El amor en los tiempos del covid: historia 4

El caballero del Zodiaco

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historia original Rodrigo Torres
adaptación Adma Kawage
fotografía Ana Hop
intérprete Mario García Torres

Entre los deportes extremos que han nacido durante esta cuarentena, mi favorito se ha convertido pensar en cómo las cosas están conectadas y en los ecos que encuentran una acción, aparentemente insignificante, hasta provocar círculos concéntricos de consecuencias que van ocupando el espacio. No puedo evitar volver a pensar en ese efecto dominó parado en la cocina de mi casa, viendo caer la última gota de agua caliente en mi taza de siempre y formar justamente esas olas de café hasta llegar a los lados del recipiente de vidrio, un momento que parece congelarse en esta nueva rutina, con la plática cotidiana de mis papás cenando como sonido de fondo. Tan pronto se aquieta el agua, tomo la taza por el asa y así, como si supiera que ese era su destino, ésta se parte drásticamente por la mitad, derramando su hirviente contenido sobre mi pierna izquierda. Justo lo que nos faltaba, más dolor en este mundo.

 

Los días pasaron, pero los estragos que ese accidente causaron permanecieron en mi pierna, en forma de una marca grande, necia, que se negaba a dejar que me olvidara de lo que había sucedido, por lo que hice lo único lógico que podría hacer ante un acontecimiento fuera de lo común durante estos días tan comunes: documentarlo y compartirlo en Instagram. Como quien avienta una piedra al agua sólo para ver las marcas momentáneas que provoca en la superficie, publiqué la imagen con un texto: “Les presento mi marca de nacimiento”, sin saber que lo que realmente me marcaría estaba a punto de llegar. Y como quien apuesta a un partido sabiendo cuál será el resultado y que su equipo perderá, añadí: “Esto de la cuarentena se va a alargar”.

Al cabo de unas horas, cuando pensaba que mi piedra en el agua se había ido al fondo, se encendió aquel aviso rojo que anuncia una reacción; ¡hay vida allá afuera! Qué raro y prometedor es eso de que ahora, el iniciar una conversación sea tan fácil como deslizar el dedo para mandar una cascada de caritas sorprendidas. Así de fácil, estábamos ya conectados. “¿Qué te impresionó, la pierna o la noticia de que esto va para largo?”, le pregunté como primera línea de una plática que se convertiría en un debate bien informado sobre la situación que, sin planearlo, después se transformaría en un ritual de descubrirnos que duraría días.

 

Jamás habíamos hablado, a pesar de que vamos a la misma universidad, así que tocó conocernos desde cero, intercambiando aquellos pedazos de nuestra historia y circunstancias que usamos para construir nuestra propia definición: que si estudio esto, vivo con tal, me gusta eso y me he mantenido cuerdo durante el aislamiento haciendo lo otro. Estúpidamente, como si supiera algo de astrología —pero más por no dejar que muriera nuestro intercambio de mensajes—, le dije: “por cierto, soy Capricornio”, a lo que ella contestó, bastante más segura que yo de lo que eso significaba, “y yo Piscis”.

Me ha obsesionado pensar en el significado del tiempo en los días que hemos compartido desde entonces y su capacidad de estirarse, apurarse, reformarse y frenarse. ¿Qué es una madrugada si no el momento perfecto para jugar ping-pong de notas de voz más largas de lo que jamás debería ser una nota de voz? ¿Por qué no aprovechamos más el espacio entre las 2 y las 6:30 de la mañana para hablar durante horas por teléfono, cuando el resto del mundo guarda silencio? ¿Por qué no habíamos descubierto que hacer una cuenta regresiva para arrancar una serie o película o canción al mismo tiempo era casi como estar compartiendo el sillón para comentarlas? ¿Cómo nunca supe que estaba esperando a una persona con quien conectar, hablar de mis proyectos y motivarnos mutuamente, del otro lado de una pantalla? Tal vez no sea una coincidencia que Piscis sea un signo de agua, ese elemento que desató toda esta historia y en el cual nuestras olas crecen como un efecto imparable, hasta que lleguemos a chocar uno con otro en persona. Lo espero con ansias.


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