Los magos de Xinú

Así se vive el verdadero lujo

1911
texto Danaé Salazar
fotografías Fernando Etulain

Me topé de frente con tres magos —parecen tres locos exquisitos tras la pócima perfecta—. Su guarida no es un laboratorio sino un campo de juego donde se encuentran, diminutos, todos los elementos —pizcas, especias, plantas, dibujos y algunos instrumentos de escritura y de mezcla— que necesitan para sus juegos de vida. Ellos son ‘magos de nariz’ y el lugar se llama Xinú que, curiosamente, significa nariz en Otomí.

Atravieso el umbral y estoy en otro mundo. Sus pócimas son aromas y han creado hasta ahora seis, pero tres saltan de la vista al olfato y al revés: primero el Copála, que es maderoza y ácida, penetrante como un balazo en la sien, el OroNardo es floral y dulzona, la miel más pura de la flor en su versión tequieroparasiempre; y el Aguamadera, es de todas la fragancia fresca, la que vuela, la que es transparente.

Da miedo observar la quietud ilógica de las plantas secas que son una muestra de lo que hay detrás —los sembradíos de la vainilla que se cosecha en Papantla, un ingrediente como oro al que rara vez se le valora y al que Xinú ha acogido como una segunda casa, o la cosecha del nardo mexicano que desde hace tiempo dejó de cultivarse en nuestro país—. Por eso y contundentemente, Xinú en sus perfumes sintetiza y apoya la botánica aromática de México y abre una conversación con los orígenes nuestros en la elección y cosecha de este tipo de flores. La vainilla, por ejemplo, es una planta que se trabaja en comunidad y Xinú, a través de su magia, les tiene que dar voz, gritar su olor y sus virtudes, para que deje de ser una planta silenciosa.

Entro a Xinú, una pausa, no saludo a los magos sino que me voy directo a su mesa, a tomar un gotero, a olfatear como perro, a jugar con mi nariz. Me enamoro y me detengo. Estar aquí es como vivir en un mundo de coleccionistas donde el tiempo se ha parado. La misma sensación al hacer un recorrido en carretera y sentir, con el impulso de la velocidad y la música de fondo, que al contemplar el paisaje por la ventana, te detienes un momento. Lo mismo sucede en este espacio a través de aromas y texturas. Es oler y tocar.

Veo los frascos que guardan el líquido, pienso en Brancusi, madera y vidrio, son una pieza en sí. Me rocío de Cópala, mi favorita, me paralizo. Una gota de Cópala en la muñeca es una vuelta sin regreso a un mundo de tierras húmedas, de donde vengo. Uno de los magos es una mujer y se acerca hacia mí; me da un pedazo de papel con recortes cocidos entre hilos y telas. El papel hablaba de una flor y huele ligeramente a Cempasúchil. El instante del aroma marca un momento de salir, mis pies empiezan a moverse solos cuando mi mente todavía piensa en el olor de las flores, las plantas y la madera. El frenesí de la ciudad regresa, estoy en la calle de Alejandro Dumas —un pensamiento fugaz entre Los Tres Mosqueteros y mis magos—: sonrío. Hay un sonido en la calle que me hace voltear.

 

Deleitarse a cada segundo y saborear todos tus momentos. Así se vive el verdadero lujo.
xinu.mx


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