesta evolutiva y es de lo que más me llamó la atención cuando empecé a practicar el deporte: que mi cuerpo realmente está hecho o ha evolucionado para poder aguantar esta profundidad, y es mi trabajo entrenarlo para llevarlo a ese límite.
La disminución del ritmo cardiaco es algo muy real y lo puedo vivir hasta entrenando en seco cuando empiezo a aguantar la respiración. Ahí entra también la parte de relajación meditativa. El ancla de la apnea es la reducción del ritmo cardiaco, que es lo que hace que podamos aguantar cada vez más y conservar el oxígeno.
DS: Y a nivel corazón, corazón, no como órgano vital, sino como motor y generador de emociones…
CJ: Cuando practicamos apnea llevamos el corazón en la mano. No lo digo por el riesgo de practicar este deporte, sino porque nos confrontamos con lo que nos mantiene vivas y lo que nos mantiene humanos: la respiración. Es un deporte en donde, si el buceo estuvo bien, sientes felicidad y euforia, pero de la misma forma, cuando el entrenamiento no es lo esperado, sientes que la vida no tiene sentido. Además, nos enfrentamos a sensaciones profundamente incómodas. Va más allá del dolor de un músculo, o que te sientas fatigada: es un dolor existencial.
“Sumergirte en el mar a profundidad es estar rodeado de un cuerpo de agua que te arropa. Cuando vamos bajando, la presión va aumentando, entonces cada vez te sientes un poquito más abrazada por el agua.”

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En estas fotografías, Camila Jaber usa la colección Planet Ocean de OMEGA. Desde sus primeros relojes de inmersión, OMEGA ha entendido el avance no como una meta final, sino como un proceso continuo, donde la precisión es una necesidad. Ese mismo ímpetu —el de ir más allá de lo establecido, de afinar la relación entre cuerpo, entorno y tiempo— es el que define el camino de Camila dentro del agua.
En su cuarta generación, estos relojes integran una nueva arquitectura de caja más estilizada y plana, un cristal de zafiro frontal, fondo de caja atornillado en titanio grado 5 y un aro interior también en titanio, diseñado para reforzar la estructura y garantizar una resistencia al agua de hasta 600 metros.
La colección Planet Ocean es un reflejo del carácter de quien la porta: una herramienta creada para avanzar, resistir y adaptarse. “Lo único inevitable es el paso del tiempo y, en la apnea, es lo que nos mantiene unidos a la superficie”, dice Jaber.
Danaé Salazar siempre ha idolatrado lo impreso y el trabajo periodístico. Así fue que se convirtió en eso: periodista. Más de 25 años en este medio le han dado el privilegio de conocer y entrevistar a gente a la que admira. De Camila Jaber se lleva el admirable y poderoso saber de la respiración: reflejo natural de todos, dominio absoluto de muy pocos. Actualmente coedita y dirige Revista 192.
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