Akamba 2019

Una celebración extraída de nuestra tierra

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texto Alberto Rebelo
fotografía Kevin Corona

Las faldas de un volcán en Los Altos de Jalisco, el azul del agave, el cielo profundo que por ahí de las 6 de la tarde se pintó de rosa y naranja, y la tierra roja de la que emerge el tequila el elixir de México, es la planta (entiéndase boca escena) de la que brota Akamba, jugo extraído de la misma tierra que nuestros ancestros bautizaron con el náhuatl: xalīxco, que significa: “En la superficie de arena”. Un festival encarrilado a convertirse en referencia, porque parte de varios principios que nos hacen sentir en sintonía: enaltecer nuestras raíces, conservar nuestros espacios vivos, hacer uso de ellos con respeto y sentirnos libres.

Akamba es un encuentro que celebra la música, sí, pero la convivencia con la naturaleza y nuestro legado es lo que lo representa en lo más alto. Akamba rinde homenaje al fuego, al ritmo y a la tierra, como si se tratara de un ritual que coordina nuestra cultura ancestral con lo que consumimos ahora. Pero más allá de la poética que desprende esta presentación, Akamba sí es conectar con lo que somos: parte de la naturaleza. El espacio paradisiaco que queda a unos 50 minutos de la ciudad de Guadalajara, es un paisaje impresionante al que los escenarios no le hacen sombra, pero armonizan. Las instalaciones y la decoración conviven con la flora, el clima es caliente y terroso, y la música suena fiel y precisa. Todo lo bueno para cargar la energía a tope y disfrutar de un ecosistema único en la cartera de festivales existentes en nuestro país.

Para hablar más de lo que como festival de música concierne, en Akamba sonaron ritmos primitivos, místicos, percusiones sincronizadas con beats de techno, jazz, ska, funk y electro, una exquisita selección de ritmos diversos que afortunadamente aunque nos hubiese gustado ver más incluyó a cuatro actos nacionales: Mystery Affair, Ykonosh, Zombies in Miami y Sotomayor, siendo la última aquí mencionada, la encargada de inaugurar esta segunda edición del festival.

Dos escenarios marcaron los puntos de mayor concentración de gente, música y energía: el principal recibió propuestas muy interesantes como la de Golden Dawn Arkestra, una agrupación de otra galaxia, que mezcló en su presentación varios géneros como el ska, el jazz y el funk, al mismo tiempo que ofrecía un espectáculo de atuendos de lentejuelas, listones, barbas y pintura en los cuerpos de sus bailarinas y el resto del colectivo que, además de música buena, intentaba transmitir su mensaje de amor y alegría con su espectáculo.

Ahí también se presentó Cancha Vía Circuito, con un set muy emotivo y un mensaje de hermandad, salpicando sonidos de sudamérica con instrumentos de viento y percusión y sobre todo, letras en nuestro idioma. Éste fue uno de los momentos de más goce, la temperatura estaba en el punto perfecto y la conexión con el entorno fue tan especial que nos concedió un momento de catarsi ideal.

Al filo de la puesta de sol llegó Kelela, que a pesar de haberse presentado en México en dos ocasiones recientes, no le restó emoción al público que la esperaba, y de inmediato capturó la atención con su voz suave pero resonante y coreografías que aunque sutiles, tienen una dosis fina de provocación. Lo interesante de su presentación fue la manera en la que se comunicó con la audiencia; por alguna razón se sintió más íntimo que las otra veces. Agradeció la presencia de todos —en español— y cantó “Enemy”, “LMK” y “Rewind” como muchos esperaban, completando su lista con otras como: “Take Me Apart” y una versión de “All the Way Down” con un sampleo de “In The End” de Linkin Park, a mí parecer, el clímax de su presentación.  

El mar de pieles tostadas podía ir y venir de ese escenario al otro sin complicaciones, haciendo escalas en dos experiencias que llamaron la atención: la primera es el circuito de arte, que más allá de ser contemplativo fue interactivo, porque las instalaciones responden a ciertas necesidades: como poderte sentar, tomar un poco de aire lejos del barullo, acostarte o contemplar un mural en tu breve espera hacia el desembocadero.

Otra de las experiencias que generaron fila, fue la fiesta en silencio, una carpa situada casi a medio camino entre un escenario y otro, en la que todos bailaron utilizando audífonos que proyectaban dos canales de música mezclada en vivo por un DJ. Así las conversaciones se vuelven sólo de cuerpo a cuerpo y la música suena aislada de cualquier distractor.

Cuando la noche iba vaciando tumultos y carteras, L’Imperatrice apareció con su pop francés para los muchos que la esperaban, y creó una fiesta que se escuchaba del escenario, hasta la puerta de salida, ahí, muy cerca de donde te encuentras a la gente haciendo trucos con sus aros y malabares con fuego.

 

Esta edición de Akamba culminó en un espectáculo de luces eléctricas rebotando en todas direcciones, al centro: la fogata consumía las últimas horas del festival con las presentaciones del esperado David August, Romare, Roderic y Monolink que sonaron hasta las 5:00 a.m.

Akamba significa agave en purépecha. El agave es una planta productiva, resiliente lo que quiere decir que se adapta positivamente a situaciones adversas, y simbólica. En sentido estricto, esta definición profesa el significado de su nombre. Estamos ansiosos por vivir la siguiente edición.

 

www.akamba.com


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