A tale of two Snails

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Texto: Ludwig Godefroy
Fotografía: Ramiro Chaves

No es que nunca haya pisado una iglesia, pero debo confesar que ir a misa en domingo no es mi especialidad. Mis padres nunca me bautizaron —lo que explica que mi cultura católica sea limitada—, pero hoy sentí que me tocaba rezar.

¿Rezar? Pero si nunca aprendí. Traté de rezar a mi manera y de la mejor forma posible. Y eso, porque 192 nos pidió, a mi amigo Ramiro y al que escribe, una historia sobre el tema de “hermandad y arquitectura”. Sinceramente, no tenía la menor idea de cómo abordarlo. ¿Qué sé yo de hermandad en relación con la arquitectura?

Miré mis manos, me las acerqué a los ojos y me las pegué en la frente; me puse de rodillas, cerré los ojos que todavía tenía abiertos y empecé a rezar. Grité tres veces con una muda pero aguda voz interna: “hermandad, hermandad, hermandad”.

En ese momento —ojos cerrados—, aparecieron las imágenes de las torres gemelas de Nueva York. Abrí los ojos. Levanté los brazos al cielo y, esta vez en voz alta para que se escuchara, volví a decir: “hermandad, por favor llega, pero no de esa forma estúpidamente literal; no te has dado cuenta de que esas torres se han convertido más en un símbolo de discordancia en el mundo que en su unión”. Cerré los ojos nuevamente y, al abrirlos, esta vez me transporté a los viveros de Cuemanco, dentro del Parque Ecológico de Xochimilco, a un lado de las últimas chinampas de México, testigo de su pasado de ciudad lacustre. Cada vez que he ido a Cuemanco, a lo lejos y hasta el fondo, veía una torre en forma de caracol. Siempre pensaba que después de comprar mis plantas, tenía que acercarme, pero a la hora de salir, invariablemente lo olvidaba. Por años dejé mi Torre de Babel abandonada en su estacionamiento, junto a la nube gris y amarilla, emanación del Periférico.

A pesar de mi limitada cultura católica, pensé en esa historia narrada en el primer libro del Antiguo Testamento, en el Génesis, cuando los hombres estaban unidos, hablando un solo y mismo idioma, y trabajando en un proyecto en común: la construcción de una torre muy alta para alcanzar a Dios en el cielo. ¡Babel! Creo que mis rezos fueron escuchados.

No tardó la respuesta de Dios a la arrogancia de los hombres, introduciendo varios idiomas para que dejaran de entenderse, y la obra de Babel se detuvo para siempre. Hay un sentido real de hermandad en esa historia, además de una crítica a la humanidad.  Había encontrado mi símbolo, que me esperaba desde hace mucho tiempo al sur de la ciudad.

Ahora que tenía una imagen tangible de lo que buscaba, recordé enseguida otra muy parecida, pero a través de una pintura: Recuerdo de los Remedios, de Juan O’Gorman. Ahí, el ilustre arquitecto y pintor mexicano deja ver esas mismas estructuras, paradas al lado de una serie de arcos, el acueducto de los Remedios ubicado en Naucalpan de Juárez, en el Estado de México. En 1943, cuando O’Gorman realizó esta pieza, se delineaba el acueducto sobre un fondo montañoso, casi virgen, y lo pintó como crítica ecológica sobre el rápido e incontrolable crecimiento de la ciudad de México, así como la destrucción de los paisajes en su época.

Tenía un pretexto para ir a perderme en la ciudad; quería ir de un caracol al otro, caracoles que en realidad tenían la misma función, la de hacer el vacío de aire de los ductos… en otras palabras, unos sifo- nes que funcionaban con el principio de los vasos comunicantes para que el agua pudiera cruzar tanto una depresión de terreno como un obstáculo. Quería ir a ver esas reliquias de ingeniería hidráulica.

El viaje podía empezar. Junto a mi amigo Ramiro, encargado del cuento visual, cruzaríamos la ciudad en su totalidad, sin más pretensión que contemplarla. Nos fuimos desde el sur hacia el norte; partimos desde una Patagonia imaginaria suya, para llegar a las tierras frías de los hombres salvajes del norte, ancestros míos. Con la ayuda de dos únicos aliados, nuestras bicicletas, nobles y orgullosas a la manera de unos eles corceles que nos darían la libertad necesaria de movimiento, empezamos nuestra odisea urbana.

hermandad

Un domingo por la mañana, cuando la ciudad huele a barbacoa, partimos a cazar caracoles gigantes y cualquier otro tipo de pingüinos urbanos o vikingos perdidos en el camino, para tratar de enmarcar las últimas chinampas de la antigua Tenochtitlan al cuadro de Juan O’Gorman.

P.D.: Juan, acabo de regresar del acueducto y tenías razón: la ciudad se comió todo el paisaje, pero gracias, nos dejaste el recuerdo.


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