Vivir Quintana

Al sonoro rugir del amor

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texto Daniela Valdez para Tinta Roja Editoras
fotografía David Franco para 13/TRECE

Y retiemble en sus centros la tierra

Al sonoro rugir del amor…

 

Crecer en una familia machista, en una comunidad machista, en un país machista. Normalizar el abuso una y otra vez hasta que no te queda más que abrir los ojos. Que la mano que te ayude a levantarte no sea la del príncipe azul, sino la de tus amigas con un pañuelo verde cubriéndoles la boca. Luego llega la sororidad, la deconstrucción, el gran proceso emocional y social que todo esto implica, las marchas, las noticias, los 11 feminicidios al día, las madres sin hijas y el dolor. Y al final de todo suena un coro liderado por la ronca voz de la coahuilense Vivir Quintana al grito de “¡Nos queremos vivas!”. El objetivo es vivir… sobrevivir. Y Vivir con unas palabras y acordes que hoy suenan de punta a punta en el mundo que le dio nueva voz al feminismo, Vivir sin miedo. Porque nos quitaron tanto que acabaron quitándonos hasta el miedo.

 

Ahora más que nunca necesitamos de esas voces contestatarias y valientes que no se rompan en el intento por ser escuchadas. En un momento histórico, esas voces femeninas absolutas de sobrevivencia son vitales para otras, para quienes siguen perdiendo la batalla y para quienes permanecemos  de pie para que todas, absolutamente todas, seamos sobrevivientes.

Daniela Valdez (DV): Cuéntame sobre tus inicios.

 

Vivir Quintana (VQ): Tengo 35 años. Soy de un pueblo muy chiquito de Coahuila que se llama Francisco I. Madero, muy cerca de Torreón. Ahí crecí y a los 18 años me fui a estudiar Música a Saltillo. Al principio era complicado porque existe esta creencia de que la música no te va a dejar nada bueno con respecto a lo económico. Me choca la frase “te vas a morir de hambre”, siento que nadie se muere de hambre en ninguna profesión a menos que uno no le ponga tanto empeño y tanta lucha. Yo era de esas niñas que cantaba en las fiestas familiares, que su mamá le decía: “Ándale, cántales aunque sea un pedacito”. Pero ya que te quieres dedicar profesionalmente a esto, es cuando te dicen: “No, pero primero escoge una carrera”. Y esto es una carrera. Convencí a mis papás para irme a Saltillo, a la Escuela Superior de Música, que era lo más cercano que había.

 

DV: ¿Qué estudiaste ahí?

 

VQ: Estudié Piano. No terminé la carrera de música; duraba ocho años y me salí a la mitad porque entré en un conflicto interno sobre si es una carrera o no. Además, era música clásica, yo no esperaba que lo fuera. Después me di cuenta de que había escuelas de música popular. En la escuela de música clásica me encontré unas compañeras que estaban en un mariachi mixto y me invitaron a participar, entonces me di cuenta de que lo que me gustaba era la música popular, mientras que mis padres, que son profesores jubilados, me preguntaban qué pasaba con la música. Entonces entré a la Normal Superior. Soy profesora normalista. Estudié la especialidad de Español, y di clases algunos años a adolescentes de secundaria. Siempre tuve la música presente, incluso para dar clases, hasta que me di cuenta de que lo que más me apasionaba, aunque me gustara mucho dar clases, es la música. Así fue como agarré mis cosas y me vine a la Ciudad de México. La música estuvo presente en mi vida desde que era niña; siempre me gustó escuchar la letra de las canciones, era algo que disfrutaba mucho.

 

“Cuando empecé a escribir canciones me parecía que hacía falta hablar de algo más profundo, porque nos educaron con el amor romántico y arrebatado de la música mexicana. Y sí, llegas a sentir eso por una persona, pero también el amor es libertad y profundidad; está por encima de la pertenencia. Ahí empecé a cuestionarme muchas cosas, a deconstruirme y volver a construirme.”

 

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