Sirât es una película radical, una obra que encuentra formas inesperadas de tocar emociones desde un lugar aparentemente frío, mecánico e incluso hostil.
Cuando la vi, no me sentí identificado con ninguna de las situaciones en pantalla, sin embargo, la película encuentra la manera de conectar con el espectador. Quizá porque debajo de todas sus capas, habla de algo que nos atraviesa a todos: la incertidumbre de seguir avanzando aún sin saber exactamente qué estamos buscando.

La más reciente película del director Oliver Laxe sigue a Luis y su hijo Esteban, quienes llegan a un rave en las montañas de Marruecos buscando a Marina, hija y hermana desaparecida meses atrás. Lo que comienza como una búsqueda concreta termina convirtiéndose en una travesía cada vez más densa. Impulsados por la esperanza y por una serie de encuentros inesperados, ambos se unen a un grupo de ravers que recorren el desierto persiguiendo una última fiesta.
A partir de ahí, Sirât abandona cualquier intención de convertirse en una película convencional. La historia se transforma en una experiencia física, el paisaje se vuelve cada vez más vasto, el silencio adquiere peso, y los personajes avanzan por una mezcla de intuición, necesidad y supervivencia. Y en medio de todo aparece la música.
El techno ocupa un lugar central dentro de la película como un intensificador narrativo. Hay algo particularmente inquietante en este género: su capacidad para generar emociones abstractas, sensaciones difíciles de explicar con palabras, estados físicos y mentales que se sienten más cercanos al cuerpo que al pensamiento.

Este género de música siempre me ha parecido un lenguaje extraño, quizá tenga que ver con la repetición, con los patrones o con la forma en que ciertos ritmos parecen dialogar directamente con nuestros propios latidos. Es una música artificial capaz de producir emociones viscerales.
La banda sonora original fue compuesta por Kangding Ray, productor francés reconocido por una trayectoria que ha transitado entre la música electrónica experimental, el techno y la exploración sonora. A lo largo de los años, su trabajo se ha caracterizado por construir atmósferas que parecen existir entre lo orgánico y lo industrial, entre la emoción y la máquina. En Sirât, ese enfoque es un terreno ideal.

Sus doce composiciones exponen lo que sucede en pantalla. Los sintetizadores, las frecuencias graves y los sonidos mecánicos se convierten en parte del paisaje. A medida que los personajes avanzan por el desierto, la música parece acercarse cada vez más a algo primitivo, algo que sobrepasa el lenguaje.
No resulta extraño que el universo sonoro de Sirât haya recibido tantos reconocimientos. La película obtuvo el Premio del Jurado en la 78ª edición del Festival de Cannes y posteriormente ganó seis Premios Goya, incluyendo Mejor Música Original y Mejor Sonido. También fue nominada a Mejor Banda Sonora Original en los Globos de Oro, y a Mejor Película Internacional y Mejor Sonido en los Premios Oscar. Esta última nominación marcó un momento histórico al convertirse en la primera vez que un equipo de sonido compuesto exclusivamente por mujeres —Amanda Villavieja, Laia Casanovas y Yasmina Praderas— fue reconocido por la Academia.
Antes de ver la película, MUBI nos invitó a conocer el universo sonoro de la película en una sesión de escucha realizada en sona, uno de los proyectos alrededor del sonido más interesantes que han surgido recientemente en la Ciudad de México.

Ubicado en Cuernavaca 134, colonia Condesa, sona funciona como una sala dedicada a la escucha consciente, un espacio donde el sonido recupera protagonismo. Ahí, en una sala equipada con sistemas de alta fidelidad, el soundtrack de Sirât adquirió otra dimensión. Con los ojos cerrados, los sonidos construyen paisajes propios.
Esta película es una pieza que encuentra humanidad dentro del ruido. Utiliza la música para hablar del duelo, de la búsqueda y de la necesidad de seguir avanzando incluso frente a un camino perdido.

Sirât ya está disponible para ver en MUBI.
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