Cartas al Mañana: Claudia Sheinbaum

#Mañanaeshoy

2004

Una mujer puede ser la próxima presidenta de México. Es real. Está pasando. ¿Qué le dirías si pudieras escribirle una carta? Un grupo de mujeres con distintas biografías y quehaceres aceptamos la invitación de 192 para hacerlo. En nuestros escritos no somos complacientes; de hecho, hay cuestionamientos fuertes y puntuales. Pero tampoco entramos en el falso debate de si el país está listo para que lo gobierne una mujer. Imagino que Claudia Sheinbaum estará aburrida de que se lo pregunten.

 

Pero ese cuestionamiento encierra algo más; si le quitáramos la corrección política, probablemente se formularía así: “¿están listos los machos mexicanos para que les mande una vieja?”. Independientemente de si llega Sheinbaum o no, lo importante es entender que la lucha de las mujeres por ocupar cada vez más espacios de decisión en cualquier ámbito, no va a parar. Nada detendrá el clamor para que se respete nuestro derecho a una vida libre de violencia, a decidir sobre nuestros cuerpos y a la participación paritaria en la vida pública del país. Y, por cierto, a nosotras nunca nos han preguntado si nos sentimos listas para que nos gobiernen hombres que siguen pensando que las mujeres valemos por nuestra sensibilidad e intuición; los que desacreditan a las que se atreven a denunciar a otros hombres por acoso o abuso sexual; aquellos que no están dispuestos a romper el pacto patriarcal que los ha cobijado, dentro o fuera de la administración pública.

 

Lo que va quedando claro, de acuerdo con varios estudios, es que cuando las mujeres gobiernan con una agenda de género y cuidados, lo hacen de forma distinta. Por ejemplo, en la emergencia por la pandemia de Covid-19, ONU Mujeres encontró que las líderes “a todos los niveles” respondieron de “forma efectiva” y proyectaron “calma” y “compasión”. El estudio detalla que “fueron inclusivas al comunicarse”, se dirigieron a la niñez y hablaron abiertamente sobre “el miedo”. Otro aspecto, es que, en comparación con los presidentes y primeros ministros, las mujeres abordaron más a menudo preocupaciones relacionadas con el bienestar de la ciudadanía, como la violencia doméstica, y lo hicieron con más empatía. Ahora, un toque de realidad: actualmente, las mujeres jefas de Estado o de Gobierno en todo el mundo no llegan a 30.

 

Por todo lo anterior, que una mujer llegara a la Presidencia de México podría ser revolucionario. Digo “podría”, porque tampoco es garantía. De cualquier forma, el hecho en sí, en principio, contribuiría a derribar mitos sobre que ciertos espacios son exclusivamente masculinos. Y la pura posibilidad amerita una reflexión. Pienso en las niñas que hace poco escucharon a Sheinbaum en el Museo Universum en el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. “Tenemos que dar todas las condiciones para que las niñas puedan ser lo que quieran ser”, dijo. “Y que, particularmente, nunca se cierre en su mente la posibilidad de ser científicas”. A quien escuchaban esas niñas era a la científica que llegó a jefa de gobierno y que ahora podría ser la próxima presidenta del país. Y el horizonte, para ellas, por unos segundos, ya no era tan lejano y difuso.

 

—Olivia Zerón Tena

 

 

Doctora Claudia Sheinbaum:

 

Escribo estas palabras pensando en lo maravilloso que es poder llamarle a una mujer “doctora”, en la cantidad de años que ese grado ha implicado en la lucha por los derechos de las mujeres. Más aún cuando sé que usted es no sólo una científica, sino que además tiene el honor y privilegio de ser la primera Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, y desde ahora es uno de los rostros que la ciudadanía ya perfila como probable aspirante a la presidencia del país. Todo ello emociona a la mujer trans que hoy le escribe, pero también la sacude.

 

Me sacude por múltiples razones, doctora, pero la principal es porque durante años soñé con que mujeres ocuparan puestos tan importantes y con tanta incidencia como el que hoy usted ocupa. Sin embargo, con el pasar del tiempo, y particularmente con lo que llevamos de la actual administración federal, de la cual usted es simpatizante, me ha quedado claro que la representación no sirve si ésta es sustantiva: de nada nos vale tener a mujeres en puestos de decisión si ellas no velan por los derechos de las mujeres.

 

Me sacude porque en pleno 2022 aún se suele hablar en México de “mujeres”, como si fuésemos una masa homogénea, cuando lo cierto es que nos atraviesan experiencias sumamente diferentes: campesinas, indígenas, jóvenes, ancianas, cis, trans, lesbianas, bisexuales, somos todas distintas y, si bien compartimos la dura experiencia de enfrentarnos a un sistema patriarcal, cada sector poblacional tiene necesidades específicas… que al parecer siguen invisibilizadas por darle prioridad a las preocupaciones de aquellas que están muy cerca de “romper techos de cristal”, o dicho de otro modo, aquellas que están en la cima, muy lejos de las carencias y necesidades básicas de las mujeres precarizadas.

Le escribo esto no con la intención de mostrarle el agua tibia, pues sé de sobra que usted es una profesionista estudiada y consciente de la realidad a la que nos enfrentamos las mujeres capitalinas y, me atrevería a decir, también de las mexicanas. Se lo escribo, mejor dicho, porque como mujer trans he visto con preocupación el crecimiento de la transfobia en México, un sentimiento de odio que da pauta a violencia y actos discriminatorios en contra de las personas trans, especialmente mujeres trans, y que cada vez encuentra mayor cobijo en ciertos sectores de mujeres autodenominadas feministas.

 

Usted ha dicho que en una ciudad de derechos (y en un país de derechos) no hay lugar para la discriminación. Pues bien, me gustaría que sus palabras me tranquilizaran, que éstas fueran suficientes, pero como he dicho constantemente desde que salí del clóset como persona trans: fijar postura contra la transfobia no es suficiente; necesitamos una lucha activa en contra de ella.

 

Como ciudadana trans de esta capital y de un país que la mira como probable candidata a la presidencia, me gustaría expresarle que hoy más que nunca es imprescindible saber cuáles son sus propuestas en materia de lucha contra un sistema transfóbico, racista, machista, misógino, gordofóbico; es imprescindible verla romper cualquier tipo de relación o alianza política con quienes promueven discursos de odio, violencia y discriminación. Porque aunque estos asuntos no son los que suelen acaparar los titulares, sí son aquellos que inciden en toda la población mexicana. No son asuntos menores, son asuntos de vida o muerte. Y espero que así lo tenga presente.

 

—Láurel Miranda Huerta Hernández, Periodista trans

 

 

Claudia Sheibaum:

 

He seguido tu trayectoria y debo confesar que tu gestión al frente de la CDMX me ha decepcionado un poco. Todo el empuje, autonomía e independencia que creímos tenías, ahora lo vemos supeditado a los intereses de partido y a la voz patriarcal de López Obrador. Una decepción total. Como mujer, me gustaría verme representada por una mujer en la política que crea, apoye y sea congruente con el movimiento feminista, con los derechos de las mujeres y las libertades ganadas. Una mujer que crea en la cultura y no la propaganda de “proponer” una escultura dedicada a la mujer indígena sólo porque “el género” y “lo indígena” —así genéricos— deben ser parte de la agenda; que apoye a los creadores y los espacios culturales.

 

Una mujer que sea realmente una ambientalista que vea el camino hacia el futuro, que no defienda pseudorreformas eléctricas absurdas porque su jefe lo dice. Una mujer que pretende la presidencia de este país debe deslindarse del patriarcado y no someterse a él. Quisiera ver menos campaña y más gobierno. Muchas fotos promoviéndote, pero poca Ciudad.

 

—Ana Elena Mallet, Curadora independiente

Apreciable Dra. Sheinbaum:

 

Permítame en primera instancia felicitarla por ser la primera mujer en haber obtenido la mayoría de los votos para ser electa Jefa de Gobierno de la Ciudad de México (2018). Le escribe una mujer trans indígena nahua, originaria del estado de Guerrero, quien, para continuar con mi desarrollo profesional y evitar la discriminación, migré de mi lugar de nacimiento a la Ciudad de México. En los años que he vivido en CDMX he notado grandes avances respecto a las personas de la diversidad sexual; la ciudad me ha dado un nombre y ha reconocido mi género, me ha brindado oportunidades laborales así como el acceso a una educación superior. Sin embargo, estos avances hacia este grupo contrastan con los rezagos de la población indígena a la cual también pertenezco y que me toca atestiguar cada dos meses que visito a mi familia.

 

En Guerrero, por ejemplo, las comunidades indígenas han dejado sus sembradíos de maíz por ya no ser redituables. En búsqueda de oportunidades, algunos se han vuelto mano de obra golondrina de la industria agrícola de estados del norte del país; otros, la mayoría hombres, han cruzado la frontera nacional transformando a sus pueblos en lugares habitados por mujeres, ancianos y niños; unos más se han unido a diversos grupos del crimen organizado, quienes les proveen acceso a ingresos económicos inmediatos. Estos últimos han desatado, en al menos los dos sexenios anteriores, una ola de violencia, asesinatos y desapariciones, compitiendo así con el Estado por el monopolio de la violencia y poniendo en entredicho la función de las instituciones del Estado como garantes de los derechos de sus habitantes. El Estado de Derecho en territorios gobernados por el crimen organizado es ya tan sólo una quimera.

Durante los sexenios en que gobiernos han llegado y se han ido, las poblaciones indígenas no han visto oportunidades de desarrollo orquestados desde la Federación ni en los estados. Millones de pesos en presupuesto llegan a las cabeceras municipales, mismos que desaparecen sin dejar rastro que beneficie a los pueblos indígenas: las carreteras están en pésimas condiciones, lo mismo que las escuelas y los centros de salud, además de que hay una creciente tasa de desempleo y, por ende, precariedad. En nuestra Constitución se establece que la Federación, las entidades federativas y los municipios, establecerán y promoverán instituciones para el desarrollo integral de las comunidades, pero a pesar de estas concesiones simbólicas en la Carta Magna, lo que allí se dice para los indígenas parece ser letra muerta.

 

Yo le pregunto a usted, en el escenario de ser la candidata a la presidencia por su partido y obtener la victoria en la próxima contienda electoral, ¿Cómo piensa afrontar estas problemáticas? ¿Establecerá algún plan de desarrollo para los pueblos y comunidades indígenas? ¿Qué estrategias utilizará para terminar o aminorar la presencia del crimen organizado que afecta a las comunidades indígenas? ¿Mantendrá las instituciones que supuestamente atienden a los pueblos indígenas, pero que hasta ahora no han tenido resultados satisfactorios? Por último, ¿Será el suyo un gobierno para todos o al igual que sus antecesores olvidará gobernar para las personas indígenas?

 

—Daniela Esmeralda Vázquez, Mujer trans indígena nahua de Guerrero, Fundadora y vicepresidenta de Almas Cautivas A.C.

 

 

A quien corresponda:

 

Es difícil escribir una carta a quien nunca he sentido como interlocutora. No hablo en específico de Claudia Sheinbaum, sino de la figura de una persona política en general. No sé por qué le escribiría una carta a ella o a cualquier otra persona que ejerza el poder a través de un gobierno. Como periodista, durante mis más de 15 años de ejercicio, he atestiguado cómo señoras, colectivos, campesinos, mamás, estudiantes, obreros, migrantes han hablado, interpelado a ella y a quien ha ocupado su lugar antes, y han sido ignorados. Hay un vacío, una ausencia del otro lado que escuche con compromiso la palabra, la experiencia, el dolor, la sobrevivencia, la imaginación de las personas a quienes gobierna. Me cuesta creer en la interlocución con quien nos gobierna.

 

Soy reportera desde hace casi 20 años y en este tiempo he percibido cómo la vida se vuelve más precaria, más indigna. Cada vez la pobreza en la ciudad, la disputa por un trabajo, un espacio, es más hostil; cada vez el despojo es más acelerado y evidente. En estas condiciones mi interlocución con quien gobierna sería para recordar las palabras del filósofo italiano Roberto Esposito sobre lo que significa ser comunidad: poner en el centro la fragilidad, compartir esa fragilidad y hacerla explícita, exponerse. Palabras que de una u otra forma nos han dicho también Adriana Cavarero, Judith Butler, las mujeres de Cherán, las compañeras zapatistas, las colectivas feministas. Y curiosamente pareciera que estas palabras son lo opuesto al poder que ejerce quien gobierna. Me cuesta imaginar que le escribo una carta a Sheinbaum, y más que en ella le apelo a reconocerse como vulnerable. Incluso siendo ella mujer, ha tenido que demostrar que no lo es para llegar al lugar donde está. Pero no encuentro otra forma de cambiar el rumbo y la relación de lo que somos que ésta: sin ti no puedo, sin un nosotras, nosotros no podemos.

 

Cada vez estoy más convencida de que en este país podremos sobrevivir no desde la disputa, sino desde el común encuentro de la fragilidad, sabiendo que todas y todos estamos en riesgo y que no tenemos más (y maravillosa) opción que juntas, juntos.

 

—Daniela Rea, Periodista

Querida Claudia Sheinbaum:

 

La Revista 192 me invitó a realizar un ejercicio en el que le exprese las inquietudes que surgen frente a un entorno social en el que hay temas urgentes por resolver. ¿Qué es lo urgente para mí? Una redefinición de lo que se entiende por política. Si bien el discurso político da cauce a la vida pública, una tarea que ejercita cada gobierno, el reto de esta complicada labor para este gobierno estaría completo con una mejor comprensión de lo que significa “vida pública”. Para una sociedad que ha dado la espalda a los asuntos públicos y que ha organizado su sentido de vida en el bienestar de la vida privada, resulta incomprensible y ajeno la manifestación del goce de lo colectivo. Es decir, la idea de vida pública no es un concepto claro para la sociedad.

 

Lo urgente es adentrarse en la columna vertebral de la sociedad mexicana y sus múltiples sensibilidades para construir una ciudadanía, no desde lo discursivo, sino desde la acción. Para lograr una sociedad con derechos para todos, debemos ser capaces de diferenciar el derecho político, el derecho civil y el derecho social. Esto quedamos por sentado, nos impide trabajar en la construcción de una sociedad civil fortalecida que reconozca que una sociedad saludable es aquella con espacios para el pensamiento, el descanso y el goce de lo público, y que pese a lo complejo del ejercicio de la democracia, habiten y convivan la diversidad de sensibilidades.

 

¿Cómo encontrar un tiempo para esta redefinición cuando debemos hacer frente a problemas sociales que apremian nuestra vida cotidiana? Redibujando el mapa de las instituciones gubernamentales, donde aquellas que deben resolver la problemática del día a día caminen a la par de aquellas que faciliten un camino pedagógico para mostrar y enseñar conceptos, como el de “vida pública”. Es trazar un programa público donde la construcción de una sociedad civil sólida sea la intención. La vida pública tiene una historia que hay que contar y comunicar. En la forma y en el contenido de ese mensaje se necesita de una claridad pedagógica, es decir, se necesita dotar de un sentido comprensible para la colectividad de las políticas públicas. ¿Cómo cambiar nuestra relación con los otros? ¿Cómo medir el avance de una sociedad en términos humanos y no monetarios? ¿Cómo apropiarnos y construir espacios de pensamiento que potencien nuestras voces y nuestros goces? Es lo pequeño, es el trabajo hormiga lo que construirá confianza en las instituciones. Es el derecho a la belleza para todos, entendiendo lo bello como aquello que crea vida para todos.

 

Soy Aleida Pardo, mi campo de trabajo es la educación artística y la apropiación ciudadana de los espacios culturales. La mejor política cultural y educativa que podríamos desear en el gobierno es aquella que construya lo cívico desde los espacios culturales, y es ahí donde el Estado tiene la oportunidad de redefinir lo político como aquello donde los lazos sociales redistribuyen lo material y lo espiritual: lo político como generador de vida. Redefinir lo político es urgente. El futuro nos alcanzó, y en redefinir estos conceptos están las posibilidades de cambio.

 

—Aleida Pardo, Curadora educativa

¿Una de nosotras a Palacio Nacional? Claudia:

 

Esta carta viene del futuro. Uno en el que ya eres candidata a la Presidencia de México, la primera con posibilidades reales de ganar. ¿Por qué? Para empezar, porque es consecuencia de tu trabajo. Además, eres conocida a nivel nacional y como Jefa de Gobierno alcanzaste índices de aprobación del 70%, navegando crisis como la de la Línea 12 del metro y la pandemia. Suma a tu capital que la campaña de vacunación en la Ciudad de México nos convirtió en el estado con más dosis aplicadas. Y encima, levantó el ánimo de la chilanguiza porque el personal que te atendía no sólo lo hacía con eficiencia, sino también con alegría. Nos hizo bien la sensación del deber cumplido en colectivo. Y ya que estamos sobre el tema, hago un paréntesis para agradecerte por llevar siempre el cubrebocas en momentos en que se regateaba su efectividad. Fue un detalle que nos dejó ver que eres una mujer de convicciones firmes.

 

De vuelta a tu candidatura, en la vertiente más política, juega a tu favor el factor de que el movimiento de la 4T, al que perteneces, sigue firme a pesar de los desatinos desde Palacio Nacional y la falta de autocrítica. No hay un contrapeso real, debido también a la incapacidad de la oposición para articular “algo” que vaya más allá del ring de la polarización que nos atrapa de ambos lados. Claudia, si eres presidenta te tocará trascender ese encono y pensar en una “transformación” que no descalifique a quienes cuestionan, sean periodistas o mujeres que protestan porque #UnAcosadorNoDebeSerEmbajador. Confío en que lo lograrás porque tienes otro estilo de comunicar y trabajar, alejada de la confrontación constante. Doctora Sheinbaum, quisiera decirte también que me quedé con ganas de verte entre las mujeres valientes de Morena que cuestionaron la defensa que hizo la dirigencia del partido a Félix Salgado Macedonio, a pesar de las acusaciones en su contra por abuso sexual. En ese sentido, quiero dejarte esta pregunta desde mi tribuna feminista: si ganas, ¿vamos a notar que una de nosotras llegó a Palacio Nacional? Porque no basta que llegue una mujer, aun si se dice feminista, si ésta no impulsa una agenda con perspectiva de género y cuidados.

 

Alguien que haga la diferencia, como lo hiciste tú en la ciudad al crear la primera guardería para les hijes de mujeres policías. Pero también una mujer capaz de decir #YoSíTeCreo y entender que algo está mal cuando la justicia funciona para defender monumentos, pero no a las mujeres que sufren violencia o a las madres de víctimas de feminicidio o desaparición. Esas que se apropiaron de una glorieta como memoria viva de su andar y han advertido: “si lo borran, lo volvemos a pintar”.

 

—Olivia Zerón Tena, Periodista


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