Las tangentes completan el circulo...
fotografía Fabiola Zamora
estilismo Eva Bernal
asistente de estilismo María Chavelas y Mariana Zarate
asistente de fotografía Susan Ades
grooming Davo Sthebane
producción Santiago Faci
locación Casa Parral
toda la ropa Levi´s
Contra mi pronóstico inicial, estuvo relativamente fácil encontrar estacionamiento en esa calle tan angosta de San Ángel. Me citaron a las 5 de la tarde un jueves y no había llovido; la luz a esa hora estaba espectacular para apreciar los detalles de la casa, que formaba parte de un monasterio de más de 400 años, y de la cual me quedaría corto al decir que su belleza es sumamente especial. Me refiero a la sede de las oficinas de La Corriente del Golfo, la casa productora que fundaron hace unos ocho años Diego Luna y Gael García Bernal.
El propósito de la visita fue ver Hombre al agua, la nueva película de Gael y su tercer largometraje como director, después de Déficit (2007) y Chicuarotes (2019). Filmada en Yucatán, la escribió junto con el dramaturgo argentino Mariano Pensotti; él mismo actúa en ella como Camilo, el protagonista de una historia que habla no sólo de lo que significa rescatar, sino ser rescatado, y las exploraciones de las dualidades que habitan en todos nosotros.
Unos días más tarde, regresé a la casa para encontrarme con Gael y hablar de ella, de la imposibilidad de los ejercicios estériles en el arte, de los cuestionamientos sobre el camino que está tomando nuestra vida, del alma política que se vive en Latinoamérica, y de las máscaras que usamos como filtros para la interacción social. Con el pretexto de una película que aborda la ficción para sublimar nuestra abrumadora realidad, la conversación sucedió sola.

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Luis Rosales Uribe: Algo que las buenas películas hacen es envolver una historia de complejidad para darle carácter, para no tener que decir las cosas tan de frente. Digamos que la simplificación de las cosas cae en un lugar un tanto árido. ¿Cómo te ha dado el cine la posibilidad de enriquecer las historias que quieres contar con otros elementos?
Gael García Bernal: El cine, como expresión artística, se va por las tangentes, tanto en su fenómeno más puro como en sus consecuencias. Rara vez es una cosa directa y lineal, y por eso es extraño, porque las tangentes completan el círculo, arman el núcleo de lo que estamos hablando. Creo que en la película eso es muy evidente, pero detrás hay una fábula, hay una sublimación de muchas otras cosas, una yuxtaposición de imágenes, situaciones, momentos, y todo eso dentro de una comedia. El cine tiene más que ver con la música que con la literatura. Toda esa complejidad va dentro, navegando esos mundos, y haciendo preguntas terribles.
LR: ¿Cuáles son las preguntas terribles? Porque hay temas que la película toca sin anunciarlos, que están ahí todo el tiempo, pero llegan por las orillas.
GG: Cada quién ve las suyas. ¿Cuándo vemos una película que hable de Cuba, hoy en día? ¿Cuándo vemos una película hecha en yucateco, con personajes yucatecos? ¿La crítica que hay al poder, al uso de las personas para capitalizar un triunfo electoral o una posición en el mundo? Qué lugar ocupamos los hombres hoy en día dentro de la masculinidad, cómo se manifiesta en diferentes lugares, personas, ante diferentes mujeres también. O cómo las mujeres polidimensionales levantan ciertas caretas y demuestran un poco la verdad detrás de la máscara. La película es una comedia y mucho más. Es de muchos niveles, navega por muchas dimensiones.

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LR: Navega dimensiones y eso le ayuda a retratar la complejidad en la que vivimos. Los personajes tienen matices, tienen dualidades, cada uno vive su propia contradicción, y ninguno termina siendo del todo una cosa. Y eso me parece difícil de sostener hoy. El estilo de la industria es entregar todo simplificado, con la conclusión servida, decirle a la gente qué pensar antes de que alcance a pensarlo. ¿Tú, como director, sientes la responsabilidad de sostener la complejidad en lugar de resolverla?
GG: Creo que podemos filosofar mucho al respecto, porque sí hay una responsabilidad innata. El hechizo del cine es político, porque siempre se contraponen puntos de vista, se ponen a debate, entran en conflicto. Y luego, al salir de la película, ves que la realidad está un poco más matizada, que no todo es tan blanco y negro como lo quieren poner los titulares, las mesas de debate, las redes sociales. Y eso lo vuelve intrínsecamente político. Entonces creo que hay una responsabilidad de aceptarlo, más que de hacerse cargo. Pero de ahí a que la película tenga la responsabilidad de cambiar las cosas, uf, esa ya es demasiada responsabilidad para una película.
LR: Aunque hay todo un cine que se vende justamente así, como denuncia, como si el mérito estuviera en señalar algo antes que nadie.
GG: Y hay algunas que lo logran, efectivamente, y es fantástico. Pero por lo general lo que denuncian es algo que ya está sucediendo, están acompañando algo que ya está pasando. Son emolientes, son catalizadores. El cine es fantástico para eso, pero no es como que esté abriendo la tapa del hilo negro, ah, mira, algo que no sabíamos. Sin embargo, en este caso estamos haciendo una película sobre un cubano, nos estamos comprometiendo con algo, vamos a contar algo que pocas veces se está contando. Te adentras en ello y después dices: claro, nadie está hablando de la destrucción de Cuba. Hay novelistas, obviamente, como Leonardo Padura, pero en el debate no lo estamos hablando. No estamos hablando de lo que realmente vive una de tantos millones de personas a las que les toca ya no poder volver a su país, porque su país está desapareciendo. El hecho de que el personaje sea cubano ya lo vuelve político.

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LR: Claro, porque en cuanto empiezas a tomar decisiones, te comprometes con muchas cosas. Y al ser una película que es una comedia, y que mete el dedo en la llaga de las clases sociales en México, en Latinoamérica, pues ya se vuelve increíblemente política. Y meter el dedo ahí detona emociones fuertes, que es cuando las narrativas se sienten cargadas.
GG: Lo vuelve completamente político. Pero lo político tampoco tiene por qué ser, per se, encabronado. Lo que intentamos con esto es dimensionar la conversación. Y creo que el cine es fantástico para eso. Los documentales, por ejemplo: ves un documental sobre un tema muy conocido, como la ecología en México. Ya sabemos lo que está pasando. Pero cuando ves un documental sobre un tema en particular, sales pensando que no todo es tan fácil. Hay muchos factores.
LR: Los buenos documentales te ofrecen una perspectiva más completa, como eso que decías de que las tangentes forman el círculo, porque no hay una sola visión de la realidad, aunque a veces haya narrativas muy tendenciosas, ¿con el cine de ficción te pasa lo mismo?
GG: Hay algo sobre la naturaleza del cine y es que —irremediablemente, aunque quieras ser completamente imparcial—, al acercarte al ejercicio del cine, te derramas. De ahí viene la antítesis. Viene y te come durante la película. Se puede hacer un panfleto de seis minutos, eso sí. Pero si quieres pasarte de 15, la antítesis empieza a ser efervescente y te tienes que hacer cargo. Así es como se elimina el discurso único. Yo me rehúso a pensar que existe imparcialidad total. Las películas por definición son un punto de vista.

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LR: A los medios de comunicación y a la cultura corporativa le incomodan mucho ciertas conversaciones, y por lo general se prefiere no ahondar en algunos temas. En México, además, tenemos la cultura de llevar la fiesta en paz, el clásico no hablar de religión, política ni fútbol. Pero es casi imposible no tener postura.
GG: Claro, a mí me gusta mucho regresar a lo que han dicho grandes personajes del cine, como Buñuel o Godard, sobre el tema. Y aquí aplica perfecto algo que decía Herzog de la realidad. ¿Quieres una realidad que no se comprometa con nada? ¿Quieres ver la realidad cruda y dura? Lee la sección amarilla. Ese libro, aunque ya no exista, no tiene más que los datos, los hechos, y una realidad que no se compromete con nada.
LR: Y, paradójicamente, cuando tienes los puros datos, la información más dura, eso acaba por no contarte nada.
GG: Exacto. Por eso el ejercicio estéril es imposible.
LR: Hablabas hace rato de la masculinidad, de la crisis de soledad en la que vivimos. ¿A eso te referías? ¿O a cómo se espera que se cumplan ciertos roles? De alguna manera, con esta película retratas la búsqueda, el camino del héroe de este personaje que se decide a dejar el agua tibia. Y ahí hay una tensión, ¿no? Hacer una película que habla críticamente de la masculinidad y luego tener que venderla en una industria que exige no ofender.
GG: Para ser crítico de la masculinidad tienes que mostrarla. Y no es menor lo que estoy diciendo, porque hay veces que dicen: no, no hablemos de eso. Pero ¿cómo vas a criticar algo si no lo muestras? El cine de alguna manera es acción, tienes que mostrarlo. La peli sublima muchísimo esa crisis, en el sentido de la reinvención de los roles. ¿Por qué tengo que ser esto? ¿En torno a quién? A veces tengo que ser el cuidador, a veces el que acepta todo, el que defiende. Pero a veces también tengo que estar lejos.
LR: Y el personaje está justo en esa vorágine.
GG: En un mundo donde además todos están en su crisis particular, todo el mundo está revolucionado. Y hay algo que quisimos hacer, consciente pero también inconsciente: esta cosa del juego sociológico de las máscaras. Siempre traemos una máscara dependiendo de con quién hablemos, de qué estemos haciendo, de en qué ajo estemos metidos. En la película lo utilizamos como elemento dramatúrgico. Al personaje siempre le están diciendo que no sea como es. Y eso pasa en la vida, a toda escala. Son filtros sociales hechos para cooptar, para no ofender, y hacen que el margen sea súper acotado.
LR: Y la expresión de la persona tiene que salir por algún lado.
GG: Y es lo que le pasa a Camilo: tiene mucho para dar, pero no lo puede dar. No puede ser quien es. Nadie sabe quién es; él tampoco. Siente que la vida lo está llevando por un camino equivocado. Y creo que es una pregunta que la mayoría nos hacemos en esta modernidad. ¿Será esta la vida correcta? Estamos en ese cuestionamiento mientras el mundo parece estar volando a pedazos, geopolíticamente. Y también nosotros, al estar cuestionandonos de una manera tan profunda. Creo que sí hay algo ahí de libertad. Jugamos completamente libres a preguntarnos, a experimentar, a armar una película totalmente lúdica y libre.

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LR: Hay guiños por todos lados, cosas que se sienten de juego, decisiones tomadas a propósito, hasta en la elección de los nombres. La chica que trabaja en la casa llamándose Malvina. Un perro callejero que se llama Libertador. Y todo eso me recordó a la idea de que hay ciertas historias que ya han sido contadas, porque no creo que exista algo completamente nuevo, completamente original.
GG: Ahí no estaría de acuerdo. Sí hay cosas que son disímiles a lo que se vive hoy en día. Ves esta película y no se parece a ninguna de las que están saliendo hoy. Y eso es un montón. Es algo que dices: ¿dónde está la clave? En mil cosas. No sólo en lo que trata, pero mucho de la clave está en la libertad completa.
LR: Bueno, una libertad que te tomas desde el casting mismo. Llamar a alguien como Ricky Martin, o a Jorge Salinas, a quienes estamos acostumbrados a ver en otro tipo de películas. Normalmente no los vemos así, en papeles tan complejos de comentario social.
GG: Me tocó hacer cine cuando no sabíamos si alguien iba a ver estas películas. Quizá te suena exagerado lo que estoy diciendo, pero te juro que así era. No sabíamos si la película la íbamos a acabar. Me tocó ver cómo una película que hicimos en completa libertad, pensando que nadie la iba a ver, la vio el mundo entero. Y de pronto la otra, también en completa libertad, también se volvió un fenómeno brutal. Me tocó vivir algo muy lindo, muy hermoso, muy chingón.
LR: Por supuesto, entonces eso te reafirma, te invita a pensar que actuando desde la libertad narrativa se pueden decir grandes cosas, y que hay un público para ello.
GG: A nosotros nos tocó vivir en México un momento donde había un cine increíblemente libre, completamente innovador. En ese sentido, tenemos tanto que contar todavía en México, muchísimas películas buenas por hacer. Y tenemos la ventaja de que podemos congregar a amigos muy rigurosos y muy profesionales para decirles: oye, vamos a echarnos una película libre, completamente libre. Y lo digo porque eso no existe hoy en día. Estructuralmente no existe. Me acuerdo de ir a la Cineteca, a la Muestra, entrar a ver quién sabe qué película, porque no había cómo enterarte antes. Llegabas y sólo había un boleto para una película de un director alemán, y era todo lo que sabías. Cada una era una sorpresa fantástica, descubrías mundos impresionantes. Jurabas que era la primera y la última vez que ibas a verla. Apuntabas el nombre del director y no había manera de checarlo. Esa sensación es algo que creo que la película logra. Cuando la ven, dicen: hace mucho que no veía una película así. Y eso es algo que quiero defender, porque nos lo ganamos.

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LR: El cine también es un ejercicio de contar tu propia historia a través de historias ajenas, de personajes ficticios. Es parte de la vulnerabilidad, de la cualidad humana que queda expuesta. Y eso también le quita lo estéril a las cosas, especialmente en este momento en el que se pide que todo sea estéril, donde ya es peligrosísimo decir casi cualquier cosa por el temor a ser cancelado.
GG: Eso es durísimo, y mucho más para los jóvenes. Por ejemplo, la universidad es un lugar donde te equivocas, donde tienes que defender tus argumentos y cambiarlos para aprender. Y de repente te das cuenta de que te destrozaron, pero también te hiciste más fuerte. Ahora, que el aprendizaje además conlleve la cancelación, ahí podemos irnos en una espiral ontológica interminable. Pero sentir que lo que estás haciendo tiene consecuencias capitalizables, eso es terrible. Esa es la presión más jodida. Compararte con alguien del resto del mundo que a los 20 años ya está rompiéndola, y tú apenas estás en la universidad y ya tienes que capitalizar. Qué hueva. Eso es bien feo para los jóvenes, la verdad.
LR: El miedo colectivo de salir a la calle y hacer cosas por miedo a que te graben y a ser expuesto. Pensar que todas las acciones están siendo evaluadas en todo momento, y la cantidad de acciones que se dejan de tomar por eso.
GG: Yo sólo una vez llevé serenata. No sé si tú alguna vez llevaste.
LR: Alguna vez.
GG: Es que ése es un acto de valentía. Tienes que estar anestesiado brutalmente para poder lanzarte y hacerlo.
LR: ¿Cuántos años tenías?
GG: Diecisiete, imagínate. Era una edad donde estaba ahí, al borde del precipicio, en un terreno súper patinoso. De poder hacer algo que luego te das cuenta, cuando lo haces, de que no hay nada que perder. Está todo bien, y todo el mundo quiere que estés ahí. El hecho de hacerlo es fantástico. Pero antes era ir a hacerlo y era un evento, un performance, un ritual. Había un entendido, había una cosa, los nervios. Hoy en día que eso pueda ser grabado, y que eso grabado sea escrutado por alguien que nada tiene que ver con ese ritual, dices: no, va a estar de la chingada.

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LR: Y es que nos convertimos en Big Brother. Siempre pensamos que sería una mirada externa, y resulta que somos todos.
GG: Está cabrón, está horrible. No sé cómo vamos a salir de esto. Tendríamos que tener un apagón, un apagón completo. Digo, la tecnología nos ha ayudado mucho para algunas cosas, se ha democratizado un montón. Pero, por otro lado, esa parte de la interacción social es bien dura. Y sé que sueno como un viejo, un viejote. Pero creo que los chavitos también lo sienten. Luego te contaré si es que lo logré, pero estoy a punto de dejar el teléfono. A ver si lo logro. Sólo conozco a una persona que no tiene teléfono. Dice que la única complicación es viajar y el banco.
LR: Y además los bancos ya no te quieren dar el token físico. Tienes que vivir en el teléfono, es parte de toda esta maquinaria. Definitivamente creo que sí éramos más felices cuando no teníamos smartphone: la tecnología va hacia arriba y la salud mental va hacia el otro lado. Y es curioso, porque el cine es justo lo contrario del teléfono. Te obliga a estar en un lugar físico, con otras personas, sin poder distraerte. Ver ahí una película como Hombre al agua se convierte en otra cosa.

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GG: México es un país muy cinéfilo, vamos mucho al cine. En la época pre pandémica, el cine mexicano representaba una de las pocas buenas noticias que había de México. Lo habíamos logrado realmente, se convirtió en una impulsión cultural que se manifestaba de una manera hermosa. Y lo perdimos con la pandemia, no ha vuelto a manifestarse de esa forma. Sin embargo, el público —y me incluyo—, quiere ver películas de esas que te hacen decir: ay, güey, órale, qué chingón. Diría que la palabra es reivindicar lo que conseguimos.
LR: Y qué hace falta para reivindicar eso?
GG: Hacer buenas pelis. Y que tengan una vida en los cines. Porque solamente en el cine existe la manifestación cultural de verdad. En la plataforma, en la tele, no se llega a eso. En el cine sucede un acto de concentración, un ritual fantástico, y es el único lugar en donde la película se convierte en algo vivo.
Luis Rosales se ha vuelto, sin proponérselo, un experto en todo proceso de transformación. Le interesa ese espacio donde se cruzan el arte, la ciencia, la cultura y la tecnología. Ha trabajado en oficios diversos, e incluso fue editor de esta publicación hace algunos años. Es padre de dos hijos que son su vida, y de una pitbull llamada Caïssa. Nos pidió dejar muy claro que no le gusta el pápalo.
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